De la melancolía, de Espido Freire, o la herida como inspiración
Basta con recurrir a la etimología para cerciorarse de que "melancolía", hasta después del Barroco, correspondía a uno de los humores, concretamente a la bilis negra, que podía dar acceso a la locura.
Publicada por Planeta, la propuesta narrativa de Espido Freire en De la melancolía va mucho más allá de la ruptura de una pareja aparentemente sólida, como es la de Elena y Sergio, que ha decidido adoptar un hijo. Es el pretexto de la autora para indagar sobre la identidad de quien cree haber perdido todo y no encuentra un asidero en el que tratar de protegerse contra lo más nocivo de las incertidumbres. En esa decisión en la que Elena se ha volcado, Sergio no parece involucrarse como ella esperaba.
Después de veinte años de convivencia, la imposibilidad de ser padres, pese a la adopción como expectativa factible, hace que Sergio abandone a su pareja. Al igual que en la narrativa de Shriver o Lessing, la mitificación de la maternidad tiene sus efectos destructivos. A partir de aquí, Elena se sumerge en una clase de melancolía que carece de ese idealismo, lenitivo y dichoso tan propio de algunos contextos literarios, para colocarla en una encrucijada: persistir en la depresiva indiferencia hacia sus propias expectativas laborales y personales o dejar que Lázaro, un tío abuelo al que cuidar, entre en su vida como una nueva disonancia que puede romper con el vehemente progreso de la tristeza que la embarga.
Lo que concibe Espido Freire a continuación es relatar lo melancólico, no a través de los paisajes interiores de la protagonista, sino a través de la reconstrucción de la biografía de su inquilino. Los estragos de la guerra y del exilio que confiesa Lázaro a modo de un diario fragmentado se definen como una clase de analogía de las emociones que han estragado también a Elena tras su ruptura. El hecho de recordar no tiene por qué ser estigmatizante, como confiesa el propio Lázaro: "El olvido es un vicio como cualquier otro. He visto a muchos que se adentraron por ese camino y que, paso tras paso, ya no quisieron regresar" (pág. 105).
Y, de repente, la soledad que ha circundado a Elena vuelve a llenarse de voces, de testimonios, de problemas que padece su círculo de amigas y que no saben cómo resolver: maternidades no deseadas, infidelidades, problemas de dinero. Y Lázaro, como bosque que explorar, avanza en su testimonio vital que no deja de ser una terapia para Elena. La vida no enseña nada, sino que sucede simplemente: "Las desgracias del mundo no se han acabado, ni las guerras, ni los niños que tienen que escaparse con lo puesto son una cosa del pasado. Ellos éramos nosotros, con mi madre como una tienda protectora sobre nosotros, con su mal humor y su incapacidad para callarse" (pág. 156). Como un mantra que reconstruye padecimientos que Lázaro no ha terminado de asimilar, la guerra es un ejemplo de lo imprevisible y lo confuso que es el azar; el azar que no mide los destrozos que conlleva la violencia, el hambre o la soledad de la viudez.
El final de una vida se funde con la menguada esperanza de una Elena que no cree que encontrará otro amor, que admite la imposibilidad de dar un nuevo viraje a lo que la melancolía ha tramado como único destino, como única forma de mantenerse a flote, soportándose, no viviendo como le recomienda Lázaro una y otra vez. Pero hay un momento en que Elena lo admite. Su tristeza no debe concebirla como un lastre: "Al menos pensé, la melancolía me ha privado de esta maldad, de este resentimiento. La tristeza imbatible que me había asaltado, la ansiedad que convertía mi garganta en una goma elástica comenzaban y acababan en mí. No existían más culpables que mi propia ignorancia, que mi propia desazón" (pág. 172).
No todo puede ser tan desesperante si la soledad se sublima con los suyos, dando cabida a otras presencias como la de este tío abuelo o la de Eduardo. Así sucede también en las novelas de Auster. A veces, contra el ímprobo azar, la sublimación también ayuda; fingir que podemos ser felices todavía. Y no solo la sublimación, sino ese atisbo de confianza en un futuro próspero, aunque la aflicción que procura la melancolía haya hecho de las suyas en nosotros. Sin embargo, se puede habitar lo uno y lo otro al mismo tiempo: lo que hiere y lo que alumbra: "El glaciar continuó desmoronándose y el sonido tardó mucho en disiparse; volvía a ratos, difuso, como un zumbido de panal, como un recuerdo de algo oculto, azul, frío e inmutable. (...) un glaciar que se quiebra (...) sobre lo ocurrido, sobre la memoria" (pág. 255). @mundiario