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MUNDIARIO

La tarde boca arriba

Cruzas la calle con patética normalidad y ya no eres tú, sino otra figura confundible.

La tarde boca arriba
Ilustración sobre Edward Hopper: Compartment C, car 293. Collection IBM, Armonk, New York. / Paula Esfra.
Ilustración sobre Edward Hopper: Compartment C, car 293. Collection IBM, Armonk, New York. / Paula Esfra.

Marcus Daniel Cabada

Escritor y filólogo.

A mitad de medianoche espantas la pesadilla con hondura y labor de escrúpulo, ya accionando la parte despierta ―que tanta conciencia tiene― y agrietando a cada mordida la comisura del labio. El despertador ruge tan espantoso, tan harto pesado con su sonido atronador: como el pliego de una montaña o la pomposidad de un palacio. Presientes, tan ausente, cómo comienza otro día turbio. (Esos del despecho pueril y pensamiento quebrado; esos donde el espíritu apesta a vapor de cigarrillo calado o a silencio de biblioteca). Temes la ausencia y la espera y el olvido, pero la mañana se viene tan ajena que sales afuera con tu fragilidad de rosetón y tu rigidez de óvalo y de piedra.

Coges el tren, lees unos versos, te preguntas por qué. Repites lo que T.S. Eliot te responde: “Porque yo sé que el tiempo es siempre tiempo/ y que el lugar es siempre y solamente un lugar”. Lo comprendes del todo mientras dibujas siluetas cuadriformes en el vaho. Una de ellas te muestra, tan tragicómica y silente y corrida, una caricatura de tu yo de ahora: pluma y tinta, laurel y teleférico, otoñal y guerra, pradera y entraña. De pronto, al llegar a la ciudad, te sientes tan rara que la tarde se te pone boca arriba. Cruzas la calle con patética normalidad y ya no eres tú, sino otra figura confundible. Todo cambia: en el Museo los lienzos se suspenden del revés, las monedas son erigidas sobre una sola cara. Las cosas ya no se muestran como eran: aúllan los gatos en el barrio y nadan los pájaros en el estanque. La tormenta resopla del suelo trayendo con ella ópalos de hoja y tierra, y algunas flores se destejen del cielo cayendo sobre ti. Y recuerdas ―por un momento― quién eras, o quién solías ser. “¿Qué será esto que me pasa?”, te preguntas esperando a que la soledad remita. Pero todavía ansías su afable oscuridad: como la mota de polvo que no cesa la caída al suelo, como la neblina de bruma y escarcha que persevera en el día gris. Y el silencio se vuelve tan atronador como el despertador que no despierta, como la pasada vida que no pasa, como la felicidad que aún no se va, como ese fulgor que queda.

Llegas a la casa, y te preparas un té. “Quizá encontré el alma”, meditas. Pero sientes todavía la atadura, el ancla de un pecio, un navío que diluye en la mar lo que te pertenece, lo que no te permite seguir. Y rehúyes el espejo, dándole la tan marcada espalda: esos círculos bellos y tan llanos y tan ocultos hacen que se te contraiga el estómago como un puño, y que se te derrame la taza. Vuelves a ser tú, la de ahora. Pero, a diferencia de antes, ya piensas: “Será que no estoy sola. Será que algunas siluetas perdidas todavía me escoltan la memoria”.