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La hostilidad para buscar la calma en un autor como Cees Nooteboom

Ojo de Monje es una visión alegórica de la necesidad de trascender, una necesidad ancestral que reside en el propio lenguaje o en la aceptación del morir.

La hostilidad para buscar la calma en un autor como Cees Nooteboom
Cees Nooteboom./ Het Parool
Cees Nooteboom./ Het Parool

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Manuel García Pérez

Manuel García Pérez

El autor, MANUEL GARCÍA PÉREZ, es doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Murcia y licenciado en Antropología por la UNED. Premio Nacional Fin de Carrera, fue coordinador del área de Sociedad y Cultura de MUNDIARIO, donde actualmente es columnista y crítico literario. Docente, investigador y escritor de narrativa juvenil, su última obra es el poemario Luz de los escombros. @mundiario

En Nooteboom, cosa y palabra son la misma trama sobre la que se construyen las visiones. Su poesía, como su prosa, está nutrida de metaliteratura, de un crisol de experiencias en la que la realidad sucede, simplemente sucede, como si el poeta entrase en trance y el mundo que conocemos mostrase aquello que hay al otro lado del espejo.

Ojo de Monje, en Visor, no teme la proximidad de los fantasmas, ni a los ausentes, ni el naufragio, ni el destierro, ni los oteros sin límite, ni la profundidad de las aguas, ni la última boya que conforman, paradójicamente, significados incompletos, marginales, disidentes de la plenitud semántica que exige el lenguaje ordinario.

Y, sin embargo, esa necesidad que tiene el lector de completar lo inacabado añade algo novedoso e inédito a ese nuevo orden de las cosas. El referente parece que no pertenece al texto, sino al lector al que subyuga: "Parecía tan sencillo, la casa / por espacio, tú una tierra y yo/ una luna inequívoca, visible/ y luego otra vez invisible,/ pero siempre en torno a ti". (pág. 61)

Juegos de luces, la rompiente y unos cuerpos translúcidos recrean esa atmósfera en la que lo tangible es lo de menos. La forma puede con la sustancia. Lejos quedan los tiempos de un orden, de una interpretación concreta, de una comprensión dependiente de la lógica: "Supe que era real por el sonido/ de las conchas bajo sus pies" (pág. 15).

Son los rastros de un paraíso al que acceder confiando en la claridad que motiva su horizonte. Nooteboom quiere que atravesemos el umbral, que no perdamos la esperanza, como si morir y vivir, como la cosa y la palabra, fuesen una misma cosa. La trascendencia del sujeto es posible, más allá de un orden judeocristiano, cuando la creación alimenta esos terrenos límpidos, sin materia apenas, trabados en recuerdos y alucinaciones.

Solo quien sueña es capaz de construir su propio escape, su liberación del tiempo y de un espacio que ofende por su hostilidad y su repetición: "En la bahía tan cercana/ el cuchillo del cazador, la casa del pescador./ Aprendo los signos/ de memoria, y los dejo escritos/ en la arena" (pág. 31).

Lo poético miente el mundo. Y en la mentira, Nooteboom halla la piedad, una forma de esclarecer lo que tanto nos hace sufrir: que posiblemente ya estemos muertos. La desaparición es inherente al existir. E Inmediata: "A plena luz del día, hielo sobre la nieve,/ -a veces- te puedes caer. Entra en la casa del enemigo/ y pregunta quién eres. Entre las mañas hierbas/ tu nombre se arrastra hasta ti" (pág. 37)