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MUNDIARIO

Memorias de Julián: El robo de la multicopista

Pedí prestado a un amigo su Simca 1.200, un auto con gran espacio trasero. No le podía explicar nada para no comprometerlo como cómplice si algo salía mal... / Relato

Memorias de Julián: El robo de la multicopista
Multicopista antigua. / RR SS
Multicopista antigua. / RR SS

Cuando el Julián que ya no era Julián fue puesto en libertad y atravesó la puerta principal de la cárcel coruñesa lo hizo con el miedo pegado al cuerpo. ¿Quién le aseguraba que no esperaban afuera los de la brigada político social o, peor aún, el propio Antonio Antelo Álvarez, la “triple A”? Debían estar al corriente de la orden de libertad provisional y las ganas de proseguir con los interrogatorios que el ingreso en prisión había interrumpido debían ser enormes, como se contó en la detención de los diez de Betanzos. Así que, la aprensión que le acompañaba al abandonar la cárcel, el único lugar donde, paradójicamente, los presos se mantenían a salvo de la persecución de los cuerpos represivos del franquismo, no era para nada injustificada.

La primera imagen que llegó a mis pupilas al pisar la calle fue la de la Torre de Hércules con su potente faro. Anochecía y el viento silbaba desapacible. La segunda: ni un alma esperaba al otro lado de la puerta; ni familia, ni novia, ni amigos, ni, afortunadamente, uniformados. Nadie se había enterado de mi salida y nadie me acompañó durante el recorrido hasta la casa familiar, salvo el miedo y la soledad. Qué curioso: aquel momento que había soñado tan alegre, no lo fue para nada. Me faltó el calor humano de mis seres queridos. Después supe cuánto les hubiera gustado también a ellos recibirme al dejar la prisión.

El cielo permanecía encapotado mientras dejaba atrás las rejas del presidio y el dinosaurio todavía seguía allí, en su poltrona, con su voz meliflua y el bastón de mando de la patria bien agarrado. El calendario marcaba algún día de noviembre de 1974 y aún faltaba un año para su muerte. El compromiso antifranquista debía seguir pero, ¿qué hacer con el temor que atenazaba, con el pánico que sentía hacia otra detención, aparte de plegarlo y esconderlo en la pequeña bolsa de pertenencias que me acompañaba?

Un capítulo esencial en la lucha antifranquista era desenmascarar el pensamiento único que propagaban los de los “cuarenta años de paz” y enfrentar el formidable aparato propagandístico de la dictadura, el NO-DO, la prensa del movimiento, los telediarios embusteros y, como en todas las tiranías, la censura omnipresente. Los grupos clandestinos pequeños, al menos “en provincias”, sólo disponíamos de las pintadas y las “vietnamitas”.

La primera vez que Julián escuchó esa palabra fue en una reunión iniciática con compañeros de facultad. Alguien dijo, metafóricamente, que se necesitaba un lugar seguro para que la vietnamita pasase algunas noches y Julián interpretó aquella frase literalmente y ofreció su casa. La idea de compartir su cuarto con una vietnamita, quien seguro había venido a España a enseñar cómo hacer la revolución, era irresistible. Y, por qué no, tal vez hasta saltasen chispas de amor o de deseo. Tendría que contárselo a sus compañeros de piso pero seguro que no pondrían objeciones. En aquella época, en plena “liberación de todo”, si había algo frecuente era precisamente el trasiego de personas de distinto sexo entre los pisos de estudiantes.

La sorpresa fue mayúscula cuando a la hora citada alguien llamó a la puerta y entregó a Julián una bolsa de plástico: “Aquí tienes”, fue su comentario antes de desaparecer. Julián disimuló su sorpresa como pudo y corrió a curiosear el contenido del misterioso paquete. Allí encontró un doble marco de madera que servía para sujetar una tela; el papel en el que se perforaban las letras con las teclas de cualquier máquina de escribir después de retirar la cinta; el rodillo, o tal vez un limpiaparabrisas -difícil acordarse tantos años después- que procuraba una distribución uniforme de la tinta que el papel perforado dejaba pasar… Así que la famosa “vietnamita” era aquello: una mini fábrica artesanal de panfletos.

Al poco tiempo, Julián y algunos chicos y chicas de su grupo se afanaban en la redacción de las proclamas antifranquistas, en pasarlas a máquina para ciclo-estilarlas después y en su lanzamiento al aire por los pasillos de la Facultad en los recreos, o por las calles durante las manifestaciones, para que todo el mundo las viera y las oyera durante su caída, pues el sonido de los panfletos recordaba al aleteo de una bandada de aves al desplegar el vuelo o, con mayor precisión, al de un grupo de murciélagos, “¡flap!, ¡flap!”, de los que limpian de insectos su radio de acción, al igual que las cuartillas volantes pretendían limpiar la podredumbre que destilaba aquel régimen decrépito para nuestras mentes.

