La conquista

Corona real.
Corona real.

Minutos después el rey se levantó de su lecho, caminó hacia su balcón y observó en el suelo la epopeya que lo hizo conquistar la mitad del mundo conocido... / Relato literario.

El rey entró a su habitación, y descubrió a su gran visir que lo espera recostado sobre la cama. Sin decir una sola palabra le contempló sus ojos, eran los más hermosos de ese reino. Sobre sus pasos se acercó a su amante y le acarició la espalda, al tiempo que su halo de dios se deslizaba por su cuerpo como las túnicas que custodiaban su triángulo divino. En ese momento el inmortal deseaba olvidar la gloria y sucumbirse a los placeres mundanos: quería corromperse ante el efímero sabor de la carne. Tan enamorados, como la primera noche que sus almas descansaron juntas, se acercaron despacio, cara a cara como infantería. Sus labios se rozaron. Se mordieron. En ese instante el semidiós perdió su condición y se difuminó en medio de caricias. Deseaba sentirse derrotado. Nadie en el campo de batalla había logrado verlo conquistarlo. Ahí, en su lecho, no deseaba ser luminoso: anhelaba despojarse de cuernos y fastos honores.

El gran visir tomó al soberano del cuello y lo hincó; consciente de su poderío, disfrutaba ver desde las alturas a su esclavo. Le tomó la cara, le abrió despacio la boca y gradualmente le introdujo su miembro hasta que sintió que su prisionero se comenzaba a sofocar. Sólo los ojos de ese mortal fueron dignos de ver a un rey a sus pies. En otras circunstancias ese osado moriría atravesado por flechas de oro, pero ahí el monarca disfrutaba ser sometido y ultrajado, sentirse un prosaico varón.

Con el impulso de sus manos el rey se liberó de su amo. Poco a poco recuperó el aliento. Observó en hinojos a su hombre. No pudo más. Se abalanzó sobre él. Lo invadió a besos. Los instantes se hicieron eternos entre los amantes, sus estrategias seductoras se grabaron sobre sus cuerpos. Ambos jugaron a la invasión de la piel prometida. Un beso radiante dio fin a la conquista del cuerpo deseado. Después: sólo suspiros.

La batalla fue en vano, ambos cayeron derrotados mientras sus respiraciones comenzaron a descender. Minutos después el rey se levantó de su lecho, caminó hacia su balcón y observó en el suelo la epopeya que lo hizo conquistar la mitad del mundo conocido. Llegó hasta el palco real, puso sus manos sobre el mármol y mientras fijaba su mirada en su imperio, recuperó su halo de dios. Se recordó el grande de Macedonia, del mundo. A sus espaldas, Hefestión descansaba sobre el lecho y al tiempo que observaba el plenilunio recordó a Bagoas. @mundiario

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