Los huecos del mundo en La vida sumergida, de Pilar Adón

La vida sumergida./ Galaxia Gutenberg
La prosa de Pilar Adón pone a prueba los límites de lo macabro, pero desde la sutilidad de una prosa que se ejerce desde la contención y la sobriedad mezclados con momentos de vibrante lirismo.

No hay duda ya de que la narrativa de Pilar Adón construye una posibilidad de mundo que se inspira en un contraste temático y semántico de una eficacia más que probada. La violencia con sus ramificaciones se enfrenta a la incapacidad para racionalizarla desde unos estándares morales judeocristianos o aquellos que son propios de la Ilustración. Que lo literario sea una indagación de lo inexplicable es una máxima fundacional que Dostoyevski tratará de explorar dentro de un contexto belicista y revolucionario en el que la anarquía y la psicopatía trataban de cambiar los órdenes sociales y políticos.

Sin embargo, es, a partir de la posmodernidad que representan narrativas como la de Adón, Nettel Fernández Cubas, cuando el lector se incorpora a ese desmenuzamiento de lo que se deja entrever, de lo que se manifiesta desde lo difuso, desde lo implícito, desde los huecos. Como dejara claro Arendt, el monstruo de lo contemporáneo ya no es el revolucionario ni el terrorista, sino el hombre obediente. Y esto último es lo que caracteriza el conjunto de relatos de La vida sumergida (Galaxia Gutenberg), sujetos que se mueven en una serie de rutinas aparentemente indemnes, pero que ocultan acciones cargadas de oprobio y fatalidad; lo que está inmerso en la propia naturaleza congénita de los secretos de familia y los pactos de sangre.

"Desde luego, resultaría mucho más sencillo dejar de pensar. Pero eso es algo que yo no sé hacer, dejar de pensar. Además, al señor Miori le gusta darme golpecitos en las manos para que me detenga. Es mejor que las mueva con semejante agitación, y ha decidido quedarse junto a mí a este lado de la sala. (...), tal vez sea capaz de pedirle de una vez que me explique en qué consiste todo esto, tanta confusión y tanto vacío". (pág. 35)

"Los seres salvajes no han nacido para ser felices y se lo repito cada vez que me suplica que no cierre la puerta. También sé que debo controlar la rabia y el odio, las pasiones destructivas e improductivas que se apoderan de mí cada vez que le veo, a pesar de que parezca que hemos pactado una tregua y a pesar de que hemos aceptado las condiciones que deben darse a nuestro alrededor para estar tranquilos. He de controlarme, así que no grito ni aviso a los leñadores aunque sea lo único que realmente desee hacer." (pág. 38)

"Llevaría más de tres meses acudiendo a la sala, relacionándose con ellas, cuando las mujeres le dijeron que había llegado su turno. Que por fin iba a hacerlo". (pág. 106).

Sororidad y fraternidad se ponen contra las cuerdas, desarticuladas desde su raíz, desde el parto, movidas por una inercia enfermiza que las conduce a una ponzoña disfrazada de convención y pose. Lo que callan las familias y las parejas es lo que instiga una supervivencia basada en crecer y madurar en lo vesánico, con el mutismo como aliado. A escondidas.

"La historia evolutiva del hombre era una historia de carestía y miseria. De modo que, mientras su organismo aguantara, él seguiría aullando. Sus alaridos emergerían del sótano, ascenderían por las escaleras, cruzarían los corredores y llegarían hasta ella, que intentaba seguir con su vida normal pero que, cuando no podía soportarlo más, en los momentos de gran angustia, tenía que salir del salón ruso, (...), huir de las voces que la perseguían y la acosaban, (...)". (pág. 143)

