Infierno y metalenguaje en El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad

Pintura de Jackson Pollock./ /blog.artsper.com
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"Y parece que sigue ahí, la incertidumbre como único horizonte del conocimiento. Y no queda otra cosa que la extinción ante la frivolidad de una vida sin plenitud", escribe Manuel García.

Infierno y metalenguaje en El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad

  Regreso al libro. Se lo prometí a unos compañeros con los que comparto tareas en una asignatura de Estudios Ingleses. No quería hacerlo. ¿Por qué? Porque La novela de Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas, desafía dos tareas aparentemente inasumibles para cualquier conciencia; a) Transitar el Infierno, b) Reconocer que lenguaje y paisaje pueden ser una misma cosa.

  En el caso de a), Dante ni siquiera logró lo que Conrad. La alegoría aleccionadora del poeta italiano es soberbia por su carácter controvertido y pagano. Sin embargo, el autor inglés transciende esa doctrina simbólica de lo alegórico, convirtiendo su experiencia como marino en una forma de rebasar los límites de la cordura. No hay diferencia alguna entre atravesar el río o explorar lo sinuoso que es lo instintivo, lo irracional, lo puro, la vehemencia, lo que es humano y negamos a aceptar.

  La razón y los espejismos se confunden en un paisaje abigarrado, exótico, donde la niebla y los pasadizos boscosos nos fuerzan a la alucinación. Lo real es un espejismo, lo real es puramente sinestésico y el símbolo es el tótem, lo ancestral, la superstición, lo premonitorio, lo chamánico, aquello que residía antes del mundo, aquello que constituye el caos y que solo en lo apolíneo puede manifestarse.

¿Qué es lo apolíneo en El corazón de las tinieblas? La palabra, la epifanía, lo que se manifiesta con un orden sintáctico, pero que ni siquiera el autor llega a consumar. Un cuaderno de bitácora dentro de otro cuaderno de bitácora, las memorias de Marlow, unas memorias que residen en un no nombre, en nadie, en Nadie como mito, como un nuevo Odiseo, enfermo, pero cuya aura espectral lo colma de una santidad que nada tiene que ver con el cristianismo.

  Kurtz es un intermediario entre el mundo de los vivos y el de los muertos, un negociante que asume la inutilidad del orden apolíneo en la selva ingente, pero que aún así mercadea con el marfil.

  Kurtz, una sombra de otra sombra que apenas susurra y se perfila bajo la luz, bajo el sonido que no llega a verbalizarse. Kurtz es la profecía del dios que no ha logrado la veneración de Occidente, sino la alabanza pagana y supersticiosa de los nativos, de aquellos que siguen extraviados en la propia inmensidad de un espacio que escapa al conocimiento, un espacio inescrutable, atrapado en sus propias trampas de infinitud y frondosidad.

Y aquí viene esa segunda interpretación que sigue produciendo en mí el estupor de quien sabe que no podrá emular a Conrad en su escritura. El corazón de las tinieblas se aleja de la secuenciación de otras novelas iniciáticas del propio autor, pues es evidente que el léxico y el detallismo metafórico con el que se construyen algunas de sus frases nos adentran en un mundo donde lo tangible se extingue desde el inicio, como si la propia realidad fuese a la deriva, como si lo que es vivido fuese meramente circunstancial, como si las biografías desapareciesen finalmente para ser el letargo de lo espectral, de aquellos que adoran el fuego y al animal antes que a la imagen o el icono.

Las continuas alusiones a espíritus, fuego, niebla, demonios y marfil crean esa caja de resonancia en la que los estímulos se desligan de lo concreto para sumergirse en el Infierno, en lo que trasciende, purifica y destruye. Conrad traspasa la alegoría de Dante; sus experiencias a bordo de los navíos están ahí para ser una evocación, una palpitante remembranza que ahora Marlow interpreta desde ese umbral terrible y fascinante; decidir si prefiere sobrevivir en la cordura o adentrarse en la locura adictiva, una forma de conocer más allá del presente y del pasado. Probablemente, la única forma de conocer. La propia estructura de la novela es una manera de innovar sin otro fin que conocer la propia naturaleza de la escritura, la escritura como un proceso simbólico que intenta acceder a lo inefable, escrutarlo, desentrañarlo, como lo es desentrañar a Kurtz, quien ha decidido atravesar el umbral, quedarse en el caos, presentir la Nada, ser Nadie, Odiseo varado eternamente en un viaje interior que Marlow no está dispuesto a emular.

El Támesis es la cordura y el orden. Por el contrario, el río que atraviesa la jungla es el río oscuro, la sibilina serpiente, una imagen que atrapa a Conrad en más de una ocasión a lo largo del relato. El veneno, la muerte, la cicuta, el marfil, la desidia, la ausencia de claridad, la muerte del primer capitán, su esqueleto en la hierba, son signos de luz, el inicio del tránsito que nos conduce a releer una obra que sigue sumiéndonos en un imaginario personal e intrigante, como si, en algún momento, experimentásemos los efectos de la ayahuasca, la hipnosis de un río incesante, el que regresa del Averno hasta la superficie y vuelve a sumirse en la profundidad, en la hiriente y reveladora profundidad.

  Y parece que sigue ahí, la incertidumbre como único horizonte del conocimiento. Y no queda otra cosa que la extinción ante la frivolidad de una vida sin plenitud.

  No somos nada, salvo esas pavesas que se fundirán en la negrura de una noche, una noche oculta tras las pupilas de un hombre que a punto está de ser un dios. La novela,esta novela, es tan solo un pretexto.

Infierno y metalenguaje en El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad
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