La importancia de la infelicidad en una novela de Silvia Hidalgo

Yo, mentira./ Tránsito
En Yo, mentira, la autora Silvia Hidalgo teje una narrativa envolvente que desafía las convenciones y te sumerge en un mundo de incertidumbre y autodescubrimiento.

Que me ha gustado mucho, maldita sea.

No se le puede pedir más a un relato que mira hacia formas narrativas en las que lo metafórico contribuye a crear ese espacio de incertidumbre que la autora evoca en cada página. Lo de Silvia Hidalgo es una suerte, como lo ha sido la narrativa de Pilar Adón; tramas cotidianas que reflejan la vulnerabilidad contra la que luchamos a través de un lirismo en el que lo alegórico, la hipérbole y la hibridación de géneros son una constante, un modo de proceder en el que la prosa cobra una viveza inédita en cada asunto y que no tiene por qué constreñirse a modelos uniformes de la narratividad, el diálogo o la descripción.

Lo mejor de Yo, mentira, publicada en Tránsito, es esa importancia que la escritora le da al hecho de convivir con nuestra propia inseguridad, pues es ahí donde arraiga la verdadera trascendencia; en esa aceptación de que cualquier proyección de nuestro futuro es un fracaso anunciado. Si bien la sublimación es necesaria, aquí se revuelve contra el sujeto. La vida no es lo que se pretende, sino lo que es.

La protagonista de Yo, mentira tiene una vida modélica aparentemente, pero no es suficiente, pues necesita reconocerse, no en la bonanza, sino en la decadencia, en la ruptura, en la infidelidad. La protagonista, además de su hijo y su esposo escritor, requiere la atención de la marginalidad, siempre que se considere la marginalidad como habitar lo que las convenciones y el tradicionalismo han perpetuado en nosotros como un exclusivo modo de actuar.

Pero la felicidad escribe en blanco, según la poetisa Kathleen Jamie. Porque los equilibrios implican el tedio y la monotonía, y no hay peor angustia que residir en esos ángulos de la vida y saber, además, que se va a residir para siempre. Buscar otros rumbos, otra pareja, otros accidentes que, de repente, zarandeen la jaula para evitar la heroicidad banal de los personajes de Tolstoi o Kate Chopin. En eso consiste darle prioridad a la doble vida y al engaño, antes de deprimirse. La protagonista no quiere perder a su familia, pero ansía ese juego de ser una extraña, de fingir que puede herir, de teatralizar más allá de esa verdad a medias en la que se ha acostumbrado a existir.

El tono narrativo maneja ese contraste entre lo sobrio y lo vehemente, un monólogo interior que debe ampararse en la ausencia de nombres y espacios para que la verosimilitud del relato pertenezca a la ambigüedad, a esa pérdida de las certezas, al delirio y al alumbramiento que supone luchar contra lo correcto, contra lo manido. Una Lorrie Moore, pero sin los vericuetos del costumbrismo.

No puede ser una mujer completa si la protagonista no se entrega a otros derroteros en los que la familia queda al margen y donde la felicidad verdadera parece estar en el umbral que separa el hastío de lo imprevisible.

Liarla para ser una mujer que ha encontrado la trascendencia, mentir para ser otra identidad, acatar que, al lado de su marido, merece la pena estar un poco más en el mundo sin agotar las posibilidades que le ofrece ese otro lado del espejo, donde no librarse de otros nudos es siempre tentador. @mundiario