A diferencia de otros textos de Adón, La vida sumergida describe con sumo detalle que los interiores influyen en la psique de unos personajes, cuya vida ordinaria no existe como tal, porque son actores de un cainismo del que no pueden librarse. No sabemos casi nada de sus trabajos, de sus hobbies, de sus sueños y aspiraciones. Toda la escritura de Adón se basa en dejar claro que ya no pertenecen a una realidad útil o pragmática, sino a una perversión del lenguaje racional que se traduce en ensimismamientos, castigos, encierros y decisiones irreflexivas. Y lo mejor de todo es que eso es también humano tal y como sucede en las estéticas de Bacon o Erwin Olaf:

"Los primeros incidentes fueron tan complicados como habían supuesto. Los niveles se dispararon y aparecieron las pastillas. Preferiría estar sola, lo hizo saber, y los observadores se mantuvieron a distancia, recluidos en las dos plantas inferiores del edificio, sin cruzarse con ella. desde allí vigilaban, ensayaban, cotejaban y prescribían las dosis". (pág. 58)

"Y aquellas certezas sobre lo imposible de acercarse a la civilización, sobre lo aislada que estaba, no le hacían llevaderos los días, que podían resultarle especialmente duros y agotadores. A veces agónicos". (pág. 117)

"Habría preferido que no le temblaran las manos, pero sabía que dejarían de temblarle en cuanto las pastillas empezaran a disolverse". (pág. 149)

Como lector, no trates de buscar una explicación racional a lo que Adón muestra desde la complejidad de la propia superficie. No trates de desbrozar las capas y follaje de la hondura. Encontrarla supone justificar sus actos, ponerse a su altura, dejar que el superyó nos arrase. Y, sin embargo, parece que no sucede nada, que todo transcurre con una normalidad y un orden semejantes al de cualquier pareja o familia que proyecta sus intereses en abrirse al mundo, en viajar, en celebrar, en relacionarse con otros de su misma naturaleza, en dejar un legado, una herencia de amor. Pero no es así. Nunca es así.

Para lograr esa atmósfera desde el principio, ese temple de los caracteres, esa inercia de un mal radical meditado y ensayado, la autora de Las iras recurre al lirismo. Es el lirismo de La vida sumergida lo que dota de verosimilitud a la persuasión, al engaño, a la traición, a una justificación del asesinato por muy peregrina o remota que sea. El oficio es el oficio. Y, si algo sabe hacer Pilar, es escribir poemas. Las descripciones se condensan en breves dosis de un lirismo que trata de resignificar la estética de la crueldad que los personajes van construyendo progresivamente a través de sus acciones.

" (...), las ramitas sobresalían del hermético armazón como las espinas afiladas de un pez famélico que se hubiera visto atravesado por su propio esqueleto. A continuación, los pájaros colocaban sólidos empastos que se aferraban a las paredes. Y, en torno a ese oscuro barro, chillaban en sus idas y venidas, planeando por encima del tejado a unas velocidades incomprensibles, poniendo de manifiesto, una vez más, que nada le pertenecía". (pág. 84).

"Todo lo que he de hacer es mejorar. Mantenerme en el buen camino. Evolucionar e imaginar los prados verdes salpicados de flores violáceas que me conducirán al mar". (pág. 135)

"El comedor de verano./ El paseo de las higueras y las parras./ El agua de la alberca convertida en piscina/ Las colchas de seda". (pág. 141)

Y elige bien el género. Porque, aunque La vida sumergida como Las iras o El mes más cruel definen una realidad literaria única y sólida desde el punto de vista temático y estilístico, Adón sabe que el relato permite la versatilidad, lo proteico y lo multiforme de las violencias que existen. Su voz apunta a las fisuras, a los vacíos semánticos, a lo extraño, al desequilibrio, a las preguntas sin respuesta, a las visitas esperadas y a la elipsis como formas expresivas por las que asoma la locura, su savia, el convencimiento psicopático, el delirio incluso. El relato permite la fragmentación. Porque sabe que, desde el desgaje, la visión deja de ser racional para amplificarse, para ser un mosaico, diferentes omatidios por una superficie ocular que aprehende las complejidades, los recovecos, las facetas de esa corrupción moral a la que, según Kant, se inclinan todos los seres humanos. @mundiario