Gandhi, el hombre que evolucionó hacia el compromiso absoluto

retrato de Gandhi
retrato de Gandhi

La mayor virtud de Gandhi era que su visión espiritual, si bien estaba fundamentada en muchas leyes antiguas, también resultaba revolucionaria cuando lo creía pertinente.

Gandhi, el hombre que evolucionó hacia el compromiso absoluto

La mayor virtud de Gandhi era que su visión espiritual, si bien estaba fundamentada en muchas leyes antiguas, también resultaba revolucionaria cuando lo creía pertinente.

Gandhi es un caso extremo, paradigmático, de actitud fuertemente implicada en una estricta y coherente consecución de grandes fines. Cuanta más alta sea la ambición ética, social o espiritual, más se sufrirán las consecuencias de observar las oscilaciones que la conciencia vislumbre. Diríase que un comportamiento verdadero, íntegro y bondadoso, resulta inhumano; que, para llevarlo a cabo, habría que forzar todas las espontáneas direcciones, superar todo conformismo, cualquier tentación de satisfacción.

Gandhi no fue siempre el hombre perfecto desde el punto de vista ético. Cuando fue radicalmente distinto fue en las primeras décadas de su vida. A través de los años fue adquiriendo una mayor conciencia de la problemática social. De hecho, su reto fundamental, la independencia de la India, fue  bastante tardío. Es lo que pasa con muchos santos u otras figuras de una consecución moral elevada, que, en sus vidas, muchas veces, partieron de un extremo opuesto al que persiguieron en su parte final.

El que más tarde fuera rebautizado por el poeta Tagore como Mahatma (alma grande) Gandhi, nació en una familia india bien situada. Contrajo matrimonio a los trece años, siguiendo una de las costumbres arraigadas en aquella sociedad que luego combatiría. Su mujer, Kasturbai, analfabeta, acompañó a su marido hasta su muerte, durante los sesenta y dos años de convivencia. Y no era fácil, pues ella nada tenía que ver con aquel adolescente con el que se casó, ni con el joven posterior, ni con las nuevas transformaciones radicales a las que se sometía en pos de un perfeccionamiento moral que iba mucho más allá de su casa y precisaba de la implicación con su pueblo.

La primera toma de conciencia de Gandhi se produjo cuando, siendo muy joven, falleció su padre. Siempre le remordió la conciencia por no haberlo acompañado en ese momento, pues estaba yaciendo con su mujer, que era una ocupación que muy a menudo lo llamaba. Desde ese momento, empezó a sentir ciertas reticencias ante el sexo que concretó, a la edad de treinta y siete años, tras varios intentos fallidos, en un voto de castidad. “El deseo carnal absorbía lo mejor de mi ser, que hubiera debido entregar a los estudios y, además, no me permitió dedicarme completamente a otro deber mucho mayor: el de la dedicación a mi padre”.

Su verdadero deseo era estudiar Medicina, y no Derecho, como fue obligado por sus padres. Pero ahí también entraban en juego los prejuicios religiosos hindúes: “Nosotros, los vacias, no debemos hacer jamás la disección de organismos muertos”. Para estudiar, fue enviado a Londres, lo que tampoco estaba muy bien visto por los de su clase, que se lo recriminaron. Pero él había hecho tres votos: “No comer carne, no beber vino, no ir con mujeres”. Allí se vestía como un gentleman británico, tan lejos de sus ultramodestas vestimentas posteriores. A la vuelta, su timidez le hizo fracasar en los tribunales. Además, no había aprendido nada de los derechos hindú y musulmán. Aunque, esa incapacidad la superó ampliamente en su larga estancia en Sudáfrica.

Allí empezó a sensibilizarse seriamente con respecto a los atropellos sufridos por la población autóctona. Sin embargo, aún vivía en un barrio elegante de la ciudad. Su imagen era la de un hindú occidentalizado. Su tránsito hacia la coherencia total aún no había llegado. En la Primera Guerra Mundial se apunta como camillero del ejército británico. Tuvieron que pasar veinte años para que su lealtad al imperio británico se convirtiera en deseos de libertad. Al volver a la India, sin embargo, decidió que viajaría en vagones de tercera para conocer de cerca los problemas de su nación.

Cada vez más, empezaba a vivir la religión como una de sus guías principales: “Me vuelvo al Bhagavad Gita y encuentro un versículo que me consuela, e inmediatamente comienzo a sonreír en medio de una pena abrumadora”. Pero también le influyen otros autores, como el  británico John Ruskin, que propugnaba el trabajo manual y el regreso a la vida sencilla. Y, más tarde, León Tolstoi, con quien mantuvo correspondencia, y del que le había llegado muy hondo su libro El reino de Dios está con vosotros.  Pero no descuidaba lo social. Fundó un semanario, el Indian Opinion, para dar queja de los problemas sociales (1904-1914). Sin embargo, en la rebelión de los zulúes, a su vuelta a Sudáfrica, a pesar de que su corazón estaba con ellos, se puso del lado británico. Allí fundó su primer ashram, una comunidad destinada al culto religioso, la espiritualidad, la lectura, la meditación y el diálogo. Allí el trabajo de cada uno tenía el mismo valor y los bienes eran compartidos por todos. Gandhi era creyente de los métodos naturales, hasta el punto de negarse a que le suministraran penicilina a su mujer cuando estaba padeciendo una neumonía que tiempo después le causó la muerte.

