Sobre Gertrud, una de las inmarcesibles obras maestras de Carl Theodor Dreyer

Fotograma de Gertrud, del director danés Carl Th. Dreyer
Fotograma de Gertrud, del director danés Carl Th. Dreyer

En la lápida de su tumba figurará una inscripción: “Amor omnia”. Está segura de ello: “En la vida solo hay dos cosas: amor y juventud”.

 

Sobre Gertrud, una de las inmarcesibles obras maestras de Carl Theodor Dreyer

El universo de Carl Theodor Dreyer es sobrio, triste; penetra, sin miedo, en el dolor de la existencia. Basada en la obra teatral del escritor sueco Hjalmar Söderberg, Gertrud (1964) es una de las tres grandes películas sonoras que realizó. Algunos la rechazarán inmediatamente por su estática puesta en escena y por sus diálogos de una lentitud inverosímil, pero el afortunado que sepa apreciar sus inmensos valores, su poesía, su hondura, la extremada sensibilidad, se convencerá de haber visto una de las películas más importantes de la historia del cine.

Asistimos a la ruptura del matrimonio entre Gertrud y su marido, un alto burgués que está a punto de ser nombrado ministro. Un hombre calculador, ambicioso, elegante, educado. Ella le anuncia su deseo de separarse. Se ha sentido muy sola con él, al que reprocha haber estado volcado en su carrera política. En toda la película, solo hay un grito, una pequeña muestra de agresividad, pese a que las situaciones son siempre tensas, frustrantes, durísimas. Él contiene la expresión del duro golpe que ha recibido. Desde la distancia a la que ella lo ha conminado, reclama una reconsideración. Pero su necesidad amorosa es rechazada. Con su tono moderado, con desoladas palabras, insiste en intentar surcar la gelidez.

Gertrud se violenta al decirle a su marido que él no es nadie para ella. No lo mira, nunca lo mira, está inmersa en sí misma; o lo hace cuando está de espaldas, cuando no se cruzan sus ojos, y entonces se siente más fuerte para destapar su verdad. Hay un juego preciso de miradas, de esquivez, de lenguaje gestual, con sutiles movimientos de cuerpos que apenas abandonan lo rígido para extenderse en timoratas aproximaciones. Sus miradas se hunden en el refugio de lo inaccesible. Las distancias se confirman. Miran al vacío, donde se imprimen sus palabras con la emoción.

Apenas hay un primer plano; o son medios o largos. Hay una extrema medición de los desplazamientos de la cámara, siempre adaptándose a la intensidad de los sentimientos mostrados. La fotografía se mueve en los claroscuros. A veces, el rostro de Gertrud, pálido, transido de su extremo sentir enamorado, de su fuerte exigencia amorosa, está iluminado por un foco que solo le afecta a ella. Los movimientos son delicados. Hay un gran pudor en unas imágenes que sin embargo sugieren la existencia de una intensa carnalidad. Los rostros de los personajes se repiten en los registros de la desolación. Están superados por los intrincados caminos por los que se cruzan intempestivamente.

Gertrud es una mujer de fácil apasionamiento amoroso, que exige de sus amantes una entrega que no le pueden dar. En su momento, Gabriel Lidman, el gran poeta, había padecido las consecuencias de ese rigor, como consecuencia de la incompatibilidad que sentía entre su ambición y su relación amorosa. Ahora, su marido, también genera el rechazo de Gertrud, y eso le hace ser plenamente consciente de cuán importante es ella para él, al saber que va a perderla. Aunque es posible que no tan solo se lamente por esa íntima relación truncada sino también por el daño a su vida social, ahora precisamente que va a cumplir su ambición de ser ministro.

Mientras tanto, Gertrud ha reencontrado la pasión amorosa en la persona de un músico que no la corresponde con ese amor sublime y absoluto. Para él, ella es una conquista más; para ella, él es el objeto en el que renueva su enorme sed de amar, el irrenunciable motor de su existencia.

Gabriel Lidman es un poeta reconocido que ha cantado bellamente al amor y sin embargo está excluido de él. Le hacen un homenaje y escucha las palabras elogiosas con secreta vergüenza. (Aunque apenas mienta, uno para los demás es otro que para sí mismo). Su vida no tiene alegría desde que Gertrud lo abandonó. Quiere recuperarla, pero es imposible. Ella está en otras estaciones amorosas de la vida, agarrada al amor y al desamor, herida por ambos. Para Gertrud, lo importante, por encima de la comodidad y la tibieza de la vida, es amar.

