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MUNDIARIO

La Generación Empireuma

La poesía de Orihuela, hoy. El autor hace un repaso a los poemarios Dondequiera que vague el día, de Ada Soriano y Las raíces del velo de José María Piñeiro.
La Generación Empireuma
Rosa en un libro. / congerdesign. / Pixabay
Rosa en un libro. / congerdesign. / Pixabay

Hace un par de semanas estuve pasando el día en Orihuela, con la familia. El poeta y amigo José Luis Zerón nos dedicó toda la mañana, acompañándonos por las calles del casco histórico y haciéndonos partícipes de su propia historia personal al pasar junto a distintos edificios y enclaves de la ciudad. Fue una mañana especialmente calurosa y, al sentarnos en una terraza en torno a un frugal aperitivo, hablamos de cuestiones como la impronta paisajística del Bajo Segura en Gabriel Miró y de su capacidad para integrarla casi pictóricamente en su obra. Acertadamente escribió Alan Wallis en Modernidad y epifanía literaria en Miró y Azorín: “El lenguaje, antes de escribir, es forja. Al escribir, plasticidad. Ha de contener aire, luminosidad, agua, olor y tacto”. No es gratuita esta referencia al paisaje levantino, que luego retomaré en relación a uno de los poemarios reseñados. No podía faltar tampoco en el viaje a Orihuela una visita a la librería Códex que, con acierto y cordialidad, regenta Vicente Pina. Allí me hice con el último poemario de Ada Soriano, Dondequiera que vague el día, y pregunté por Las raíces del velo de José María Piñeiro, del que no quedaban ejemplares. No obstante, éste último, a través de José Luis, muy generosamente me remitió su libro a casa.


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Leyendo ambos poemarios de forma alterna, comencé a reflexionar acerca de lo que entiendo como un sustrato común a ciertos autores oriolanos, un nudo órfico que aparece indefectiblemente en su obra aun cuando cada uno tenga su propia voz y perfil definido. Aunque hoy el concepto de generación literaria aparece algo denostado, no veo mejor manera para referirme a un grupo de jóvenes escritores que se da en Orihuela en el meridiano de los ochenta, identificados con un código expresivo, unos intereses intelectuales y una sensibilidad muy próximos. Decía Vicente Aleixandre que las revistas de poesía tienen la virtud de “dar voz” a una generación. Y, estos jóvenes, “practicantes de un activo extremismo poético” a decir de J. Luis Zerón, sueñan precisamente con editar una revista donde plasmar sus primeros versos y pensamientos.

Esa aspiración se cumplirá poco después. Es tiempo de deslindar que, en los ochenta se dieron otras escenas además de la sobrevalorada movida, primero madrileña y luego ya sin gentilicio, que parece fagocitarlo todo a su paso. En 1985 aparece el número uno de Empireuma, probablemente la primera revista literaria en Orihuela desde los tiempos de El gallo crisis. En ese momento fundacional cuentan con el inestimable apoyo y consejo de la profesora Lola Varela y de su pareja, el poeta gallego afincado en Orihuela, Jorge Cuña. Aunque no es una revista exclusivamente de poesía y pronto se abrirá a otras disciplinas artísticas, en torno a ella se nuclea ese grupo de jóvenes poetas entre los que están José Luis Zerón, José María Piñeiro, Ada Soriano y José Manuel Ramón. Hubo otra gente implicada en el proyecto pero hablo de aquellos fundadores que se mantuvieron en el tiempo al frente de la revista. Además comienzan a organizarse recitales que venían a demostrar a la gente del pueblo que la poesía no se acababa con Miguel Hernández.

Empireuma, que alcanzó un prestigio y una importancia inusitadas a nivel nacional, canalizó buena parte de la primera hora poética de estos autores y de otros que hoy están en la primera línea de la creación literaria en España. Asimismo, también tuvo eco allende nuestras fronteras, siendo paradigmático el caso de su difusión en Rumania. Pero, después de treinta y dos números, Empireuma dará por concluida su trayectoria, aunque aún se editarán dos números extraordinarios, el llamado Libro de plomo en 2013 como homenaje a los autores oriolanos que estuvieron vinculados de alguna forma con la revista; y el número 33, un número especial conmemorativo del XXX aniversario. Pero, situados en 2007 y, con un cambio en la política cultural del consistorio, el mantenimiento de la revista deviene inviable por falta de recursos y apoyo institucional que, por otra parte, nunca fue mucho y ni siquiera cubría una parte de la impresión de la revista. También hay que pensar en una época pre-digital, los años 80 y 90, cuando no todo el mundo tenía ordenador y en que las comunicaciones y la distribución se hacían por correo ordinario, y el tiempo y el coste que ello representaba. Podemos decir, sin temor a equivocarnos que los responsables de la revista, invertían toda su ilusión y esfuerzo, “gratis et amore”. Probablemente, en esos años, la tarea de poner en marcha una revista literaria no había variado mucho desde los tiempos de la primigenia Litoral en la imprenta Sur, de Málaga, donde Prados y Altolaguirre componían aquellas páginas con versos de Lorca, Jorge Guillén, Alberti, Cernuda, Aleixandre y tantos otros. Sin embargo, en la segunda década del siglo XXI, la revolución tecnológica ha terminado por alcanzar sus últimos objetivos; y las revistas, por lo general, son digitales y prácticamente sin coste, salvo las aplicaciones informáticas que utilicen. Quién sabe si, en el cambio, también se habrá quedado parte del alma que residía en aquellas páginas impresas que amarilleaban con el tiempo.

