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MUNDIARIO

Mary McCarthy sobrevive al tabú en Memorias de una joven católica

Memorias de una joven católica es una declaración personal de la importancia de lo religioso como determinación de la voluntad en la inspiración narrativa.
Mary McCarthy sobrevive al tabú en Memorias de una joven católica
Mary McCarthy, autora de Memorias de una joven católica./ lafrondemag.com
Mary McCarthy, autora de Memorias de una joven católica./ lafrondemag.com

Manuel García Pérez

Escritor y filólogo.

En esta novela, Mary McCarthy llega al convencimiento de que la represión de la moral religiosa es tan inspiradora como punitiva.

No hay un dolor exacerbado, ni se percibe un resentimiento procaz en la lectura de esta obra, donde McCarthy, al igual que en el resto de sus narraciones, rompe los límites de los géneros.

La influencia de Virginia Woolf es patente y ningún crítico duda de que sus novelas buscan en lo autobiográfico la mejor forma de convertir la novela en un pretexto para el escapismo a través de la confesión.

En estas memorias, se asiste a la impronta emocional que lo religioso deja en la infancia y en la adolescencia de una muchacha que contempla el absurdo y lo destructivo de una moral que se afianza más en la superstición que en la generosidad hacia el prójimo.

La represión y la determinación se vislumbran, sin embargo, como una manera de construcción del mundo literario que McCarthy comprende ahora desde un presente en el que el pasado no es lineal, sino más bien un crisol de epístolas, fotografías, páginas de un diario o recuerdos familiares. Esta fórmula hace que su escritura, como la de Berlin, parezca espontánea, fluida, visceral, transparente, sin recovecos u ornamentaciones.

Las prácticas represivas sobre la propia autora influyen en la construcción de una escritura testimonial, sobria, realista, en la que el costumbrismo de los detalles es más importante que la acción de las propias historias que se cruzan para elaborar la genealogía a la que pertenece la autora.

La crudeza con la que se describen las imposiciones y los castigos de los preceptos religiosos destilan la propia banalidad del mal que se ejerce automáticamente, pues, pese a su naturaleza dañina y nociva, la moral calvinista se camufla bajo los vestigios de una vida ordinaria, acorde con los sentimientos de una comunidad que no piensa más allá de las convenciones asumidas y perpetuadas a lo largo de diversas generaciones.  

El mecanismo de restricción y la determinación de la sumisión al absoluto de la violencia o del miedo al Infierno se fusionan con las costumbres ordinarias.

Para la autora, la represión no es intencionada dentro de la familia, sino resultado de la propia evolución de los acontecimientos rutinarios donde la ortodoxia cristiana es un mal congénito, inherente ya a la vida social, a la privacidad, a un ordo naturalis que nace con cada generación. 

Sin embargo, es también esa represión la que ha hecho posible la razón de su escritura, la recreación de una memoria en donde es difícilmente distinguible la escisión entre el mal y lo afectivo. Por esa razón, Memorias de una joven católica no puede dejarnos indiferentes. @Mundiario