Sobre el hallazgo de escribir en Defensa de la luz, de Carlos Javier Cebrián

Portada de Defensa de la luz./ Archivo
Se pregunta el autor del poemario: "Pero ¿qué significa esta ceremonia inexacta de la escritura' ¿De qué me sirve o de qué te sirve a ti?".

Hay un motivo de reflexión que inspira Defensa de la luz, un motivo que busca esa reconciliación del espacio con la desazón del sujeto. Un motivo que se intuye, pero que no puede actualizarse lingüísticamente. Allí donde la claridad y las sombras habitan, el autor parece haber encontrado un umbral, la antesala a esa madurez que la propia acción creativa le exige después de los años dedicado a la poesía: "poseer la luz y perderla,/ una y otra vez,/ una obstinación,/ el éxito de todos los fracasos". (pág. 25). Publicado por Los libros del Mississippi, Defensa de la luz extrae, del quebradizo vínculo entre recuerdo y presentismo, conclusiones que tienen que ver con la insatisfacción de no haber vivido la contundencia de una juventud que prometía todo. "Mi frente tiene ya/ suficientes cicatrices/ y mi pecho descubierto/ demasiadas heridas sin cicatrizar". (pág. 36).

Algo le turba más allá de la escritura y que comienza en la escritura: "puedo comprender que he dilapidado mi vida/ atendiendo esta manía de vivir" (pág. 19). Una sostenida soledad se va apoderando de cada poema donde el autor conversa consigo mismo,  con la intención de menoscabar al lector, pues ese lector ha de asumir la certeza de que nada va a mejorar en adelante y esa aflicción próxima a la orfandad  es mejor que sea compartida: "Empieza un nuevo día,/ la oportunidad de encontrar/ el preciso lugar del secreto,/ la defensa de la luz" (pág. 41). Y es la luz la que se prodiga en los versos, la que se hace cómplice porque es testigo de ese tópico de vita flumen que articula la mayor parte de los poemas de Carlos Javier Cebrián. Como expone Eduardo Boix en el prólogo del libro, el autor tiene la virtud del asombro. 

"Asombro" en latín significaba "sacar de las sombras", lo que se parece a escribir, a exponerse a la fricción, a la revelación. Negarse a la umbría, pero nunca al umbral. No hay nada que celebrar, o quizá sí, con la luz y pese a la luz que revela la senectud, la erosión, las experiencias confesadas, reducto de una escritura que necesita interpelar al espacio como posible interlocutor: "Despierta, asume el riesgo/ de ser feliz, (...)" (pág. 41).

Porque es el espacio allí donde está el refugio del ejercicio de la palabra, de las palabras que Carlos Javier ha ido fraguando a lo largo de los años con la compasión de sí mismo, sabiendo que es una anticipada derrota y que nada va a librarlo de esa toma de conciencia, donde a veces pesa demasiado el hombre, no el creador: "Así debe ser tu mirada al mundo,/ certera, viva en la luz". (pág. 41). La poesía, en este caso, es confesión, una paráfrasis de ese verso durísimo de Gil de Biedma: "De la vida me acuerdo, pero dónde está". No puede ser plenitud lo que leo en los versos de Carlos Javier. Sería dar por acabado el curso de la creación. Sus poemas son una especie de saber estar en el lugar que la escritura le ha otorgado. Junto a la luz, en las estancias arrasadas por el don de la claridad, por la rosada violencia del alba, sin sutilidades apenas, frente a unas cuartillas queriendo que esa luz lo armase de una fauna, unos ecosistemas, andanzas y tráfago de amigos, de una familia, también de desconocidos, de ausentes para poder decir.

Su tono sobrio, con algún atisbo de sarcasmo, convierten su poesía en un testimonio de resignación, pero que no acepta la conclusión o la impotencia que guarda semánticamente ese sustantivo. La resignación es un punto de encuentro con aquel hombre del pasado, ahora endurecido por una biografía que asume que, desde la cotidianeidad, también existe una manera de contemplar el mundo. Que el tedio a veces y la angustia que produce saber que la inexorabilidad del tiempo se resiente en lo que se escribe son razones suficientes para persistir en esa defensa de la escritura, en la defensa de la luz; la luz que no abandona la estancia, las muescas anticipadas de tanto todavía por vivir. Lo perdurable es claridad, avanzadilla de la claridad, silencio, el letargo que deja ese plomo invisible del fulgor sobre los objetos para que el poeta presienta que nada hay del todo consumido: "Hoy existo en todo lo que existe/ y muero en todo lo que muere,/ to tuve la luz de un amor verdadero,/ y sé que/ este amor nuestro/ por la luz que mirábamos/ somos nosotros". (pág. 33) @mundiario