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MUNDIARIO

La huella de Simone Weil en Europa 1951, de Roberto Rossellini

Con esta nueva historia, Rossellini, a través de unos personajes y unas situaciones complejas, volvía a exponer sus particulares inquietudes sociales, políticas y espirituales.

La huella de Simone Weil en Europa 1951, de Roberto Rossellini
Ingrid Bergman en una escena de "Europa 1951", de Roberto Rossellini
Ingrid Bergman en una escena de Europa 1951, de Roberto Rossellini.

Europa 1951 (1952) me parece una de las mejores obras de un enorme director, Roberto Rossellini, que logró sus mayores cotas en la primera etapa de su carrera. Con esta nueva historia, a través de unos personajes y unas situaciones complejas, volvía a exponer sus particulares inquietudes sociales, políticas y espirituales. Toda la película es una profundísima disquisición sobre temas morales de primera magnitud.

Estamos aún en pleno neorrealismo, en ese sensible retrato del mundo de los más perjudicados en el tiempo de la postguerra. Pero aquí, la protagonista, Irene, proviene de la sociedad más privilegiada. Ingrid Bergman, la entonces esposa del cineasta italiano, interpreta a la perfección a esta mujer que empieza por mostrarnos su personalidad más aburguesada, su sensibilidad adormecida por el brillo de las apariencias que se imponen entre los de su clase. Sin embargo, esta sofisticada señora envuelta en lujos padece la sombra de un hijo triste e insatisfecho. Este le reclama su cariño, pero inútilmente, pues ella está más volcada en atender con exquisitez sus compromisos sociales.

Parece que el director italiano se inspiró en la figura de Simone Weil, la filósofa y mística francesa, para crear este personaje. Y es cierto que muchos de sus rasgos están tomados de aquella extraordinaria mujer judía que murió a los treinta y cuatro años, después de haberse entregado a la vida espiritual, a la causa del amor y la solidaridad sin límites. Ambas mujeres acaban padeciendo una especie de calvario que es producto de su postura extremada, que no les permite las medias tintas en el amor y la solidaridad que debe profesarse al ser humano,  especialmente a aquel que padece una situación penosa. Uno de los momentos más miméticos es aquel en el que Irene tiene que acudir a una fábrica para sustituir a una obrera que ha conocido. Allí vive, angustiada, en propia carne, las condiciones de semiesclavitud de los operarios. Weil lo había hecho también por largas temporadas. Tanto en el campo como en la fábrica había tratado de comprender, en primera persona, el sufrimiento del trabajador.

Y es que ambas mujeres parten de una situación social muy favorable. La mística francesa nació en una familia cultísima y la protagonista nórdica de esta película vive en Roma entre los lujos que le propicia su marido, un importante ejecutivo de una empresa norteamericana. La diferencia es que Weil sintió ya un prurito ético en su infancia (con pocos años, renunció al azúcar para solidarizarse con los que lo estaban pasando mal en la Primera Guerra Mundial) y la nueva sensibilidad filantrópica de Irene viene dada como salida a la enorme depresión y sentimiento de culpa por el suicidio de su hijo de once años, debido a su maternal negligencia. Otro de los puntos de similitud es que ambas atienden a los que más lo necesitan, pero van más allá de sumarse a un programa de modelo político, pues sienten que el amor al género humano trasciende a los sistemas que prometen grandes soluciones y se acerca más a lo individual, a cada alma. Por último, otro aspecto común es el del acercamiento al cristianismo, pero en ambos casos de modo un tanto tangencial, sin una plena obediencia a los dictados de una iglesia que está muy lejos de apoyar verdaderamente el radical mensaje de Jesús.

Lo que acaba diciéndonos Rossellini es que una persona como Irene no tiene cabida en nuestra sociedad. Y es que, con su actitud tan radical, resulta mucho más revolucionaria que los que se presentan como tales, va mucho más allá de la obediencia a las consignas, del gregarismo sectario, y solo sigue a su voz interior. Una voz que le dicta el impulso de un amor sin reservas, que incluso la enfrenta a la justicia que aplica unas leyes simplistas que no sirven para quienes poseen una ética que está muy por encima de los obtusos moralismos.