En su definitiva vuelta a la India, el 11 de septiembre de 1916, en un discurso, habló por primera vez de la resistencia pasiva, a la que llamó satya graha: la fuerza de la verdad. Para él, el agresor se justifica a sí mismo si el agredido lucha. Pero si este no se opone, se siente denigrado. El oponente ha de ser sacado del error mediante la paciencia y la simpatía. Esa resistencia se inicia en una primera acción: queman las células de identificación y se niegan a dar sus huellas dactilares. Esto le supone su primera estancia en la cárcel. Estuvo seis veces más. En total, casi seis años de su vida. Opinaba que “bajo un gobierno injusto, cualquier buen ciudadano debería estar en la cárcel”. Esa reclusión era para él la posibilidad de descanso, meditación, hilar y escribir. Y no estaba solo. En 1932 llegaron a estar en ellas 60.000 presos políticos. Admiraba a Thoreau cuando decía: “Un individuo tiene derecho a no cumplir las leyes arbitrarias y negar su sumisión a un régimen con una tiranía insoportable”.

Gandhi luchaba contra el Imperio Británico pero también contra algunos vicios de su pueblo. Estaba en contra de las castas. Los intocables, que eran la sexta parte de la población, de piel más oscura, estaban forzados a la sumisión y a una extrema pobreza. No podían entrar en los templos, beber de las fuentes públicas. Gandhi les llamó Hijos de Dios. En 1921 cambia su tradicional vestimenta hindú, posterior a otras vestimentas de su clase o su vestir occidentalizado anterior, el dhoti, por otra más exigua, el veshi corto. En sus charlas pedagógicas exhortaba a sus paisanos sobre la no conveniencia del matrimonio infantil, sobre el no consumo de alcohol, y sobre la promoción de la lengua local, el hindi.

Aparte de la castidad, el líder hindú se sometía a ascéticas que, a veces, tenían un fin meramente espiritual, pero en otras ocasiones de reivindicación política. “Hice la promesa de que no comería más de cinco alimentos diferentes en el curso del día y que nunca comería después de oscurecer”. Pero luego vinieron aquellos peligrosísimos ayunos que fueron su forma de lucha. De 1917 a 1948, acometió dieciséis huelgas de hambre. Estuvo a punto de morir dos veces. Solo ingería agua con bicarbonato.

El pasaje del Bhagavad Gita que más le gustaba era este: “Aquel que abandona todos sus deseos y se aparta del orgullo por sí mismo y por las posesiones alcanza la meta de la paz suprema”. Y esta era su idea de Dios: “Siempre hay debajo de todo ese cambio, un poder que permanece, que mantiene todo junto. Puedo ver, en medio de la muerte, como persiste la vida. En medio de la falsedad, como persiste la verdad y como, en medio de la oscuridad, persiste la luz. De aquí concluyo que Dios es vida, verdad y luz. Él es amor. Es el supremo bien”.

De todos modos, la mayor virtud de Gandhi era que su visión espiritual, si bien estaba fundamentada en muchas leyes antiguas, también resultaba revolucionaria cuando lo creía pertinente: “La verdadera moralidad no consiste en seguir el camino trillado, sino en encontrar el propio camino y seguirlo valerosamente”. Según nos indica Ramiro Calle, él comprendió que el hombre debe observar la ahimsa (no-violencia), la Sambhava (igualdad) y la Aparigraha ((no-posesión)”. “Respetaba cualquier credo o religión, siempre que indicase la pureza y condujese a la divinidad”, y pensaba que ningún hombre puede vivir sin religión y, para él, la plegaria era la esencia y el alma de la misma. Deseaba la unión de todos los hindúes. No admitía cualquier segregación: “Quiero que tocables e intocables se fundan  en una brazo fraternal. Es lo que más deseo, lo que me hace vivir y aquello por lo que moriría feliz”.

No obstante, esa preeminencia de su vida espiritual no resulta óbice para desarrollar estrategias políticas que, a la postre, dieron numerosos buenos resultados. Se rebeló contra la economía, la importación de productos que habían salido de las materias primas propias y contra la lengua colonial impuesta. Realizó un boicot a las telas inglesas y más tarde a otros productos. Combatió con la atávica rueca los telares. Cuando llegó la Segunda Guerra Mundial se opuso a esta. Entonces, se le reprochó su posición tan distinta en la Primera, a lo que contestó: “He evolucionado de una verdad a otra”. Escribió a Hitler y a otros dirigentes mundiales reprochándoles que combatiesen al enemigo con sus mismas armas. Aunque luego rectificara: “Si pudiese existir jamás una guerra justificable para la humanidad, sería una guerra contra Alemania para impedir el insensato aniquilamiento de una raza”.