Lidman habla con Gertrud, pretende recuperarla. La ama pero también se compadece de ella. La noche anterior ha tenido que sentir el inmenso dolor de oír como  era mancillado su honor. En la fiesta a la que asistió,  vio al músico jactándose de su conquista. Ahora quiere recuperar aquel amor que tuvieron, aquella relación que se rompió el día en que ella descubrió en su escritorio una anotación en la que expresaba la dificultad de centrarse en su labor poética si debía atenderla. Está solo, muy solo, y ella está secuestrada por una pasión que le está haciendo daño. Pero Gertrud solo atiende a sus sentimientos. La razón está de más: le proporcionaría una estabilidad que interpretaría como muerte, haciéndola sentirse infiel a su más vital promesa.

Lidman reconoce que, en su ansia por lograr una obra excelsa y el consiguiente reconocimiento, la fue postergando. Es cierto que creía en el amor. Lo había cantado en los admirados poemas que lo encumbraron, pero ahora siente que ha fracasado en lo real, en lo concreto. La perdió por algo deseable que ahora ha descubierto que no es nada, que no puede llenarlo, porque su corazón está muerto. “Conmigo eras frío como el mármol. Yo necesito un amor apasionado”, le recrimina Gertrud.

El amor es sufrimiento, nos dice esta historia. Se lamenta Lidman: “Las cosas nunca son como las habíamos imaginado”. Y el marido concluye: “La vida se nos escapa inexorablemente. Nunca cuidamos lo suficiente aquello que queremos”. O lo que dice un verso de los poemas que encabezan cada capítulo: “la felicidad no te trajo la paz interior”. Y Gertrud también se suma al coro de las decepciones: “No es posible la felicidad en el amor”. El amor pasional, como fuente de felicidad que fácilmente se troca en desdicha, como posesión temporal y pérdida infinita. Algo que nos altera pero no nos transforma, que cambia nuestra faz pero no nos fortalece frente a los requerimientos de la vida.

Lidman creía en el amor. Lo ha cantado en los admirados poemas que le han hecho triunfar, pero siente que ha fracasado profundamente. Ya tarde, ha apostado su vida por Gertrud y la ha perdido. Intenta una última oportunidad, pero ella no puede volver a la que fue y tampoco puede prescindir de su nuevo amor: “No romperé ¡Tenía un vacío tan grande! ¡Me sentía tan sola!”. El amor lo es todo para ella, aun el más doliente. Es una droga. Y no se puede elegir al amado. Esa clase de amor no resuelve las soledades.

El músico la rechaza cuando le propone irse a vivir juntos. Gertrud decide huir. Acepta la propuesta de un amigo, Axel, de matricularse en unos cursos en la Sorbona. Pero ahora ella no se mueve por amor. Axel representa para ella el hombre neutro, el amigo, el apoyo posible. Otro hombre que se enamorará de ella pero al que no dejará que la importune con ese sentimiento.

Al despedirse de su marido, ante su insistencia, le tiene que decir la más cruel verdad: que lo que había sentido por él había sido solo “algo parecido al amor”; tal vez el simple deseo, la tenue compañía.

Hacia el final de la película, los años han pasado. Gertrud es una anciana que vive como una ermitaña. Ahora lo que necesita es soledad y libertad. La vemos en una casa que es la máxima expresión de la sobriedad, superando a los anteriores escenarios, también de extrema sencillez, de luces pálidas, de fríos espacios. Axel es su amigo pero la pretendió como amada. Ahora quema todas aquellas cartas, definitivamente desiste de esa posibilidad. Han sido amigos, en la distancia, en el tiempo.

Gertrud ya solo piensa en la muerte. Mira la vida hacia atrás y la ve como un fuego que se está apagando. No se retracta de sus creencias. En la lápida de su tumba figurará una inscripción: “Amor omnia”. Está segura de ello: “En la vida solo hay dos cosas: amor y juventud”. Cuando esté con un pie en la tumba mirará hacia atrás y se consolará: “He sufrido mucho y cometido errores, pero he amado”. Una frase que se repite como un mantra, que le aligera la losa de la conclusión definitiva. @mundiario

Sobre Gertrud, una de las inmarcesibles obras maestras de Carl Theodor Dreyer
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