Su familia no la comprende. Su marido, que la necesita dedicada a él y no dispersa por el mundo, equivocadamente siente celos de un hombre que está inútilmente enamorado de ella, cuando debería sentirlos de Dios o de la humanidad entera. La iglesia está representada por un cura que se convierte en cómplice de una sociedad que se acomoda en una hipócrita tibieza. Como Jesús, Irene abandona a su familia para volcarse en un mundo mucho más amplio y necesitado. Busca a quienes sufren la miseria, a esos sencillos y variopintos habitantes de los barrios más pobres. Atiende al que está solo y desasistido, como a esa prostituta a la que acompaña en su agonía.

Cada vez vive más desligada de su casa. Pasa días enteros en el desconocido paradero donde la reclama su imperioso mandato moral. Incomprendida, inconveniente, el final de su camino redentor termina por una acción de pura bondad que no se aviene a las rígidas normas de la justicia. En una de las pobres viviendas en las que conoce a sus propietarios, irrumpe el hijo que huye de la policía, pues ha participado en un atraco en el que ha habido un muerto. Su padre lo quiere denunciar. Para evitar un posible parricidio, Irene lo aparta, le enseña el camino de la huida, aunque lo conmina a que finalmente se entregue, pues le dice que será la única manera de calmar la conciencia. La policía la acusa de encubrimiento. Es un escándalo para su marido. Como hombre público que defiende sus grandes intereses económicos se siente en peligro. Su abogado trama una solución menos perjudicial a la que el tácitamente, dolorido, secretamente avergonzado, da el visto bueno. Engañada, es conducida a un psiquiátrico donde vivirá ingresada indefinidamente. Allí, difamada, vive esa nueva realidad procurando asumirla, sumando nuevos gestos de compasión y amor hacia aquellas mujeres que sí padecen la enfermedad y precisan de una cálida y comprensiva compañía.

Nadie está dispuesto a comprender a Irene. El cura que la visita en el psiquiátrico la toma por una mujer orgullosa que aspira, ensoberbecida, a ser una santa. Para él, esa elevación humana a través de una conducta rigurosa no deja de ser inoportuna. Le dice: “Debemos hacer el bien, pero en su justa medida”. Y ella le responde: “No, el amor no tiene medida”. Y lo que dice a continuación es el fruto de una convicción radical e insobornable: “El mal nace del hecho de que no damos todo nuestro amor a aquellos que tienen mayor necesidad. Debemos amarles tal como son y ayudarles a que sean como nosotros. Dios nos ha creado así. Qué triste darse cuenta de que, en la vida, hemos sido desertores de los demás y de nosotros mismos. Trato de dar a los demás ese amor que poseo y no es mío y solo entonces desciende una gran luz sobre mí”. He aquí otra de las aproximaciones a la filósofa, sus vivencias místicas, su conexión con lo divino. El cura le pregunta: “¿Cree firmemente en Dios y su gracia?” Para ella no hay otra respuesta que esta: “Creo que es necesario vivir llena de amor por los demás”.

Rossellini se declaraba agnóstico pero a menudo incluyó el tema religioso en sus películas. Decía inspirarse en personas conocidas y no en sus propias inquietudes a la hora de componer unos personajes que vivían su vocación desde la ortodoxia o desde su libertad interior. Los curas de Strómboli o de Roma, ciudad abierta eran cabales y solidarios con el pueblo. El que habla con Irene está decantado claramente hacia el poder. Sin embargo, en el último plano de la película, cuando ella ve, tras las rejas de su injusta prisión, aquel grupo de amigos pobres que ha venido a visitarla, y que la despide con alegre amor, ese cura los mira y parece que se rinde a un crucial reconocimiento. Se quita el sombrero en un gesto de respeto y admiración. Muy probablemente se esté dando cuenta de que la supuesta locura de esa mujer, su denostada subversión, no son más que las extraordinarias manifestaciones de un ser ejemplar que incomoda porque, sin pretenderlo, denuncia la mayor o menor mediocridad moral de la mayoría de hombres y mujeres que la rodean. @mundiario