Sobre Maneras distintas de amar (o des-amar), de Carlos Javier Cebrián

Cubierta del último libro de Carlos Javier Cebrián y retrato del mismo
Cubierta del último libro de Carlos Javier Cebrián y retrato del mismo.

A través de unos versos que fluyen sin deterioro, sin tropiezos, transcurre un fuerte torrente emocional que se origina en el punto justo, equilibrado.

Sobre Maneras distintas de amar (o des-amar), de Carlos Javier Cebrián

La poesía de Carlos Javier Cebrián —o la de su sucesor, Javier Cebrián, que ambos nombres corresponden a una misma persona— siempre me ha parecido muy honesta, directa, pertinente, nunca superfluamente ornamentada. En este libro, Maneras distintas de amar (o des-amar), publicado recientemente por Huerga & Fierro, he encontrado una rotundidad aún mayor en su voz y, sin perder una gota de frescura, una densidad de ideas, de hallazgos estilísticos, que lo convierten, tal vez, en la mejor obra poética que ha dado al público hasta la fecha.

El periodo de composición se sitúa entre 2006 y 2008. No es, pues, su producción más actual, pero, como toda obra valiosa, es hoy —y lo será por mucho tiempo— un libro plenamente vigente. La circunstancia que otorga la enorme intensidad que desprende el poemario está explicitada en cada uno de sus versos. Se trata de una dolorosa ruptura sentimental. Ello confiere a esta obra una tensión necesariamente dramática, que, en algún caso, incluso, se torna exhibicionista, como si ese grito urgente requiriera no solo ser oído sino también ser comprendido a través de una intimidad detallada. Y así, la expresión que se alienta nunca recurre a los ambages, sino que ahonda en la cruda mirada, en los ojos muy abiertos que miran de frente la desolación que produce el irrumpido desamor. En esa sumersión, lo doloroso es narrado desde distintas perspectivas. Todas ellas completan una exploratoria panorámica que incorpora cierta reflexividad, confiriendo a los versos una mayor amplitud que la que habrían tenido con tan solo la brumosa e inmediata descripción de la sangrante herida.  

La ruptura desgasta la vida. No solo es dolor para hoy, sino que es indeseado y turbio aprendizaje. Pero, también, es el inconcebible vislumbre de un futuro que habrá de iniciarse algún día y cuyos asideros aún no son imaginables: “Me dejo llevar / y me condeno a ser yo mismo./ El dolor no es impacto, / es el residuo. / La tristeza es un don.” Sí, la tristeza como desagüe de esa inundación, de otro modo aniquiladora, del futuro: “Lágrimas lánguidas corren / por mis mejillas / al menor descuido”. Pero: “Llorar, a veces, es una bendición”.

En lo más hondo de la terrible constatación, solo hay arrasamiento del tan reciente como ya inhabilitado ser anterior: “Soy un hombre muerto / que respira”. Pero no hay muerte absoluta sino más bien una insistencia de apagamiento de la luz antes sostenida: “Volver a la vida y entristecerte / es la misma cosa”. Y escribir sigue siendo expresión de aquello que, inútil, inasiblemente, aún se quisiera salvar: “Yo hablo de lo que muere, / quizás hablo de lo que ha muerto. / Del silencio atronador”.

Hay momentos en que parece que ya se está superando aquel lacerante reflejo del mundo que al poeta le llevaba a decir: “Te miro / y me devuelve / el infierno / su mirada”. Se presiente el momento en que va a poderse ver la luz en el fondo del túnel: “…surgirás renacido. / Observa que no digo resurgirás, / pues no será repetición lo que vivas”. El ser se reemprende en otro distinto que tratará de deshacerse de los lastres heredados.

Nos hallamos ante un relato de las melancolías, de las derrotas que, a veces, se derivan del temerario avance por las sendas de un deseo que nos desprotege, porque ignora la abrupta posibilidad de los feroces antagonismos. Es esta una exposición  pormenorizada, la destilación de un desencanto que desubica al ser de la que pensó que era su alcanzada y luminosa firmeza. Estamos ante el estallido de la vivencia del altar derruido, y de lo vano de la palabra, y del gesto, y del ímpetu, porque ya no hay objeto. Y todo ello conduce inevitablemente al descreimiento del amor: “Las miradas del amor / mentiras son / todas / y el amor nos aleja de la felicidad”. Ahora, del amor lo que se recibe es el daño y no la luz que establecía una felicidad consecuente. Y se regresa al cuestionamiento de lo humano. El antiguo sentir exultante ha resultado vapuleado. Es la impugnación de una realidad en la que se había creído. Se revela entonces la doble vertiente de lo deseado y hay que hacer una reinterpretación de lo vivido: “Alguna semejanza de lo que éramos / y no hemos sido”.

Hay momentos de ciega resistencia, en los que se pierde la compostura, en los que se suspende la prioridad de lo digno. Lo perentorio es ese furibundo e inútil intento de destrozar los desvirtuados objetos de lo vivido. En Asepsia, la expresión de la ausencia se centra en la vertiente sexual y se explicita en un onanismo entristecido, rabioso, porque lo pasional no es ahora exaltación del vivir sino mecanismo abrumado por lo mortecino. Aquí, y en otros momentos del poemario, no se callan las expresiones audaces, lo procaz. El autor lo tiene claro: “Y que les den / a la poesía, a la elegancia en el decir, / a la contención poética, / al pensamiento  / y al amor que debo a los seres humanos”. Ahora es necesario afrentar a la traidora realidad sin reservas, postergando los miramientos habituales, desacralizando la vida.

Después, a medida que se va columbrando la incierta salida, la nueva realidad propicia el sarcasmo de precavidas expectativas: “¡Oh! amigo mío / ama cada día, cada noche, / con ese amor verdadero / desprovisto de acento, sin apego, / ama, / sin saliva, sin fluidos seminales, / sin lágrimas, sin sucio y humano desgaste, / por el simple hecho de amar”. Es una propuesta de respetuosa inhumanidad, de exención de los peligros de la apuesta: “Evita esta humana prisión del deseo”.

Los poemas de este libro avanzan en un ágil manejo de versos, con un ritmo logrado plenamente. Lo alcanzan a partir de unas breves expresiones que se yuxtaponen, o se recrean en múltiples variaciones, en paradojas que van definiendo una profundización tan certera como emotiva. En sus versos se respira siempre lo verdadero, una voz que nunca elude el afrontamiento de la verdad irrenunciable. Lo que se dice no es nunca una invención sino un recoger y ordenar, un no obturar las fisuras por las que se nos adentra lo sombrío.

La voz que escuchamos en Manera distintas de amar (o des-amar) es potente, impúdica, y se revela en un rico monólogo que, bajo su dramatismo, admite la tenue, la debilitada insistencia de lo que quiere ser bello. A través de unos versos que fluyen sin deterioro, sin tropiezos, transcurre un fuerte torrente emocional que se origina en el punto justo, equilibrado; aquel en el que confluyen el clamor del sentimiento inmediato y las ansiosas preguntas, los atisbos perseguidos como improbable respuesta, la descripción fidedigna y oscuramente iluminada. @mundiario

                                                                                      

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