Juan Cruz y sus emotivas apreciaciones humanas en Primeras personas

El escritor y periodista Juan Cruz
El escritor y periodista Juan Cruz.
Un escritor directo que escarba en las emociones de la memoria, que retrata los gestos significativos, la firma vital de unos personajes que son o que fueron tan distintos.
Juan Cruz y sus emotivas apreciaciones humanas en Primeras personas

Siempre es un placer regresar a la emotiva prosa de Juan Cruz. Primeras personas pertenece a ese género suyo que se cruza con lo periodístico y se nutre, tanto de lo poético como de lo sentimental, siempre buscando la hermosa particularidad que albergan los notorios personajes que, a lo largo de la vida, ha ido conociendo. Es este libro, como su anterior Egos revueltos, una serie de aproximaciones a artistas —casi siempre escritores— que ha tratado, mucho o poco, pero que han dejado una huella en él. Nos dice Juan Cruz que la idea para escribir este libro nació de la lectura de Examen de ingenios, de José Manuel Caballero Bonald. Esa obra que, en su día, comenté con entusiasmo, ojeada ahora —en  urgente comparativa—, me sigue pareciendo muy valiosa y excelentemente escrita, pero echo a faltar en ella ese tono más cálido, más humanamente aproximativo, que el escritor canario revela en cada frase. Hay otro libro que me viene a la memoria con estas lecturas, el precioso  Los encuentros, de Vicente Aleixandre, en el que este gran poeta sevillano se centraba en figuras literarias —en ese caso no necesariamente tratadas personalmente— a través de unos textos en los que prevalecía el alto contenido poético de las semblanzas.

Aquí Juan Cruz nos presenta una nutrida sucesión de capítulos que retratan a personajes siempre captados en su más personal distinción, de tal modo que es este uno de esos libros en los que se agradece mucho la total desaparición de lo reiterativo y en el que encontramos un múltiple renovado interés en cada acercamiento, una virtuosa precisión para deslindar los diferentes mundos personales y hacerlos encajar en una mirada acogedora.

El aprecio que siente el autor por los diferentes personajes es, naturalmente, de diferente grado, pero casi no se nota, porque en aquellos en los que encuentra una menor excelsitud se esfuerza en reconocer un mínimo de estima y reconocimiento. Pero hay admiraciones especiales, que además le fuerzan a nombrar, por comparación, algunas bajezas literarias, que, sin embargo, se resiste a resaltar. Por ejemplo, la que siente por Manuel Longares: “La vida literaria no suele dar personas así, pues en la naturaleza de esta especie priva  generalmente el egocentrismo”. Y también se rinde ante Dulce Chacón: “Sobradamente buena”. Y de la hermana de Terenci Moix, dice: “A lo largo de sus últimos años fui a ver a Ana María Moix varias veces a Barcelona, casi siempre para nada en particular. A aprender bondad, quizá, desprendimiento”.

Juan Cruz siempre está alerta ante los aspectos positivos de quienes conoce. A veces, tiene que desmentir tópicos desfavorables que se refieren a esas personas que aprecia, como a Javier Marías o a Juan Carlos Onetti; o como le ocurre con Borges: “Respeto lo que los otros digan de Jorge Luis Borges, pero desprecio a quienes los juzgan antipático, engreído o reaccionario. Borges es el hombre más simpático que he conocido…, entre los que traté en mi vida como entrevistador o como editor”. Ya no se sabe si es que él produce una hospitalidad que hace a los demás sacar lo mejor de sí mismos, o es que simplemente goza de una visión privilegiada. Es posible que sean ambas cosas. En dos ocasiones, nos describe los momentos previos a sus encuentros con unos personajes que tenían fama de ser difíciles —Bergman y J.K. Rowling— y cómo, finalmente, esas conversaciones se desarrollan en un clima de la mayor cordialidad. Y, en otros casos, es su paciencia, la que no le impide llegar, más tarde, a los mejores momentos de otras personalidades, como, cuando tras una fracasada primera visita a Cabrera Infante, en Londres, en la que este no abre la boca, hay luego una larga sucesión de encuentros amistosos. En otro momento nos refiere la dificultad de contener la impetuosa sed de egolatría de Susan Sontag, que provisionalmente se aplaca con unas píldoras de concreto reconocimiento.

Y es que aquí no hay el menor interés en el cotilleo, ni mucho menos en revelar los peores rasgos de esos insignes amigos o conocidos: “Reverte suele decirme que sea menos tierno, que desmonte a tanto cabrón”. A veces, aparece la ligera mención de algún defecto, pero siempre se entiende perdonado, comprendido, difuminado en el aceptado ser total. Pero es obvio que no le hace caso al novelista cartagenero, que es el único con quien refiere haber tenido una riña, eso sí, solventada rápidamente. Nada que ver con las definitivas que hubo entre algunas glorias de la literatura americana, como entre Gabo y Vargas Llosa, o entre Carlos Fuentes y Octavio Paz. Me imagino a Juan Cruz triste por esos encontronazos. Permaneciendo al margen,  o auspiciando una posible paz.

Al principio, señala una diferencia con aquel Egos revueltos, un libro emparentado a este por su formato: “En este no hay estrategia sino advenimiento, las palabras van brotando sin reproche ni ansiedad, lo que recuerdo es lo que sé”. Sí, un escribir directo que escarba en las emociones de la memoria, que retrata los gestos significativos, la firma vital de unos personajes que son o que fueron tan distintos. Y todo con la maestría de quien sabe penetrar en una vida, extrayendo, de unas anécdotas, de unos rasgos, lo amable, la afectuosidad tan gratamente vivida. A través de unos pocos, pero siempre certeros y personalizados adjetivos, extrae el ser esencial; al menos, ese que ante él se le muestra. Juan Cruz, descubriéndonos estas huellas aquilatadas, intenta bellamente combatir la arrasadora vocación de lo fugaz. @mundiario

                             

                                                                                                                                  

                                                                                                                                  

Juan Cruz y sus emotivas apreciaciones humanas en Primeras personas
Comentarios