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MUNDIARIO

Del hondo y bello ensayo sobre San Juan de la Cruz, de Manuel García Pérez

Estos profundos y sensibles comentarios componen un amplio territorio pleno de bellas sugerencias que nos acercan al misterio de la existencia.

Del hondo y bello ensayo sobre San Juan de la Cruz, de Manuel García Pérez
Cubierta del libro y retrato de su autor.
Cubierta del libro y retrato de su autor.

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Javier Puig

Javier Puig

El autor, JAVIER PUIG, es colaborador de MUNDIARIO. Es articulista de literatura y cine. Escritor de poemas y relatos. @mundiario
San Juan de la Cruz, mística y comentario, de Manuel García Pérez, es un ensayo bellísimo, pleno de indagaciones poéticas. Sobre la base de dos estrofas de la Noche oscura del alma, construye una difícil aproximación al sentir del místico. Nos dice que ese extraordinario poema: “No tiene un inicio; simplemente sucede”. Se trata de una pieza incomparable, porque en sus versos reside el intento de transcripción de lo inefable, el sentimiento espiritual que alcanza inexploradas regiones del ser: “Estar quieto. Calmar. Cesar el fuego. De eso se trata; de hallar la calma, de estar sin el ansia. Creer que hay un no-lugar”. “Es un poema que nos permite creer en el no-lugar, en la quietud. Puede apagarnos. Sabemos que no se puede alcanzar lo que dice, pero sabemos que está”.

Son versos verdaderamente inéditos, y ello se deduce de su “matriz instantánea, de lucidez y de perplejidad”. De ellos, del fondo que les adivinamos, se desprende un límite en el lenguaje, su incompleta expresividad, pero ello “no debe ser una excusa para no explicar la oscuridad, lo opaco, la calma que se predice después del fuego”. “La contemplación acaba cuando la palabra evita otras palabras, cuando el místico abraza la luz que ha buscado más allá de la luz y de la oscuridad donde mueren las hogueras”. Nos hallamos ante un lenguaje distinto, que pretende algo más que la mera comunicación: “El lenguaje no es una lengua, sino otro orden del pensar…la búsqueda de una inmersión que supera la racionalidad, si se pretende dar forma a aquello que es inalcanzable”.

El poema contiene una inabordable polisemia. Pero “lo inescrutable también significa”: “Las palabras no significan todo lo que subyace, pero nos involucran en esa búsqueda”. Esas palabras nos elevan hacia un insólito acercamiento que hay que reconocer de otro modo: “Es el convencimiento de esa inutilidad del lenguaje la que nos conduce a otro lenguaje”.

Para tratar de resolver los significados, Manuel García abunda en las etimologías de las palabras clave con las que, en la siempre fallida persecución de la exactitud, en su asedio parcialmente conseguido, va descubriendo las vagas conexiones: “¿Qué es explicar? Desplegar. Desbrozar. Allanar el camino. Buscar una luz. Ceder a la opacidad. Adentrarse en la latencia de las palabras que el místico ha escrito para que las desbrocemos”. La “latencia”, esa vibración arriesgada. Por otro lado, inserta en este ensayo apreciaciones que siente concurrentes, como la de George Steiner: “Toda experiencia modifica la conciencia”; o la de William Blake: “El gozo fecunda y el amor engendra”. También interviene, como elemento de comprensión, la música. Aquí se atiende al Concierto para violín y orquesta número 2 de Penderecki.

Para sumergirnos verdaderamente en estos versos, hemos de aprender a leer de otra manera. Solo así podremos captar su “intensidad, su intensa habilidad para trascender la semántica de las palabras, para dotarlas de unas connotaciones que solamente la vehemencia de Keats o el sincretismo de Blake reconocen cuando asisten al juicioso de escribir más allá de la propia escritura”. Para ello hay “que saber que los símbolos se asumen, no se interpretan”.

Sin embargo, de este poema podrían deducirse algunas claridades. Para eso hay que dejar que los versos fluyan, “que las palabras de San Juan no pertenezcan al asidero de las palabras que manejamos, que no repitan la elocuencia de los significados que se fijan en la norma, que ordenan el mundo de lo visible”. La claridad está aquí en lo invisible. Aquí se habla del amor, pero de aquel “que traspasa lo terrenal y abandona lo que es tangible, vivido desde los sentidos, lo que pobremente podremos definir como trascendental”. Para San Juan el objetivo sería superar lo físico, “como si lo físico fuese trasunto del engaño”.  “El amor que describe San Juan de la Cruz ha de alcanzar el amor que se inspira en la virtud, en las bienaventuranzas, pero también en el olvido”. Porque: “En la vía purgativa, el místico debe deshacerse de la memoria, como el alma ha de dejar el cuerpo”.

Es este ensayo una honda aproximación a unos versos cuyo trasfondo místico solo podemos alcanzar parcialmente: “El hecho de lograr una sistémica de significados, una jerarquía, una explicación, una conjetura, en un poema así tan solo es el tránsito hacia una derrota. En efecto, el comentario es la derrota”. “Y sé que  mi escritura, como la de mis alumnos, fracasará para explicar la levedad y la profundidad de unos versos que, voluntariamente, o involuntariamente, comprenden la finitud de nuestras vidas. O su infinitud, su ansia de infinitud”. Pero hay derrotas que enriquecen, que fortalecen, que embellecen. No es preciso vencer: “Pues al menos hay un afán detrás de esa impotencia. Y eso es quizá vivir” Estos profundos y sensibles comentarios componen un amplio territorio pleno de bellas sugerencias que nos acercan al misterio de la existencia, que elevan al autor y, también, a quienes lo gozamos, lo recorremos, agradecidos y embriagados.  @mundiario