El gusto y el vértigo de escribir en El huerto de Emerson

El escritor extremeño Luis Landero, autor de "El huerto de Emerson".
El escritor extremeño Luis Landero, autor de "El huerto de Emerson". / RR SS.

El huerto de Emerson se convierte así en un homenaje a la literatura, a su gracia, a su condición de arduo y bello añadido de la realidad. 

El gusto y el vértigo de escribir en El huerto de Emerson

Los que, en su día, tanto disfrutamos con El balcón en invierno, de Luis Landero, ansiábamos adquirir su último libro, El huerto de Emerson, pues prometía ser, en buena medida, una continuación de aquel que se publicase en 2014. Y a mí no me ha defraudado. He vuelto a alcanzar aquella gozosa admiración, de tal modo que hoy me volvería a servir, cambiando solo el título, lo que dije entonces: “El huerto de Emerson permite a su autor detenerse, mirar hacia atrás, encontrar el valioso momento para escribir un libro intenso, bello, honesto y necesario”.

Y, sin embargo, hay algunas diferencias entre ambas obras. Si su arranque es el mismo, la confesión de una preocupante impotencia literaria, este tema, el de las problemáticas a las que debe enfrentarse un escritor, lo encontramos aquí mucho más desarrollado, tanto es así que ocupa varios capítulos específicos. En un tono coloquialmente ensayístico, Landero trata de definir esa actividad suya tan imprescindible, tan constitutiva de su ser.   

Para ello, por una parte, pone como ejemplo algunos fragmentos de la literatura antológicos, aquellos que más le llegaron y atesora, ejemplos del buen hacer, el que puede elevar al lector a la cumbre de sus sensaciones de lo imaginario. Por otro lado, se remite a las observaciones y consejos que daba a sus alumnos, mencionando las diferentes características que, para él, debe tener una narración valiosa. Y finalmente, en otro capítulo, lo hace valiéndose de un artificio tan gracioso como pertinente, el de una oración que se eleva para pedir que le sean concedidos los fundamentales dones de la que considera la más virtuosa literatura.

Landero nos dice: “Sí, es un gusto escribir…. Un gusto y un vértigo”. De un modo u otro, va nombrando todos los atributos que, superando los fáciles y perversos peligros, deben asistir a un buen relato. Son propósitos, guías, coherencias. Y, sobre todo, los difíciles equilibrios: “No ebrio unas veces y otras sobrio, sino ambas cosas a la vez”. O como este: “No permitas, mi señor, que confíe más en el argumento que en la escritura, pero regálame buenos argumentos”. Y tantos más: “Y si he de escribir filosofando, que nunca la razón cante más alto que el corazón; a dúo, siempre a dúo”, o: “Inspírame a cada instante para decir con ambigüedad lo que es evidente, y con precisión lo que es sutil”. Se trata de no caer en los excesos de los aprendices o de los petulantes, de los abstraídos o los hipnotizados: “Porque no se trata de abundancia verbal”. Está claro que escribir es difícil, que está lleno de trampas y requiere de la finura del desbrozado y casi milagroso acierto: “Hazme leve, pero hazme también denso, y transparente y opaco a la vez”. Y, como si fuera esto una generosa introducción a un taller de escritura en el que no parece que crea mucho el autor, se dice a sí mismo y, de paso, a quienes pretendemos escribir, a los que ya hemos accedido a algún grado de autocrítica, aquello que reconocemos como una coincidente vigilancia que nunca es del todo bastante para conseguir una definitiva satisfacción.

Uno de los más importantes consejos genéricos que les daba a sus alumnos era este: “Apuntad estas tres palabras en vuestro cuaderno: lentitud, soledad, concentración”. Pero también, al modo de una enseñanza oriental, la de la plena atención, pero con la diferencia de que aquí no se exige en el presente, sino en el posterior proceso de reelaboración verbal: “Damos las cosas por sabidas. Vivimos de segunda mano”. “Os juro que todo es interesante, que todo es nuevo, cuando se mira con intensidad y paciencia”. Y no se calla este truco para no desligarse de lo genuino: “Prolongar la infancia, juntar al niño que uno fue con el hombre experimentado y hasta sabio que uno ha llegado a ser, en eso consiste el secreto del arte y de la lucidez”.

Landero insiste mucho en que escribir es recordar, recrear lo vivido, imaginar su variación íntima: “Porque no es el ir por la calle, o al hablar con alguien, cuando observamos y pensamos, sino es más bien luego, al recordarlo, en un acto de recogimiento y concentración”. Claro, que el recuerdo no siempre resulta fidedigno, ya sea por el olvido o la confusión de sus detalles, o simplemente por la interpretación personal, mezclada con alguna emoción, ya sea de aquel momento o más tardía. Ese huerto de Emerson del que nos habla el autor, que durante tantos años insertó en el recuerdo de una idolatrada obra del escritor y filósofo estadounidense, finalmente resultó que no aparecía en la obra. Ahí encontramos la comprobación de lo que puede ser esa memoria tan querida, una alteración de la primera realidad de la que parte, una interpretación posterior de las cosas. Lo que queda por esperar es que, al menos, lo leído, aunque olvidado, haya impreso una huella en quien sí está seguro del goce de aquello que un día emocionadamente descubrió.

Alternando con estas reflexiones sobre la escritura, Luis Landero inserta otros textos ya directamente rememorativos de su niñez y de su adolescencia. En ellos podemos comprobar que esos buenos consejos que se da a sí mismo —que todos suscribiríamos con más o menos convicción, según cada uno de ellos— los aplica con sobrada solvencia, confeccionando una prosa magistral. Y ya avisados de las posibles distorsiones imaginativas, no nos importa que se ajusten plenamente a su original veracidad, pues de lo que se trata es de conmovernos con la vida de cada personaje, en este caso, la de aquellos que concurrieron en la vida primeriza, literariamente rescatada, del autor. El huerto de Emerson se convierte así en un homenaje a la literatura, a su gracia, a su condición de arduo y bello añadido de la realidad, nacido de las  desnudas vivencias. @mundiario

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