Empireuma, que alcanzó un prestigio y una importancia inusitadas a nivel nacional, canalizó buena parte de la primera hora poética de estos autores y de otros que hoy están en la primera línea de la creación literaria en España.

Imagino que tampoco fue ajeno al cierre el desgaste personal y emocional de los responsables y su legítima aspiración a desarrollar una trayectoria poética libre de otras dedicaciones editoriales; por más que, durante más de dos décadas, la revista les diese tantas satisfacciones. De hecho será, tras el cierre de Empireuma, cuando comienza a despegar la carrera poética de sus fundadores de forma individual. En cuanto a su director, José Luis Zerón, aunque ya había publicado anteriormente, desde ese momento hasta hoy despliega una cardinal trayectoria poética de gran calado existencial, con los poemarios Ante el umbral (Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, Alicante, 2009), Las llamas de los suburbios (Fundación cultural Miguel Hernández, Orihuela, 2010 Plaqueta), Sin lugar seguro (Editorial Germanía, Alzira, 2013), De exilios y Moradas (Polibea, Madrid, 2016), Perplejidades y certezas (Editorial Ars poetica, Oviedo, 2017) y Espacio transitorio (Huerga y Fierro Editores, Madrid, 2018) además de colaborar regularmente en diversas revistas literarias electrónicas y en actividades culturales de diversa índole, muchas veces en colaboración con la Fundación Miguel Hernández. En cuanto a José Manuel Ramón, alejado durante años de la actividad literaria, publicará La senda honda (Devenir, Madrid, 2015) y La tierra y el cielo (Ars poetica, Oviedo, 2018). Dejo deliberadamente para el final a José María Piñeiro y a Ada Soriano de los que, como he dicho, quiero comentar sus últimos poemarios aparecidos.

 

Las raíces del velo, de José María Piñeiro

Tras el cierre de Empireuma, momento que hemos tomado como referencia para el seguimiento de las respectivas trayectorias de los poetas aquí comentados, José María Piñeiro publica los poemarios Margen harmónico (2010), Profano demiurgo (Cátedra Arzobispo Loazes, Universidad de Alicante 2013) y Las raíces del velo (Editorial Celesta, Madrid 2019); el libro de aforismos Ars fragminis (Editorial Celesta, Madrid 2015) y el de ensayos y artículos Pasajes escritos (Editorial Celesta, Madrid 2017). Actualmente mantiene en Internet el blog “Empireuma Micropoesie:” donde escribe reseñas y artículos sobre filosofía, arte y literatura.

En Piñeiro veo una intuición poética perceptiva de la que difícilmente podría desprenderse y que está presente en cualquiera de los géneros que este autor cultiva. Posee la poesía de Piñeiro una fuerte raigambre simbólica que conecta con una forma de interpretar nuestro paso por el mundo. Así, la poesía se convierte en episteme, en otra forma de acceder a la realidad. Según Cirlot, el velo siempre es ocultación de la verdad o de la deidad, revelar es al mismo tiempo descorrer y volver a cubrir con el velo. “Numen in est”. Por el contrario, rasgar el velo o levantar una parte de éste es descubrir lo que permanece arcano. Pero imaginemos que solo podamos levantar una porción en cada pico de la tela, tendríamos una imagen a medias que el artista tratará de recomponer por medio del poema, la composición musical o la pintura. El lenguaje, el sistema semántico, deviene entonces herramienta insuficiente e imperfecta para representar la visión revelada.  Las raíces son “lo vivido”, el aprendizaje, la experiencia vital que nos apresa en el deslumbramiento.  Entre el uno y las otras se produce una recíproca corriente espiritual que no cesará de fluir y de recordarnos nuestra vulnerabilidad extrema. La poesía de Piñeiro, emparenta con el Romanticismo alemán, con Hölderlin y Novalis, quizás también con Schlegel, seguramente lecturas de los años de formación. A mí este libro de Piñeiro me ha traído a la mente la pintura de Caspar D. Friedrich, “El caminante sobre un mar de nubes” donde, el homo viator, desde su fragilidad trata de sondear el misterio a través de la niebla; trata, dicho en otras palabras, de levantar el velo. Ha conquistado la cima como si no tuviera raíces en los pies, solo para comprender lo vano de su intento desde su perspectiva aérea, siempre hay montañas más altas y simas más profundas.