En una ocasión, a Julián le tocó lanzar una panfletada en la Facultad de Derecho. Aquellos jóvenes evitaban tirar las octavillas en su propia facultad para no exponerse a los posibles informantes de la policía, entre los cuales, al menos en su imaginario, los bedeles, de quienes se sospechaba su condición de guardias civiles retirados, ocupaban un lugar destacado. Al llegar a Derecho, Julián no se fio de la pinta de algunos individuos y decidió deshacerse de su carga en la Rúa de Entrerrúas, en el casco antiguo de Santiago, una calle muy estrechita que quedaba camino a su Facultad. La policía recogería enseguida las octavillas pero no había mejor opción. A los pocos minutos pasó por el mismo lugar un compañero de curso y también activista, aunque de otro grupo político, sobrino de Xosé Manuel Beiras, catedrático y connotado galeguista. Lo prendieron y acusaron de aquel acto de “propaganda ilegal”. Cuánto sentí aquel arresto que debió haber padecido el bisoño Julián en su lugar. Nunca más volví a ver a aquel estudiante ni pude comentar el suceso con él.

Pero todo aquello eran minucias comparado con lo que vendría después, cuando Julián ya no era Julián sino quien firma este escrito. El grupo político al que pertenecía decidió que había que reforzar el aparato de propaganda. Las vietnamitas se quedaban pequeñas para la fase que se avecinaba de movilización de “masas” -¡qué horrible palabra!-. Así que, se planea robar una multicopista. No había otra opción, por el control que el franquismo ejercía sobre esos aparatos. A mí me tocaba conseguir un coche y servir de chófer y transportista.

Simca 1200. / Milanuncius

Un Simca 1200. / Milanuncios

Pedí prestado a un amigo su Simca 1200, un auto con gran espacio trasero. No le podía explicar nada para no comprometerlo como cómplice si algo salía mal, pero la alternativa, robarlo, además de que no sabría cómo hacerlo, me pareció mucho peor.

A la hora de la cita aparco en la misma puerta de la parroquia. A los pocos segundos aparecen tres personas a las que conozco de vista de reuniones clandestinas. Nos miramos para reconocernos, y entran. Yo espero afuera. Mis pensamientos vuelan vertiginosos. ¿Qué pasa si aparecen los municipales y me ven mal aparcado? ¿Qué, si entran en ese momento un par de curas? ¿Qué, si falla la batería cuando tenga la carga a bordo? Sudo a mares.

A los pocos minutos regresan los tres compañeros portando un bulto cubierto con una manta. Lo metemos en el maletero, subimos los cuatro al coche y salimos volando. En el camino sólo rompen el silencio para contarme que tuvieron que “mostrar” un cuchillo de caza a una persona -¿el párroco?- que se resistió a franquearles el paso. La dejaron amarrada y amordazada. Me doy cuenta de la gravedad del caso: robo a mano armada. Y yo era uno más del grupo, por muy desarmado que fuese. No había transcurrido un cuarto de hora cuando los dejo, escalonadamente, cerca de las estaciones de bus y tren.

Enfilo hacia Ferrol. En algún lugar del camino debo entregar la multicopista. Me he ido tranquilizando durante la casi media hora de conducción en solitario hasta que aparecen por el retrovisor dos motoristas de la Guardia Civil. Se acercan a toda velocidad y mi corazón late de nuevo aceleradamente. Si me habían dado candela por el simple hecho de participar en una reunión, ¿qué me esperaría después del robo a mano armada de una multicopista? Me pareció injusto encontrarme en aquella situación cuando yo estaba en contra de la violencia -confieso que jamás tiré una piedra a la policía en las manifestaciones-. Sólo aspiraba a que lográsemos una movilización pacífica de millones de personas que terminara con la dictadura. En aquellos eternos segundos pensé también en mi descrédito ante mis compañeros de facultad, quienes me habían elegido como delegado de curso, si me implicaban en un robo a mano armada. ¿Era suficiente justificación que “el dinosaurio siguiera allí”? Sólo me tranquilizó pensar que, por mucho que me interrogasen, no podría contar nada: desconocía los nombres de quienes entraron a la parroquia y no tenía ni la menor idea de donde vivían: ¿Vigo? ¿Ferrol? ¿A Coruña?

Los motoristas me adelantan a toda velocidad. No era su objetivo. No se han percatado del enorme bulto que llevo en el maletero aunque, oculto por la manta, podría tratarse de cualquier cosa: una nevera, sacos amontonados de patatas… Hago la entrega, regreso a la ciudad de A Coruña, devuelvo el automóvil-furgoneta a mi amigo y respiro tranquilo.

Es verano. Estoy en casa de mis padres. Ellos saben en qué ando metido, pues sufrieron mi detención. Tenían confianza en que, en adelante, sería más prudente y les ahorraría otro disgusto tan horroroso como el de la cárcel. Mi padre me deja el periódico por las mañanas cuando se va a trabajar. Aquel día, en portada, el robo de la multicopista. En las páginas interiores se describen pormenorizadamente los hechos y se cuenta que un testigo presencial recuerda el color del coche en el que salieron zumbando los asaltantes y alguno de los números de la matrícula. ¡Me quiero morir! Imagino los titulares de los próximos días, después de una fácil detención gracias a mis antecedentes penales. Me apeno por mis padres, sufro por mí. Pero nada ocurre. Y queda este episodio en el olvido. Hasta hoy. @mundiario