Sobre Memoria de lo infinito, la poesía cautivadora de Juan Lozano Felices

El poeta ilicitano Juan Lozano Felices y la cubierta de su último poemario.
El poeta ilicitano Juan Lozano Felices y la cubierta de su último poemario.

Sumergirse en la poesía de Juan Lozano Felices es una experiencia cautivadora, un baño de serenidad, de elegancia en el roce con lo sensible que es rebelión de belleza.

Sobre Memoria de lo infinito, la poesía cautivadora de Juan Lozano Felices

Memoria de lo infinito, de Juan Lozano Felices (Editorial Sapere Aude, 2020), es la confirmación de un poeta que ya, en sus anteriores libros, había venido demostrando una finura, un brillo y una solidez nacidas de una actitud que, en ningún caso, es trivial y que está aferrada a unas claves de la existencia extraídas de una realidad sutilmente depurada.  

Aunque el poemario se armoniza en torno a un tono mayoritario, a unas similares cadencias, se podrían distinguir en él distintas maneras de afrontar aquello que incumbe al autor. Podríamos  agrupar los poemas distinguiendo las inquietudes o las estéticas que muestran. Así, aquellos de vocación más culturalista en los que, como en Afinidades electivas, se entremezcla una muestra de iconos culturales que van desde la antigüedad de un Homero hasta la modernidad del íntimo ser que habitaba en Marilyn Monroe, pasando por épocas intermedias como la que confusamente vivió Hölderlin. Son estos versos el reflejo de aquella memoria más emocional, suscitada por esos personajes con capacidad de mostrarnos variados alientos.  Alguno de esos poemas está centrado en un solo personaje, como Il mundo nuovo, dedicado a la figura de Casanova, en el que, de paso, se evoca la ciudad italiana que fue obsesión de alguno de los poetas que admira Lozano y que dieron en ser llamados venecianos. También la extensa pieza que cierra el libro, Vers la flamme,  abunda en referencias a personajes de la historia y del arte. Aquí, aún más explícitamente, se expresa la gratitud por esas vidas o esos hechos que jalonan el acervo que no es solo cultural sino también sentimental, que se personaliza y se convierte en miscelánea simpatía por los más destacados anhelos del hombre.

Por otro lado, y aledaños en estética a los antes mencionados, se incluyen otros poemas originados en la impresión de un viaje, como Piazza di Espagna, Perdido en Roma, Paseando por el Chiado, en los que el autor resalta las sensaciones primigenias  que se renuevan en esos encuentros con la belleza, con esa grata frescura que recubre al ser de un espacio de benignidad que posterga o disuelve las amenazas. En ellos se produce una inmersión en los estímulos de un lugar que resultan evocación de lecturas directas o de interpuestas contemplaciones, pulsaciones que predicen el verso: “Y saber ya que esa luz / es la luz que mañana / guiará el poema”.

No falta en este libro un tema recurrente en el autor, como es el de la nostalgia. Esta vez reducida a unos pocos pero contundentes poemas, como Totentanz, que es un canto triste a la muerte del pasado, a la pérdida de algunas calideces, a la desaparición de algún faro deslumbrador, de las luces que encendían una protección contra el predecible desánimo, contra las preguntas paralizadoras. En 25-12-2018 /7:30 a.m. / 3°, se incide más en el aspecto generacional, en la vivencia compartible: “Era cuando queríamos / cambiar el mundo / antes de que el mundo / nos cambiase. / Era cuando queríamos / apurar la vida / sin pensar que la vida / acabaría por apurarnos”. Es el imparable transcurso de la vida, la sensación de derrota por aquello que involuntariamente se rebasa en pos de etapas tal vez menos apasionantes. En Cadenza ad libitum, nos dice el poeta: “Recordad que fuimos jóvenes… Hoy escribimos para tomar distancia / y milimetramos la derrota como arte”. Y termina ensalzando aquella temeridad original a la que llama “la sublime imprudencia de vivir”.