El poemario de José María Piñeiro está segmentado en tres partes. En la primera, “Biografemas”, el autor nos revela sus años de formación, de lecturas, adolescencia y juventud cuando “cada uno es orfebre de sus soledades”. En la segunda parte, “Confieso que aún no he vivido” el reverso nerudiano nos atrapa en los años de madurez, donde nada se ha cumplido, “todavía todo está ahí”, nos dice. En el tercer segmento, “El flâneur enardecido”, símbolo ambivalente del poeta que observa y al mismo tiempo está en la mira del poema, el poeta nos describirá al paseante pasivo y solitario en la gran ciudad, sus recorridos y rutinas. Al hombre, anónimo entre la multitud, que parece aprehender algo de la felicidad impersonal y ajena que palpita a su alrededor, algo que no podría darse en una pequeña y atrofiada ciudad de provincias. Especialmente sugestivo en esta parte es el inventario de epifanías artísticas que alguna vez experimentó el poeta, y que van desde un vaso ibero a Satie, Lizst, Hindemith, Alejandra Pizarnik, August Strindberg, Lezama Lima o George Tralk. Las raíces del velo concluye a modo de coda con una serie de poéticas, a modo de aforismos, verdaderamente suculentos y sugestivos.

Aunque en el libro hay poemas memorables y quizás mejores, quisiera despedir este recorrido por Las raíces del velo con uno que a mí me ha llegado profundamente. Me refiero a “Pompeya”, un excelso ejemplo del tópico ubi sunt. Los cuerpos calcinados de la villa de los misterios continúan ahí para recodarnos lo fútil de la existencia.

Dondequiera que vague el día, de Ada Soriano

Vayamos por último con Dondequiera que vague el día, sexto poemario de Ada Soriano, que también escribe reseñas y realiza entrevistas en diversos medios digitales. Tras el cierre de Empireuma publicó los poemarios Poemas de amor (Fundación Cultural Miguel Hernández, Orihuela, 2011), Principio y fin de la soledad (Catedra Arzobispo Loazes, Universidad de Alicante, 2011), Cruzar el cielo (Editorial Celesta, Madrid, 2016) y este que nos ocupa, editado por la ovetense Ars poetica en 2018. A ello hay que añadir el excelente libro de entrevistas a diecinueve poetas, “No dejemos de hablar” editado por Polibea, en su colección “La espada en el ágata”, y que viene a confirmar su gran valía en este género, sencillo sólo en apariencia, ya que precisa de gran sutileza y una envidiable capacidad de abstracción.

Dondequiera que vague el día responde a una estructura bipartita, correspondiendo la primera a su parte nuclear y que ostenta el mismo título. La poesía de Ada está muy conectada con un sentimiento telúrico, un dolor transparente hacia el impacto pétreo y vegetal del paisaje, común a otros poetas de la zona pero especialmente presente en Ada y de forma esencialmente personal. El erotismo es otro de los temas que aparece, de forma delicada y celebratoria, en su poesía. Asimismo, la idea de maternidad, a través de imágenes dotadas de gran fuerza y luminosidad, está presente en sus versos. Advierto también una emoción interior que hace de cada poema de Ada un pequeño milagro investido de una potente carga simbólica.

Como frontispicio coloca Ada un fragmento del poeta portugués António Ramos Rosa, poeta afín a nuestra autora por cuanto, como mantuvo José Luis Ferris en su presentación, responde al espíritu del poemario: “la naturaleza como sanación, el deseo íntima y fieramente humano de formar parte de ella, de ser átomo del agua, del aire, de la luz, del bosque o de la tierra que nos envuelven; el sueño de fundirnos en el alma y el tejido de sus elementos, de diluirnos con y en la vida misma”.

Podríamos decir que el eterno retorno del estado natural, esa suerte de éxtasis panteísta y su impulso fecundante es el leitmotiv en la obra de Ada y forma parte de su ADN poético. No me resisto a citar algunas composiciones como “Esbozos de luz”, “Cae lento el sol”, “Cerezos”, “Osadía” o “Donde mi nombre fue eco”. Me parece pertinente en este momento citar al poeta Robert Graves cuando hablaba de la recuperación de los símbolos que subyacen en la flora y la fauna que durante siglos sirvieron de referente al hombre. Lo contrario convertía a la escritura poética, decía Graves, “en una fracasada alquimia”. La segunda parte, “Seis poemas delicados”, y dedicados (perdón por el efecto cacofónico) a personas muy próximas y a su entorno más cercano, demandan un lirismo intimista y particular, cuyos recursos Ada maneja de forma naturalmente lúcida.

En este poemario, debemos atender también a la forma. La cadencia poética, el efecto rítmico, la pausa y la dosificación metafórica son parte intrínseca de cada poema. Digo esto porque, en algunos poetas podríamos revertir el proceso, convertir el poema en prosa y despiezar los versos de forma distinta sin que el poema se resintiese. No es, desde luego, el caso de Ada, cuya poesía, ingénita y esencial, no admite componendas. @mundiario