Fecha de caducidad (V)

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Ilustrración de Fecha de caducidad. / M. R. A.

Se hace el silencio. La imagen digitalizada parpadea un instante. La pareja se ven a través de la imagen azul pálido. Es curioso pensar que se quisieron y que lo habrían dado todo el uno por el otro.

Fecha de caducidad (V)

Quinta y última parte del relato titulado Fecha de caducidad. 

Y esa es la escena en la que Francisco se ve envuelto, como formante de un sueño que podría ser una pesadilla o el inicio de una genialidad: por un lado, el derecho, su mujer, apuntándole con una pistola después de confesar que ella usó sus poderes legales para hacerle asegurado de ICW con fecha de caducidad. La fecha fue hace dos días y él, más por ignorancia que por voluntad, decidió no morirse, sin decidirlo porque lo desconocía. Por eso por otro lado, el izquierdo, están los dos agentes que parecen salidos de una película de Tarantino o DePalma, con sus trajes y sus armas automáticas, sus gafas de sol y su look frío, aunque ahora mismo sorprendidos por el cambio de tornas. Finalmente, en el centro, está él y de su muñeca emana el holograma de Luís, el abogado. Todos en silencio, observándose. Da la curiosa sensación de que nadie va a disparar en realidad, de que todo es un montaje algo cutre, una fiesta sorpresa que incluye una función poco ensayada y, a la vez, la de que en cualquier momento se dispararán dos o tres armas y al igual que en Reservoir Dogs, morirán todos. Mientras tanto, millones de personas usan Mindfinder para relacionarse desde la fría distancia y a cada minuto que pasa Francisco podría ser más rico. Pero ella ha iniciado la venta de la empresa. Sí, de acuerdo, estaba irada al descubrir que él tenía una amante con la que casi se mata en un accidente de coche y en el que de hecho la amante murió.

—¿Y si nos calmamos y hablamos de esto con serenidad? –propone el letrado, con la voz distorsionada que proporciona el escaso altavoz del smartwatch.

—Esto es algo paradójico –añade la chica del traje elegante–. Nosotros podemos matarle a usted legalmente, por la cláusula de su seguro con ICW; pero usted, señora, sería acusada de asesinato si dispara y nosotros no podemos dispararle porque entonces los acusados seríamos nosotros.

—Ahora tú eres quien tiene la batuta, Luís –dice Francisco con voz trémula

—No –exclama la esposa–. La tengo yo, yo he iniciado el trámite para vender Mindfinder. Si yo le mato antes de que tú como abogado puedas hacer nada, yo quedo como apoderada y vendo la empresa –subraya la mujer o exmujer, depende de cómo se mire.

—ICW no puede matar a mi cliente ahora mismo. Acaba de quedar demostrado, por la declaración movida por la frustración de la todavía esposa de mi cliente, que él no firmó el contrato con ICW de forma consciente ni en plenitud de conocimiento. Esto anula, hasta que se pueda valorar jurídicamente, la acción de ICW.

—Es cierto –dice el hombre de la agencia de seguros–. Ya no pintamos nada aquí. Tenemos que irnos.

Y para sorpresa de Francisco, una sorpresa que parecía que ya no podía crecer pero se va extendiendo como una mancha, los dos agentes recogen sus cosas, se despiden cordialmente dándole la mano y se disponen a salir por la puerta.

—¡Un momento! –grita el creador de la red social más potente de todas las que existen y han existido—. No pueden dejarme aquí con alguien apuntándome con una pistola.

—Lo lamento –responde la chica–, pero no somos policías, no podemos actuar sin una orden directa.

Y se van. La mujer sigue apuntando a su marido.

—Y ella, Luís, ¿puede matarme? –pregunta Francisco cuando la pareja se ha quedado sola.

Los nervios que transmite Francisco no se transmiten por la red social, el holograma se muestra tranquilo.

—Los motivos que mueven a tu todavía esposa para matarte, a pesar de las leyes vigentes que permiten el homicidio en ciertos casos especiales y el asesinato bajo circunstancias muy específicas, no son suficientes, si lo hace, y estando yo como testigo, quedará acusada y condenada sin posibilidad alguna de absolución. A no ser…

Se hace el silencio. La imagen digitalizada parpadea un instante. La pareja de exesposos se ven a través del azul pálido de la imagen óptica tridimensional. Es curioso pensar que durante un tiempo se quisieron y lo habrían dado todo por el otro.

—¿Sin embargo qué? –exclama casi histérico Francisco.

El abogado digital mira a la mujer real y con frialdad suelta:

—Dispara, cariño.

La mujer tuerce la boca en una mueca que indica una sonrisa maliciosa y que Francisco solo le ha visto en una ocasión, cuando planearon juntos como eliminar a la competencia de Mindfinder con una estrategia éticamente cuestionable. Francisco se convierte entonces en protagonista de una escena a cámara lenta en la que puede ver, en alta definición, la detonación de la pistola, las chispas que saca, y la salida de la bala, el estilo con que el proyectil cruza el aire y como se cuela justo en el lugar de su cuerpo en el que, protegido por las costillas, está el corazón. Llega a tiempo también de observar pequeñas salpicaduras de sangre que se abren paso por el agujero hecho en su camiseta, antes de que todo se vuelva blanco y, de repente, ya no haya nada.

La mujer de Francisco respira ahora como si acabara de echar un polvo, rápida y satisfactoriamente. Baja el arma, humeante y la deja caer al suelo. El cadáver de su marido reposa en el suelo, si es que es verdad que los muertos descansan, en una posición entre cómica y dramática. Del smartwatch de la víctima se proyecta aún el rostro del abogado.

—Ahora todo es nuestro –dice la mujer, que parece más nerviosa por una especie de excitación sexual profunda y primitiva que no por acabar de convertirse en asesina.

—De hecho –dice la voz digitalizada del abogado–, en caso de invalidez de los acuerdos de cesión por la muerte de Francisco Cocis como propietario y fundador de Mindfinder, ya que la amante a la que se lo iba a dejar todo y no recordaba murió en el accidente y que a su mujer ya no le corresponde por voluntad del marido y por uso indebido de sus poderes con la empresa, en caso de invalidez, me corresponde a mí volver a colocarlo todo en su sitio.

—Perdona, ¿qué?

—Sí, “cariño”, acabas de regalarme Mindfinder, valorada actualmente en más de 1000 millones de euros y tú, te acabas de convertir en asesina, pues hasta el momento del disparo, el reloj lo ha grabado todo. Una vez muerto el propietario, la función de grabación se ha detenido y yo, ahora mismo, solo soy la reminiscencia de las últimas pulsaciones. Gracias, querida, supongo que entenderás que no venga a visitarte a la cárcel.

Y la imagen tridimensional se esfuma hasta ser un pequeño punto de luz que, chuleando, permanece unos instantes flotando en la atmosfera cargada de la habitación, parpadea y finalmente, desaparece.

FIN. @mundiario

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