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La niebla y Cornoas

La niebla borra las referencias del tiempo y del espacio y el mundo se sitúa en un inestable equilibrio entre la existencia y la nada, entre lo real y lo irreal, cerca del mundo de los sueños y de la fantasía.

Niebla. / A. F. T.
Niebla. / A. F. T.

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Arturo Franco Taboada

Arturo Franco Taboada

El autor, ARTURO FRANCO TABOADA, es escritor, profesor de arquitectura, dibujante y colaborador de MUNDIARIO, donde publica relatos literarios. @mundiario

Recuerdo con fascinación la niebla en mi aldea, que llegaba como un ladrón, como una plaga bíblica, descendiendo por el valle y nos envolvía a todos en un velo de misterio. Los cuerpos se convierten en sombras difusas, vagas como fantasmas que se esfuman. La niebla borra las referencias del tiempo y del espacio y el mundo se sitúa en un inestable equilibrio entre la existencia y la nada, entre lo real y lo irreal, cerca del mundo de los sueños y de la fantasía.

Como la noche en medio del día, entro en la niebla y en lo intemporal. Pienso que una mano sabia y misteriosa extiende un velo de sombras sobre el mar, las montañas y los bosques, que se alejan cada vez más hasta convertirse en ceniza, y toda la tierra recupera su aura antigua, el paisaje se puebla de oscuros enigmas... y me acerca al mundo de mis antepasados, recordándome el sentido ético de la existencia.

En las lejanas tierras del Támbre, hasta donde llegaba la larga mano monasterial de Sobrado, había un rico cenobio antiguo de la orden benedictina, que abastecía con sus pesquerías a los frailes de Toxosoutos, y que hacia el año mil quinientos, aceptó las reformas del Cister. Como suele ocurrir desde antiguo en estas tierras neolíticas del confín del mundo, la superstición cohabitaba con lo sagrado en el alma de las gentes, que cultivaban en su corazón un respetuoso culto a los muertos.

Gentes instruidas de aquella antigua abadía, que ahora no vienen al caso, me contaron esta historia que yo les transmito sin atreverme a emitir ningún juicio, que dejo a su criterio sin más dilación. 

Una noche de domingo de principios del verano, a mediados del segundo cuarto del siglo pasado, dos amigos muy jóvenes, volvían del baile y se dirigían a su casa a través de un bosque espeso, de los que abundan en aquellas tierras bien regadas por el río. A pesar de estar envueltos en una densa niebla se sobresaltaron al ver no muy lejos, una hilera de luces mortecinas, que les impuso un gran respeto y temor.

Se quedaron paralizados durante un tiempo y uno de los dos caminantes, que era natural de aquellos contornos, pronunció la siguiente frase, que estremece solo al recordarla:

“Esta noite hai un morto en Cornoas”.

La Niebla. / YouTube

Era Cornoas por aquel entonces, una parroquia afortunada, al lado de las grandes fuentes de energía del río, que a principios del siglo dieron origen a uno de los primeros poblados industriales de Galicia, con escuela y cuartel de la Guardia Civil, no muy grande, pero con suficientes familias, que criaban con buenos recursos, mozos para la tierra y para la guerra.

Cuando llegaron a casa ya de amanecida, preguntaron si había ocurrido alguna desgracia, recibiendo afortunadamente, solo buenas noticias.

Una semana después, cuando ya se habían olvidado del extraño suceso que habían vivido impresionados aquella noche, llegó a la aldea un forastero adusto y extraño, que portaba una carta personal dirigida a una de las familias que la habitaban. Aquel hombre venia solamente a dar una noticia luctuosa. Las gentes lo sabían y ocultos tras las ventanas, muy temerosos, imploraban al destino para que aquel mensajero del infierno pasase de largo por su puerta.

Por fin la familia más desgraciada aquel día, recibió las noticias tristes del mensajero. El silencio más inquietante envolvió la aldea, como si todos pudieran escuchar la noticia tras sus ventanas.

Lamentamos comunicarles que el soldado de reemplazo Antonio... fue herido de muerte en la madrugada del domingo al lunes mientras defendía a su patria con gran valor. Descanse en paz. @mundiario