El mal como ficción en la infancia

Caperucita y el lobo.
Caperucita y el lobo.
El mal es una realidad que hoy queremos ocultar a los niños. Como si ellos no estuvieran en un mundo donde existe el bullying, el abandono, la muerte, el divorcio, la enfermedad, el hambre y la vejez.
El mal como ficción en la infancia

Cuando mi hija mayor tenía seis años yo ya les había contado a ella y a sus hermanas el cuento de Caperucita Roja totalmente cambiado: el lobo no devoraba a la niña y a la abuela, las perseguía, ellas se escondían en un armario y cuando llegaba el guardabosques, amonestaba al animal que huía asustado.

Un día, íbamos las dos en un tren y Rosario, mi hija,  me dijo:

— Mamá, el cuento de Caperucita no es como vos nos lo contaste…

No sabía cómo explicarle que había sido por vergüenza de semejante atrocidad, o porque quise evitarles la angustia, el miedo y el horror de esa historia. Se sintió estafada.

La versión auténtica me ganó de mano y además le resultó mil veces más fascinante.

Es que el mal es una realidad que hoy queremos ocultar a los niños. Pretendemos ahorrarles sufrimientos y los metemos en una burbuja de fantasía donde todos somos felices, nos queremos, no hay odio, ni discriminación, y nada les faltará para que cada día sea mágico.

Como si ellos no estuvieran en un mundo donde existe el bullying, el abandono, la muerte, el divorcio, la enfermedad, el hambre y la vejez.

Nos parece un horror leerles Hansel y Gretel porque no podemos entender que los padres dejaran a esos dos pobres chicos en el bosque al no poder darles de comer. Y el del sometido del padre de Cenicienta que se vuelve a casar y la madrastra la trata a su hija como una sirvienta sin que él hiciera nada. ¿Y Blancanieves que tiene que huir al bosque porque la madrastra quiere matarla para que no la supere en juventud y belleza?

Estos cuentos fueron inventados en una época en que las mujeres morían al parir, dejando niños huérfanos. Otros eran abandonados porque sus madres solteras no podían enfrentar a la sociedad ni alimentarlos.

El miedo al abandono es natural en todos los niños. Hoy los padres se separan y el temor sigue siendo grande. Se dan situaciones  de parejas no tradicionales que, si bien lo políticamente correcto sería la aceptación social, los chicos se sienten diferentes.

Hay muchos padres que al formar una nueva pareja descuidan a sus primeros hijos. Conflictos entre los dos ex producen distanciamientos. Hay muchos padres de Cenicientas.

Por cualquier tontería sufren las burlas de sus compañeros. Los más astutos y lindos son los más populares.

Esa es la realidad del mundo en el que viven. Y los cuentos de hadas sirven para que lo vivan bajo la forma de ficción.

Dice Bruno Bettelheim, psicoanalista austríaco muerto en 1990 y autor de “Psicoanálisis de los cuentos de hadas”, que estos cuentos toman muy en serio las angustias de los niños. Que el objetivo es “darles confianza: tienen un final feliz con una solución aceptable”. Que en cambio, en la mitología, el final es siempre trágico y no puede aplicarse a sus vidas porque viven en un universo de superhéroes como Hércules o Ulises.

Los superhéroes actuales los llevan a una irrealidad que no pueden alcanzar. Todos quieren ser ganadores, tener éxito, fama, superpoderes. Se los alienta para eso. Tal vez les sirva para canalizar en la fantasía lo que no pueden en la realidad. Ya veremos. Son lo opuesto a los castigados niños de los cuentos de hadas.

“He podido constatar que por no haber tenido sueños, fantasías y por no sentirse relacionado con lo imaginario a una edad en la que es beneficioso, muchos adolescentes o adultos son incapaces de afrontar los riesgos de la vida adulta.” — dice Bettelheim.

Los niños del siglo XIX no eran respetados como personas. A nadie se les ocurría escucharlos  ni ellos se animaban a hablar. El pobre Pip, de “Grandes esperanzas” —la gran novela de Charles Dickens— vive aterrado por los castigos de su hermana que siempre le echa en cara haberlo “criado a mano”, porque tuvo que darle el biberón después de que  su madre muriera en el parto y quedara a su cargo.

Nuestros chicos viven lo que Bettelheim llama “la era brillante”: les quitamos todo lo feo. Hacemos lo contrario de la Sra. Joe, la hermana de Pip, que le tiraba todo el horror en la cara y encima le exigía que estuviera agradecido. Los nuestros se creen dioses que se merecen todo y más. Pero nada impide que sufran, siempre se sienten maltratados por alguien y dejados de lado. A veces sienten que sus hermanos mayores son más inteligentes que ellos,  o algún compañero. O celos del hermano menor al que todos miman.  Que por qué no tienen la misma suerte de otros. Incluso hasta llegan a avergonzarse de su forma de vida, sus casas y sus familias frente a amigos que están en una posición social superior.

Después de leer “Barba Azul” de Amélie Nothomb, busqué el cuento original, el de Perrault. Los niños de hoy consumen muertes y maldades en luchas cruentas de sus personajes de juegos en la Play o en sus pelis favoritas sin quitarles el sueño, pero no me atrevería a contarles la historia de este asesino serial  de mujeres, que guarda los ocho cadáveres en el cuarto prohibido hasta que la novena las reivindica, matándolo a él, con ayuda de sus hermanos, según Perrault, y arreglándoselas sola como Saturnine, la heroína de Amélie.

Asesinos  —seriales o no— hubo y habrá siempre. Basta con encender el televisor o leer las noticias policiales de los periódicos.

Ogre, en francés, deriva de hongrois, húngaro. Son  monstruos que se alimentan de carne fresca y devoran niños.

Erzsébet Báthory, o “La condesa sangrante”, ogra húngara por excelencia,  en el siglo XVI mató a más de seiscientas chicas, disfrutando de su agonía y cubriéndose con su sangre para escapar del deterioro físico y mantener su piel blanca, inmaculada, sin el más mínimo remordimiento.

No sé si ella habrá sabido de la existencia de Gilles de Rais, quien se le adelantó en el tiempo matando a más de ochocientos niños de quienes abusó antes y después de matarlos y se bañó en su sangre para mantenerse joven. Murió ahorcado sobre una hoguera y sin ninguna arruga.

Siempre la realidad supera la ficción. El afán de belleza y juventud de la madrastra de Blanca Nieves es un verdadero “cuento de hadas”  frente a ellos.

No dejemos de contárselos. En su fiel versión. @mundiario

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