A punto de conseguir la independencia, su enemigo mayor pasó a ser el líder de los musulmanes, Mohammed Alí Jinnah. Finalmente, este propició la fundación de Pakistán, “el país de los puros”. Pero antes hubo batallas fratricidas terribles. Triste, Gandhi anunció que iba a emprender una peregrinación de penitencia a través de las castigadas aldeas donde unas semanas antes los musulmanes se habían cobrado la vida de miles de personas. Renunció a la protección. Revivió una especie de cristiano calvario por la humanidad. Le tiraban cristales y excrementos a su paso. “He fracasado”, dijo. En los enfrentamientos hubo 500.000 muertos. Finalmente, esa enorme masa humana se relajaba trágicamente de su anterior unidad en torno de un objetivo pacifista. Atrás quedaban numerosas luchas limpias, como aquella peregrinación de trescientos cincuenta y ocho  kilómetros en busca del mar, para oponerse al monopolio británico de la sal. Y también aquella connivencia con Nehru, dirigente de Partido del Congreso, socialista, modernizador, ateo.

No hay personalidad valiosa que no pueda suscitar críticas airadas. Algunos excesos de Gandhi pueden resultar chocantes. Ramiro Calle dijo con respecto a su castidad última: “Hay que reconocer que, en tal sentido, Gandhi tenía mucho de neurótico, y fue quizá este contenido neurótico el que le llevó a ser uno de los hombres que han gozado de más autodominio y autocontrol”. Aunque, por otro lado, reconocía: “Gandhi es ya un apóstol de la no violencia, la igualdad, la no-posesión, la castidad y, además, es enfermero, barbero, maestro de escuela, comadrón y, sobre todo, líder político”. A veces, la fuerza se alimenta de impulsos no tan indiscutibles, que son ligeramente  contradictorios. O no tanto, pero sí distantes de su ser definitivo. Se le acusó de haber sido racista con los negros. Durante su época como abogado en Sudáfrica, Gandhi escribió cosas como estas: “La raza blanca en Sudáfrica debería ser la raza predominante” . Y también: “Los europeos intentan degradar a los indios al nivel de los negros, que solo se ocupan de cazar y cuya única ambición es tener ganado para comprar una mujer”. Cuando ya era anciano fue acusado de dormir con chicas jóvenes desnudas (incluso con la mujer, de diecisiete años, de su sobrino). Práctica que afirmaba llevar a cabo con el único fin de poner a prueba su castidad.

Por otra parte, Gandhi fue contestado por su familia, muy especialmente por el que fue, tras el fallecimiento del primero, su hijo primogénito. Se llamaba Halihal, y con él  siempre hubo una relación tensa, hasta llegar finalmente a la ruptura. Le reprochaba a su padre la escasa dedicación a sus hijos. Por despecho, abrazó el islamismo, pero también se convirtió en alcohólico y prostituto. Al entierro de su madre, llegó tarde y borracho. Gandhi renegó públicamente de él. Pero, por otro lado, fue seguido por su hijo menor y adoptó a varios niños, entre ellos una intocable. Pero no fueron estos sus únicos problemas familiares. Se enemistó con su hermano cuando le dijo que ya no lo podía ayudar, pues debía dar prioridad a la comunidad. No lo volvió a ver, pero, en su lecho de muerte, rectificó y le escribió al Mahatma que había hecho lo correcto. Como a su admirado Tolstoi, Gandhi tuvo que sufrir una tremenda incomprensión familiar por entregarse a una comunidad mucho más amplia que la de su sangre. De su relación con su mujer, Kasturbai, decía: “No formamos una pareja ideal ni existe una completa identidad de ideales entre nosotros. Frecuentemente, muchas de mis actitudes no cuentan con su aprobación. Y si bien existe una gran diferencia intelectual entre nosotros, siempre he tenido la impresión de que nuestra vida estaba llena de alegría, felicidad y progreso”.

A lo largo de su vida, Gandhi obtuvo muchos logros, tanto a nivel personal, en cuanto a perfeccionamiento espiritual y dominio de sí, como en el terreno social y político. Logró unir a su pueblo para hacerlo fuerte frente a los atropellos. Pero, finalmente, en 1947, cuando se consiguió la independencia, la celebración resultó amarga. No hay logros absolutos y definitivos en el desarrollo de la masa humana, y menos si esta es tan ingente y está aún tan lastrada por prejuicios atávicos y por una mala formación cultural. De todos modos, es preciso intentarlo: “La diferencia entre lo que hacemos y lo que seríamos capaces de hacer bastaría para resolver la mayor parte de los problemas del mundo”. @mundiario

Gandhi, el hombre que evolucionó hacia el compromiso absoluto
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