Humo, de José Ovejero, una distopía sobre la inutilidad de las creencias

Humo./ Leer es vivir dos veces
"Cerrar los ojos. Eso es lo que no puedes hacer nunca. Confiarte. Relajarte. Distraerte. Olvidarte. Con sólo parpadear el mundo cambia", escribe José Ovejero en Humo.

El ejercicio creativo de Ovejero vinculado a la short story demuestra que no es necesario escribir quinientas páginas para hacer una gran novela, a no ser que seas Don DeLillo o Tolstoi.

Humo, publicada en Galaxia Gutenberg, es una distopía que comienza in media res con un personaje femenino del que apenas sabemos nada. Convive en una cabaña con un niño que no es su hijo y los dos parecen ser los supervivientes de una clase de cataclismo en el que la Humanidad ha llegado prácticamente a su extinción.

Capítulos breves, cargados de un contraste que alimenta la calidad de su escritura, puesto que la sobriedad se combina con momentos de un alto lirismo descriptivo que recuerdan al Delibes de Las ratas, y una tensión constante que no disminuye en ningún momento convierten esta novela breve en un tributo reconocido a esas distopías fundacionales que recelaban de aquella coyuntura de la Guerra Fría, más próxima a la fatalidad nuclear que a la concordia entre potencias. En esta apuesta de Ovejero, el horizonte en decadencia que constantemente se anuncia no sustituye al dramatismo y a la dureza de algunas secuencias, puesto que aquí lo que se manifiesta es una reflexión sobre la utilidad o inutilidad del binomio moral entre el bien y el mal. 

Ovejero nos pone contra las cuerdas cuando sus personajes deben abandonar cualquier juicio moral para optar por decisiones críticas que, si bien ponen en crisis, creencias y valores judeocristianos, son necesarias para poder resistir un día más en un mundo que vislumbra un desenlace tortuoso y agónico para quienes todavía lo habitan. No puedo obviar que la sombra de McCarthy es alargada en Humo, incluso la de Richard Matheson, en cuanto a la descripción de un escenario apocalíptico que condiciona los comportamientos. Así sucede también en Ensayo sobre la ceguera, de Saramago.

El determinismo de los espacios implica que la moralidad pasa a un segundo plano y que el desamparo es sinónimo de violencia. Porque hay violencia en Humo, una violencia que el lector ha de juzgar si es necesaria o no lo es. Porque la voz en primera persona cala en lo hondo de quien lee, rumia a través de ti, se queda y te vincula a esa máxima terrible por el carácter que tiene de revelación: la empatía no cambia las inclinaciones cuando el hambre apremia. Y llega un momento en que eres condescendiente con esa violencia a la que la protagonista está predispuesta inexorablemente.

Lo instintivo supera a lo tribal. La cultura se despoja de ornamentos y pasa a ser atávica y funcional. No hay dioses. No hay fantasía. La esperanza se ha diluido porque la frivolidad es demasiado insidiosa en momentos como este. El tabú también se despoja de sus credos y de su crisol simbólico. Aquí se trata de elegir constantemente y cada elección tiene un coste. La aspereza y la insensibilidad se acomodan a las circunstancias, como si una y otra vez resonase una de esas reflexiones de Werner Herzog a propósito de la naturaleza que describe en sus documentales: no hay nada inspirador en un lugar en el que la depredación y el horror gobiernan el entorno. Y ahí permanece como un índice, como una señal a punto de desvanecerse, pero que anuncia lo que arrasan los incendios, lo salvaje como una herida constante que rara vez cicatriza. El humo.

 Enhorabuena, José. Me ha parecido de lo mejor que he leído en castellano en mucho tiempo. Y mira que leo. @mundiario