El Laxeiro de Inma Vilariño

Laxeiro. / Fame Celeste
Laxeiro. / Fame Celeste
El pintor gallego Laxeiro dibujó su propio universo, creó su propio lenguaje, halló un estilo, interpretó su personaje. Fue único.
El Laxeiro de Inma Vilariño

Laxeiro es eterno, enmarcable, adscribible con su complejidad y aportaciones, con su evolución, a un ámbito definible del arte. Sin embargo, el polímata José Otero Abeledo, fue un polifacético vital, un ser cuya existencia física se extinguió hace un cuarto de siglo, sin que su propia magia haya podido impedirlo. Lo curioso es que el artista vislumbró el trasmundo en vida y desde esa aparente irrealidad sigue emergiendo su especial energía personal. El uno y el otro son el mismo

Inma Vilariño, periodista, Máster en Energías Renovables y Eficiencia Energética, esencialmente escritora y sabia lalinense de nueva generación, dominadora de los tiempos, entre otros, acaba de describir a Laxeiro en “O naranxo no trasmundo”, un precioso libro, magníficamente ilustrado por Amalia López Brea, prologado por el esencial Manuel Gago, contextualizado por el conaisseur Daniel González Alén, y epilogado por una excelsa maestra escritora, Charo Golmar. Talento y talante agrupados por Fervenza Edicións, en el que se aporta un estilo narrativo próximo, enriquecedor, rupturista, que a través de un personaje local del Deza nos invita a penetrar en el imaginario universal de la zona central de Galicia.

Leo de un tirón la obra de Inma Vilariño justo la víspera de que la Real Academia Gallega de Bellas Artes haya decidido homenajear a Laxeiro con el Día das Artes Galegas. Oportunidad y acierto de Quintana Martelo y sus compañeros –entre los que sigue faltando José María Barreiro, lo reitero–, expresión y entendimiento de que el ilusorio Marqués de Romea  fue un personaje que se interpretó a sí mismo con la habilidad con la que de niño jugaba con monecreques, en los decorados diseñados por él mismo, ante los campesinos, relatando sus propias historias, sus cuentos, recitando poemas o esbozando con las palabras el boceto irónico y retranqueiro de su propio existir.

Laxeiro fue barbero ambulante. Dibujaba a sus clientes. Les curaba de sus heridas vitales y también de los rasguños que los infería con el uso de la navaja al afeitarles –ironizaba afirmando que lo hacía embadurnándoles de bosta la herida–. Para abultar los carrillos, utilizaba, decía, una misma castaña, previo leve lavado de la misma. Y, entre tanto, les hablaba en un idioma inventado por él mismo, como si se tratase de un estilo pictórico. Laxeiro dibujó su propio universo, creó su propio lenguaje, halló un estilo, interpretó su personaje. Fue único.

Inma utiliza un hilo conductor a Manuel González Ferradás (Santiso, 1897-A Xesta, 1945), conocido como O Naranxo, un ser real al que Laxeiro convirtió en eterno al inmortalizarlo en uno de sus cuadros más emblemáticos. La vida se convierte en un carnaval, en un ir y venir de máscaras, de locos sensatos y de cuerdos disparatados, de esperpentos nada grotescos ni estrafalarios que se trasmutan en metáforas afortunadas, en mundos paralelos.

Si en la obra de Laxeiro encontramos la complejidad de lo Barroco, la sencillez del Románico, la evolución que alcanza ecos de posmodernidad, ante la obra de Inma Vilariño nos hallamos en el preludio de una carrera imparable, en el pórtico apenas esbozado que ha de grabarse en granito de las montañas del Deza. Por ahí empezó José Otero Abeledo antes de convertirse en un lúcido mito viviente. Los de Lalín saben volar y contemplar las estrellas. A los demás nos queda el consuelo de admirarles. @mundiario

El Laxeiro de Inma Vilariño
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