A menudo, como especialmente en la primera parte, aquella que lleva el mismo título del libro, los poemas se visten de una apariencia suavemente aleccionadora. Están dirigidos a un “tú” que no es tanto un “otro”, y que no puede identificarse tan solo con el propio poeta sino también con la imagen definiéndose de un prometedor y comprensible ser. Se trata de promover un autodiálogo reflexivo, una introspección que acompase las imágenes a las ideas, que reviva y reinserte los recuerdos en un presente orientado hacia los despejados miradores de una perentoria realidad.

La buena poesía se compone de versos que sentimos inaugurales, de dicciones que nacen de lo hondo, que se disfrazan de involuntarios asertos y se ofrecen como sospechada novedad a quien así las espera. Estos poemas, pese a que no se abandone del todo en ellos el tono conversacional, y de que no se eluda, en la medida de lo posible, el mandato de lo diáfano, abundan en imágenes que sorprenden por el modo en que pulsan hasta los más recónditos repliegues de nuestro sentir. En algunos casos, hay un vuelo surrealista. Son versos que retuercen la ordenada realidad y la moldean con recursos emocionalmente aproximativos: “Si paladeas la grata perfidia / de los salteadores de caminos / y los húsares rinden honores / en la carta de ajuste”. “No te rindas al doblar las emociones / con la aristocrática sinuosidad del nadador. / Con el tedio de los héroes en traje blanco / que tan dócilmente sustentaron / la sugestión de los clubs náuticos”. Son imágenes libérrimas, atrevidas: “Como trapecistas conversando sobre Aristóteles / en su trágica eventualidad, / con su lógica de precipicio”.

Encuentro en este poemario una búsqueda de sabiduría sensorial, un aferramiento a la conexión con lo más particular, un avance hacia una comunión restringida, no por el veto, sino por la expulsión de lo anodino. Nos encontramos con una declaración que parte de lo meditado y se desarrolla en versos que imaginan una consecuente realidad, una invitación a una trayectoria vital, a una oleada de sensaciones que refundan el mismo pasado, que anteceden un impulso generado por la comprensión del ayer.

Abundan también en este libro los pronunciamientos ante las actitudes que la vida exige. Las repuestas no suelen ser banales ni prosaicas, nunca manidas, aunque sí, a menudo, un tanto irónicas. Como una isla es un poema que analiza la circunstancial presencia en el mundo, e incide en el pequeño ámbito personal de libertad, en la limitada pero fundamental —para juzgarse a uno mismo— capacidad decisoria. En un par de poemas se insiste en la nueva necesidad de proyectarse hacia el mañana, tanto desde la prevención como desde la expectativa. En Último día: “Si hoy fuese el último día / aún apilaría leña para el invierno…aún  te amaría en duelo triste de miradas / y haríamos planes para vacaciones, / aunque no amaneciera mañana”. Pero el poema más manifiesto, ya desde el título, es el de Poeta maldito no quiero ser, en el que se expresa una prioridad de honesta sencillez, que vuelve, como muy bien dice José Luis Zerón, en el excelente prólogo, como un ritornello, en Post mortem: “Que no quiero que de mí digan / que fui un poeta maldito. / Que quiero que digan / que fui un buen esposo / y un buen padre”.

Otro de los aspectos en los que incide el autor es en esa fragilidad que puede convertirse en fortalecedora: “Pero la debilidad que nos sostiene / nos hará, lo sabes, / cada vez más fuertes”. Hay que atender esas opciones de amar aquello que nos configura, ajenos a una supuesta perfección, que incluyen una pequeña y apartada grandeza. Todo ello en esa asunción de lo esencial que acrece la vida: “En realidad, hay pocas cosas, / que necesites para seguir de pie”.

Sumergirse en la poesía de Juan Lozano Felices es, en Memoria de lo infinito, más que nunca, una experiencia cautivadora, un baño de serenidad, de elegancia en el roce con lo sensible que es rebelión de belleza: “Es un truco que se aprende, / lo de dejarse vivir / con afectada elegancia”. Recorrer sus versos es adentrarse en el grato acompañamiento de esa emocionada y compleja afinidad suya con la vida. Y es que escribir poesía marca la mirada, y la mirada define la posición: “Un verso más allá / y la realidad sería otra”. Como bien y bellamente dice este ya consolidado poeta: “Puedes consumar un acto de fe / y tensar con los ojos un milagro”. @mundiario

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