Apuntes sobre el ensayo Por el camino de Richter, de Yuri Borísov

Por el camino de Richter, de Yuri Borísov./ Acantilado
Por el camino de Richter, de Yuri Borísov./ Acantilado

Adentrarse en las conversaciones del pianista Richter es recuperar ese concepto totalizador de las artes donde no hay diferencia entre literatura y música.

Apuntes sobre el ensayo Por el camino de Richter, de Yuri Borísov

La editorial Acantilado se caracteriza por publicar numerosas obras que nos reconcilian con la literatura y, en el caso que nos ocupa, los diálogos del director de escena Yuri Borísov con el pianista Sviatoslav Richter logran adentrarnos en el rigor y en una vida inspirada en el misticismo de la música.

Traducida por Joaquín Fernández-Valdés, desde el primer momento, se nos describe la personalidad arrolladora del pianista y, de forma fragmentaria, la obra nos va describiendo los miedos que han acompañado a Richter hasta sus últimos días, especialmente su miedo a interpretar, no solo con corrección a los diferentes compositores, sino con intención de destilar un mensaje personal, lo más próximo posible a la sensibilidad creativa de los maestros.

Lo que queda claro es que el rigor de los ensayos no da lugar a la espontaneidad, aunque la interpretación en directo y la inmediatez de la ejecución al piano debe aparentar esa naturaleza casual para que la música fluya como un estímulo más propio del mundo que de la razón. Esa máxima mozartiana se repite en todo el libro, describiendo su interlocutor Borísov la obsesiva psicología de Richter, que se traduce en la dedicación minuciosa a comprender el contexto artístico y literario cada una de las obras de sus repertorios.

Aunque la intención de Borísov no es precisamente la de introducir la censura del estalinismo dentro del análisis psicológico de nuestro protagonista, el interés político subyace en el desarrollo personal de Richter. No se manifiesta en ningún momento la adhesión del pianista al comunismo o su descontento hacia su doctrina. Sin embargo, subyace cierto inconformismo hacia la clase política  que salva el humanista entregado a la música, a una concepción artística de la interpretación que transciende las propias piezas, como si el pianista fuese consciente de que cualquier obra debe consolidar un mundo autónomo, una ensoñación, una fuerza mística, en la que público y artista presienten el encuentro de una realidad tan ajena como conmovedora.

«El coche se adentraba en Nikólina Gorá. Era el final de la primavera, la época más bonita del año. Comprendí que nos aproximábamos a la dacha al oír las Variaciones de Brahms, que pendían en el aire. Sonaba la furiosa Variación n.º 8 del primer cuaderno. La mano izquierda golpeaba los graves, algo desafinados, y el eco de estas manotadas resonaba por todo el pueblo. Los pájaros callaban. Llevaba en las manos un bote que contenía tres litros de sopa de cebolla que se había espesado: le había prometido a Richter que la podría degustar. Mi madre la había preparado aquella misma mañana, y le había añadido picatostes y parmesano rayado. Por su parte, Richter prometió poner vino francés. Estaba de pie con el bote en las manos delante de su casa, mientras me empapaba de la música de Brahms. De pronto, apareció Nina Lvovna en el zaguán y anunció: "¡Aún le quedan cuatro minutos! "». (pág. 23)

Las introducciones descriptivas de Yuri Borísov en cada uno de los encuentros aluden a experiencias intensas que superan la mera anécdota cuando Ritcher se nos presenta como un crisol de estímulos, pensamientos, aforismos, chascarrillos y sentencias que confluyen en una hipnótica confusión entre música y rutina.

Los silencios, los retiros voluntarios, las horas de ensayo, los paseos al lado de amigos o en solitario reflejan el carácter introspectivo de un sujeto consciente de su talento, pero que no se puede permitir el menor desliz cuando sus interpretaciones compiten con las del propio Glenn Gould.

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