Historia de una librería...
Las historias rodean nuestras vidas, desde las grandes narraciones hasta las más sencillas y cotidianas. Esas vivencias diarias son nuestras propias historias, aunque ni tan siquiera seamos plenamente conscientes de ello.
Pero no sólo las personas guardamos historias, éstas también se manifiestan a través de las distintas situaciones que ocurren en aquellos lugares a los que acudimos, tal es el caso de la Librería Cervantes que, al igual que nosotros, cuenta con su propia historia.
Esta librería se encuentra en el municipio de Fuenlabrada, al sur de Madrid. Se trata de un negocio familiar que lleva en funcionamiento ininterrumpidamente más de 30 años, en los que siempre ha estado apoyando la cultura y la literatura, siendo muy querida, tanto por los vecinos del barrio en el que se ubica, como por los fuenlabreños en general. Esta librería, través de sus puertas y entre las páginas de los libros, ha sido testigo de cómo nuestra sociedad ha ido cambiando y avanzando en concordancia con el paso del tiempo.
La Librería Cervantes se materializa a través de Julián Jiménez, profesional que comenzó con la venta de enciclopedias de la editorial Plaza & Janés, y que decidió ir un paso más allá al tener su propia distribuidora. Por último, llegó el día en que se dijo “bueno, la sociedad está cambiando, ha evolucionado, esto se acaba, hay que parar y comenzar algo nuevo”, ahí empieza a germinar la futura Librería Cervantes.
En los años 90, Julián compró un local muy pequeño, con un propósito de negocio distinto, pero, como si tuviera una especie de visión, pensó que finalmente lo que montaría sería una librería que podría llevar junto con su esposa e hijos. Pronto, su hija, que sólo tenía 18 años, se encargó de toda la gestión relacionada con las compras, convirtiéndose la librería su pasión.
Comenzaron vendiendo prensa y el pequeño local rápidamente se convierte en el eje del barrio al vender un poco de todo: relojes, monederos, tabaco... A las seis de la mañana, cuando abrían, ya había gente esperando ante sus puertas. Esa gente de a pie, esos obreros que apenas tenían tiempo de leer, antes de ir a trabajar a las fábricas pasaban a comprar el periódico o cigarrillos.
De los primeros veinte años de vida de la Librería Cervantes se podría hablar sobre una sociedad de continuos cambios y evolución. Ocurrieron cosas maravillosas y, por supuesto, tristes también, esas historias de vecinos que acudían a la librería a hacer sus compras, pero donde también contaban sus propias historias y confidencias del tipo: “es que necesito hablar con alguien”; “es que necesito contar esto”; “que me aconsejen”; “que hablen conmigo”; “que tengo este problema”; “que no sé cómo solucionarlo”.
Virginia Jiménez, la hija de Julián, fue testigo de cómo la librería se convirtió en ese punto de encuentro de tanta y tanta gente. Recuerda con cariño cuando llegaba septiembre: ese mes, dice, cerrábamos tardísimo, pero es que eran las 9 de la noche y aun había cola para los libros de texto. Oías a la gente de decir “no yo ya he cenado y ahora me vengo, si quieres súbete que te guardo la vez y ahora cuando cenes te bajas”, yo decía no me lo puedo creer, estoy desde las cinco y media de la mañana colocando todo y había veces que cerrabas ya a las diez de la noche y te ibas a casa dejándolo todo por el medio. Cuando volvías al día siguiente a las seis de la mañana, ya te encontrabas esperando a gente que no había podido comprar antes los libros escolares de sus hijos, así, cuando abrías al público, ser los primeros y no tener que esperar cola, y yo les decía “si lo tengo todo por el medio, si no he podido ni barrer”. Yo he disfrutado mucho de mi trabajo.
El tiempo sigue, la sociedad cambia, evoluciona, y el barrio sube un peldaño. El mundo se ve de otra forma, hay cosas que antes eran necesarias, pero ahora no. Virginia Jiménez, ya convertida en adulta, se hace cargo de la librería dándole un vuelco acorde a esos nuevos giros de la sociedad. Se deja de vender tabaco, pero se sigue manteniendo la prensa. Los hijos de aquellos obreros que apenas leían, han estudiado y esa nueva generación demanda libros, lo que hace que el negocio evolucione. Empieza a ser una librería.
Con Virginia continúan los cambios, se salta la frontera del barrio, expandiéndose más allá de él. La causa de esta abertura fue motivada por algo que nos cambió la vida a todos: la covid.
La covid vino a dar un empujón que la llevó a hacer cosas que no habría llegado a plantearse. De no haber llegado la pandemia, ella habría seguido trabajando como siempre, con su prensa, su material escolar, los libros que encargaban de lectura de los coles… pero nunca les había dado un hueco a los escritores o había hecho presentaciones de libros.
Cuando las puertas de la librería se volvieron a abrir tras la pandemia, Virginia recuerda que la gente venía muy triste e incluso llorando. Todo esto coincidió con la Feria del Libro de Fuenlabrada; desde la Biblioteca Municipal se la invitaba todos los años a participar con su librería, la llamaban para decirle “tampoco vas a poner caseta este año” a lo que contestaba “es que es imposible, no puedo, no tengo tiempo para ir, poner caseta…”, sin embargo, ese año le dijeron que no iba a existir casetas, que no podían instalarlas por la covid y que se iban a hacer las ferias de libros desde las propias librerías donde cada uno podía llevar un escritor a su local. La Librería Cervantes, o su alma personificada en Virginia, participó por primera vez en la Feria del Libro y comenzó a llevar autores locales, a contar las historias de esas personas.
La librería continuó avanzando, Virginia abrió una página en Instagram para colgar temas culturales en las redes sociales. Aquella nueva etapa la recuerda como “muy bonita y ahí se ha quedado, porque yo he ido aprendiendo un montón, la verdad que me sentí super agradecida a todo aquel miedo que vivimos de la covid y su superación”.
Cuatro años después sigue participando en la Feria del Libro y, aunque su librería es muy pequeñita, piensa que su mejor espacio es un rinconcito que ofrece a los autores locales o noveles “porque es como poner el alma de esas personas en manos de otras, poder hacer que sus sueños se materialicen.” Igualmente, les dedica un espacio del escaparate, ofreciendo primero las obras de ellos cuando alguien le pide que les recomiende un libro, que previamente se ha leído, apoyando, así, la cultura y la literatura desde el conocimiento y desde las poquitas herramientas con las que cuenta, pero siempre con todo el amor del mundo.
Ese pequeño negocio de barrio, iniciado por Julián Jiménez, quien ya jubilado sigue yendo a recordar los viejos tiempos, logró poco a poco y con mucho esfuerzo avanzar y convertirse en un referente cultural entre los fuenlabreños. Según Virginia “A día de hoy, tiene ya un poquito de hueco a nivel de “librería” en Fuenlabrada. Todo lo que ha ocurrido en estos cinco años, después de la pandemia, ha sido la transformación que ha sufrido la humanidad, y que yo también la he sentido en mi negocio”.
El año pasado el Ayuntamiento les otorgó un reconocimiento por los treinta años que llevaban abiertos; y otro por ser comercio amigo, donde todo el mundo tiene cabida e implicada con el colectivo LGTBI. Todo el mundo tenemos historias que contar, incluso las pequeñas librerías, como la Librería Cervantes…