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MUNDIARIO

Juan Laguna (VII)

Juan Laguna termina sus memorias en medio de un torrencial aguacero en donde fenece anegado con todo y casa en la laguna de Apanás.

Juan Laguna (VII)
Lago de Apanás, en Nicaragua. / travelguidenicaragua.com
Lago de Apanás, en Nicaragua. / travelguidenicaragua.com

Juan Laguna sacó ahora del baúl  de su  recuerdo el día que comenzó ayudando a los miles de jóvenes de los batallones de lucha irregular que la revolución había formado para defender el triunfo revolucionario y que pasaban por la hacienda embriagados entre humo, fulgor, cansancio, hambre y desesperanza. Los jóvenes eran llevados a las bases militares en donde se les enseñaba lo más básico en materia de guerra de guerrillas.

Hasta que una noche apareció el mismo joven de la cruzada nacional de alfabetización, el mismo que le había enseñado a leer y escribir  a su madre. - Juan de inmediato recordó como ella al verlo agotado, famélico, cansado y cargando ahora una mochila llena de balas ,  un fusil Ak , con granadas en el pecho y lleno de ilusiones perdidas, y no como lo había conocido la primera vez que llegó radiante y sudoroso, sonriendo, con una mochila roja de lona, una cotona con la insignia de la cruzada nacional de la alfabetización , con unos blue jeans sucio, unas botas lodosas, un sombrero de cuero y un corazón lleno de esperanza y  sosteniendo en su diestra una lámpara Coleman y muy motivado para enseñar a leer y escribir a los campesinos.

Al ver aquel contraste de imágenes en el tiempo sollozó y  comprendió que su país se había convertido en una abigarrada y deplorable mezcolanza de amor y odio. O como ya lo había dejado bien dicho Cortázar   ¨… Nicaragua tan violentamente dulce… ¨

De inmediato ella  le ofreció su ayuda al batallón de su otrora alfabetizador y como en los tiempos de la ¨Chela del Patrón¨ ahora hecha cenizas, se inició en el cerro del matadero del Tamagás la matanza de bestias y animales de corral para dar de comer a los estigmatizados  jóvenes  llamados ahora ¨Cachorros de Sandino¨.

Luego de tres días de sosiego y comilona en la hacienda, una madrugada  los muchachos empezaron a empacar muy apresurados en sus mochilas los trozos de carne y restos de comida antes del aviso del reinicio de la marcha.  ¨… Para todo el Batallón, firmes, en marcha….¨. Lupita al ver partir al joven lloró, porque sabía que nunca más volvería a verlo y él abrazándola fuerte se sintió orgulloso por todo el avance académico que lupita había logrado alcanzar.

Ella no le despegó la vista en el batallón  cuando se alejaba y bajaba por la pendiente de tierra hasta que se convirtió en un punto difuso que quedaría grabado con tinta indeleble en la lejanía de su vasta memoria.

Ese mismo joven un día sería miembro de la policía-pensó Juan-  y luego se marcharía al exterior hasta llegar a la Península Escandinava, en Suecia, en donde se casó y tuvo hijos y luego del fracaso de la revolución regresaría a su tierra a labrar la tierra y enseñar yoga.  Su nombre era Edwin, Edwin Lacayo, y en la guerra le decían ¨La Momia¨, porque a él le gustaba mucho ver un programa mejicano de televisión conocido como ¨titanes en el ring¨, en donde aparecía el afamado luchador ¨La Momia¨ todo cubierto de vendas y caminando casi tieso con los brazos extendidos al frente, a quien los niños y adultos querían mucho por no sé qué razón- terminó pensando ahora Juan.  

Como era de esperarse la hacienda se fue quedando sin las miles cabezas de ganado, sin las miles de aves de corral y hasta sin las miles de mulas y caballos. Los contrarrevolucionarios los habían despojado de la mayoría de las bestias  de carga y aves y los muchachos del servicio militar de las cabezas de ganado. Juan Laguna y su madre durante los diez años que duro aquella  fratricida guerra  siempre se la tuvieron que ingeniar para congraciarse con los contras y también  con los que todavía defendían a la enloquecida y fracasada revolución.

