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MUNDIARIO

Maquiavelo, un príncipe iluminado

Los ensayos de este libro obligan a reflexionar sobre un complejo problema nacional que debería ser competencia de todos.

Maquiavelo, un príncipe iluminado
Portada de La herencia de Maquiavelo. / Fondo de Cultura Económica, 2019.
Portada de La herencia de Maquiavelo. / Fondo de Cultura Económica, 2019.

Francisco Vélez Nieto

Comentarista literario.

“Mi pan lo comí entre batalla y batalla. Entre los asesinos dormí. Hice el amor sin prestarle atención y contemplé la naturaleza con impaciencia. Así pasé el tiempo que me fue concedido en la tierra”.

Bertolt Brecht.

Si a los muchos y cada día menos respetados señores áulicos de la política, el celo de sus ocupaciones les permitiera disponer de algún tiempo en su ardua tarea de control y vigilancia, entregados a recomponer algo del mundo, deberían leer La herencia de Maquiavelo. Modernidad y voluntad de poder (Fondo de Cultura Económica), que han dirigido y preparado Roberto R. Aramayo y José Luis Villacañas. Trata de la modernidad y la voluntad de poder servir en este opresivo y nebuloso presente, donde el planteamiento imperioso debería preguntarse si la figura de Maquiavelo ha quedado reducida a una mera razón de estado ficticio.

Por ello, cuando señalo que es una lectura recomendable para la familia política compuesta por profesionales del oficio, no quiero decir que su contenido no pueda interesarle a otros muchos lectores. No hay intención ni norma de exclusividad por mi parte. Solamente una aproximación al papel de estos políticos, aferrados a la nómina y cada día menos respetados, pero que al parecer intentan gobernar el país. Los ciudadanos observamos con desencanto, su falta de certeza y el desafortunado manejo de los mecanismos del poder cada día más necesitado de cordura y conocimiento. Incluso para las conspiraciones y la lucha por los diabólicos poderes políticos y sus apetitosos manjares.

 En los últimos años las ciencias sociales se vienen ocupando, no sin preocupación y responsabilidad, del modo de política que se ejecuta en este país que consideran “políticamente correcto”. Concepto que está adquiriendo dogma indiscutible para cualquier organización política con peso en la sociedad. Toda crítica sobre la complejidad de la política en una comunidad que vive vertiginosos cambios, difícilmente cuenta con el agradecimiento hacia los gobernantes. Y para aumentar los descontentos con niveles de furor iracundo e insultante se encuentran parte de estos asesores de lo imposible, que muestran su incapacidad intelectual sin rubor alguno y no menos fortuna. Y, parece ser, que el ejercicio de la crítica no es recibido con agrado. Máxime si ésta viene de personas con afinidades ideológicas desde las que intenta analizar y señalar los errores y requerir la obligatoriedad de protagonizar la autocrítica. Porque con esta postura la democracia va perdiendo su fuerza, creando una situación alarmante dada lo bisoña que es la moza. Situación que va estableciendo un distanciamiento del poder político como profesión frente a la lucha por la supervivencia de la sociedad, que busca en las representaciones civiles la manera, no de derrotar, sino de detener la marcha hacia el precipicio.

De aquí que como he comentado en muchas otras ocasiones, se hace cada día más urgente dotar de un mayor protagonismo a la sociedad civil: meter el voto en la urna ya solo es un espejismo. Esto, siendo el último refugio contra los poderes fácticos de la política y sus equipos que: “Ante los problemas que aquejan a nuestro orden establecido, conviene replantearse si basta con la crítica externa al poder o, si por el contrario, debemos penetrar en su alma y transparentar sus reglas con la finalidad de manejarlo de forma responsable”. Lo difícil es mantener este espíritu de exigencias desde las asociaciones civiles.

Porque las asociaciones corren peligro en sus reivindicaciones ante la cada vez mayor complejidad, enredadora, banal y explotadora de la política por el lucro al estar apresada por los poderes fácticos. Incitándolas a que sumisamente asuman el camino de lo “políticamente correcto” según sus ambiciosas entendederas sobrecargadas de torpes y oscuras intenciones que añoran el reciente pasado. Pues si repasamos la memoria podemos ver que este embrollo de intereses de grupos y patronos ya sucedió. Demuestran cómo utilizan a la sociedad civil solo cuando la necesitan e intentan sobornarla o ignorarla. Una equivocada maniobra satánica por medio de los grupos de presión, siempre centinelas alertas de las intenciones sociales que consideran “políticamente incorrectas”. De aquí que los ensayos de este libro, obligan a reflexionar sobre un complejo problema nacional que debería ser competencia de todos. @mundiario