 Ayudaron a muchos sin ningún interés y con los campesinos más pobres siempre estuvieron dispuesto a ayudarles en todo. Nadie de aquellos lugares luego que la guerra terminó por medio del dialogo y el adelanto del sufragio universal jamás se atrevió  hablar mal del hijo del español Matías Jerez y de su hermosa y agraciada madre Guadalupe. 

Juan Laguna por último arrellanándose en su lugar  recordó la aciaga noche de verano que fue estremecido por una ensordecedora detonación mientras su madre se encontraba durmiendo en el granero a como tenía ahora por costumbre hacer furtivamente. Aquella noche el cielo se llenó de fuego y la malva noche se vistió de luto en la comarca, porque una lluvia de fuego caía en todo el valle.

Al amanecer los muertos se contaban por doquier y Juan Lagunas daba santa sepultura a su adorada madre Tetraguasupe. La misteriosa india bonita que un día apareció en el Tamagás pidiendo trabajo de lo que fuera y que muchos al verla tan desprotegida quedaron prendados por tanta belleza natural que aquella mujer emanaba de su voluptuoso cuerpo, que a pesar de trabajar de sol a sol en lo que fuera,  jamás olía mal, y que debido a sus virtudes y moralidad se había ganado el respeto de todos los trabajadores del lugar.

Hasta el libido amanecer que Matías Jerez el español gallego que vino en tiempos de la insurrección popular la miró por primera vez bañándose en el río hecha una espiga cerrada por el sol,  a la cual tomó a como estaba acostumbrado a tomar todo sin preguntar nada ni a nadie. ¨A las buenas o las malas vas a ser mía hoy lupita, así que tú decides mija¨- le dijo Matías bajando apresuradamente de su mula. – Ella, luego de correr y forcejear con el agresor por el lado del cafetal cerca de los chagüites sucumbió ante el acorazado invasor, quien desde ese primer instante la dejó embarazada. 

A los pocos meses nació él, - pensó Juan, agregando – yo,  Juan Laguna,  a la una de la madrugada en un viejo pesebre cubierto de hojas de chagüites, un miércoles de ceniza en el granero del Tamagás, rodeado de los granos de las mazurcas, de los élotes secos, de los frescos chilotes, del gorjeo de los pájaros, cerca de  los recientes frijoles aporreados y el arroz espigado.

Rodeado del cacarear de las gallinas, el canto de los gallos, el sonido ensordecedor de los chocoyos, el rebuznar de los burros, el relinchar de los caballos, el graznido de los patos, el ladrar de los perros, el mugir de las vacas que rodeaban aquel tugurio con olor a cagada de aves. Y perfumado además por el incienso de las boñigas para que los insectos no lo picaran, y que al clarear de aquel día fue bautizado por el santo padre Odórico D´ Andrea en la propia hacienda Tamagás, en donde Matías Jerez su padre español era el hacendado más poderoso y conocido en el norte del país.

Juan Laguna abandonó su recuerdo cuando el cielo y la tierra dejaron de juntarse en aquel torrencial aguacero. Había terminado de tomarse el café con leche y ron que su mujer le sirvió y que tanto le gustaba beber cuando se daban aquellos diluvios en la montaña. Se sintió como salido de un trance de siglos, cuando de pronto descubrió que el piso de madera y la casa entera se movían y que una gran parte de la casa había desaparecido.

Tomó la lámpara Coleman para alumbrar afuera y  descubrió que todo estaba totalmente anegado y que además se encontraba navegando con todo y casa  en medio de la  noche. Al poco rato miró pasar a su hijo y su mujer en las oscuras y vertiginosas corrientes moviendo los brazos en señal de auxilio, y Juan persignándose sentado en la poltrona de cuero antes de caer al vacío alcanzó a decir mirando al pizarro cielo. - Mi nombre es Juan laguna, y nací en un viejo pesebre cubierto de hojas de plátano y café a la una de la madrugada de un miércoles de ceniza en el granero del Tamagás bajo el cuidado de la naturaleza y de  mi adorada madre sin la cual no sería nada ni nadie y ahora mi alma retorna como un verdadero hombre a su lugar de origen en la laguna de Apanás. @mundiario