Examen de ingenios, el magistral último libro de José Manuel Caballero Bonald

El escritor andaluz José Manuel Caballero Bonald
El escritor andaluz José Manuel Caballero Bonald. / RR SS

Estas evocaciones se inician siempre con unas muy perspicaces pinceladas que nos presentan poéticamente los rasgos principales del impacto que le produce al autor la presencia del personaje retratado

Examen de ingenios, el magistral último libro de José Manuel Caballero Bonald

Estas evocaciones se inician siempre con unas muy perspicaces pinceladas que nos presentan poéticamente los rasgos principales del impacto que le produce al autor la presencia del personaje retratado

                                                                                                                                                                                            

Es Examen de ingenios, de José Manuel Caballero Bonald, uno de esos grandes regalos literarios que recibo muy de cuando en cuando; el acierto pleno, desbordante, de unos textos que aúnan enorme calidad y fuerte interés. A través de su riquísima pluma, de su penetrante mirada, el poeta, novelista y memorialista andaluz, nos va presentando una larga serie de retratos ( 103 ) de personajes relacionados con el arte, especialmente con la literatura, pero también pintores, bailarines de flamenco, cantaores, cineastas y hasta toreros. El factor común es que a casi todos los ha conocido personalmente, unos en sus muchas correrías nocturnas, otros pocos en algún mero encuentro superficial. Pertenecen a las generaciones de su tiempo, pero se detiene en la suya propia y no se ocupa de las que le suceden. Así, hay una mayoría de ellos que están muertos, máxime teniendo en cuenta la ya nonagenaria supervivencia del autor.

Estas evocaciones se inician siempre con unas muy perspicaces pinceladas que nos presentan poéticamente los rasgos principales del impacto que le produce al autor la presencia del personaje retratado: “Blas de Otero, que tenía un aire como de fugitivo de sus propios secretos habitáculos”. En medio, algún relato significativo de sus actividades, un somero pero profundo análisis de su obra, y al final, una frase casi aforística que cierra el texto a veces de forma concluyente, otras abierto a una última duda: “La memoria siempre mantiene una competencia selectiva con la equidad (sobre Pla)”, o: “Todo termina ya dependiendo del veredicto de la memoria (sobre Onetti)”.

Sin embargo, el inicio de la lectura de este libro, me provocó el dolor de ver vilipendiado uno de los escritores cuya prosa – que no su persona – más amo. Y es que el primer personaje al que retrata es Azorín, y su texto no puede ser más virulento. En él tal vez coincide la doble animadversión. Por una parte hacia su vida (cuando lo conoce personalmente, es la imagen de una fantasmal decrepitud teñida de una sumisa adhesión al régimen franquista), pero también hacia la prosa del escritor, que es la antítesis de la que Caballero Bonald defiende. Así, esta vez, su lapidaria frase final no puede ser más tajante: “O dicho de otro modo: que la monotonía suele escamotear la lucidez.” Pero es que luego sigue con Pío Baroja, personaje que tampoco le resulta nada simpático y que también conoció en sus años últimos, de quien también descalifica su prosa con notable ahínco.

Después de este abrupto inicio, tuve la impresión de que me iba a enfrentar a un libro desabrido, a una autocomplacencia en el juicio severísimo, a que el autor, igual que él mismo dice después de Camilo José Cela, aspirase no a ser ya el mejor sino el “único”, apartando a todos los demás de su alta posición más o menos reconocida. Pero, afortunadamente, ese inicio demoledor da paso a otras visiones más ponderadas, en las que no faltan las críticas, siempre hechas desde una insobornable seguridad, aunque estas son ya más parciales, más concretas, especialmente en lo que respecta a la obra, habiendo un esfuerzo de aprecio humano más considerable.

Caballero Bonald trata de ser ecuánime. Conoce sobradamente la posibilidad de la contradicción entre el autor y su obra. Así dice de Miró: “La vida y la obra también pueden acusar muy impredecibles divergencias.” Procura no dejarse influenciar por su antipatía personal. Hablando de Pla, se advierte a sí mismo: “Y hasta es posible que siga cometiendo la flagrante injusticia de valorar a un escritor por su conducta”. Sin embargo, no permite que su simpatía le nuble o suavice su capacidad degustadora o crítica, y así, hablando de Dionisio Ridruejo, dice: “La obra literaria de Ridruejo no me atrajo pues más que a trechos discontinuos y ni siquiera mi aprecio por su persona me permitió valorar, en términos más complacientes, esos productos de su imaginación literaria, ni escasos ni desdeñables”.

Quien escribe de los demás no puede callar el retrato implícito de sí mismo. Al mismo tiempo que habla de la obra de los personajes retratados, sus observaciones van construyendo su propia poética. Nos repite que le disgusta el costumbrismo o el realismo y prefiere el verso o la prosa que nos descubren las invisibles profundidades de la realidad. Hablando de Alejo Carpentier, un escritor que le convence, lo deja claro: “Lo demás es prosa administrativa”. Pero sus avisos sobre el límite de lo permisible son muchos. Sobre Delibes: “Con eso bastaba, supongo, para apreciar la competencia de una narrativa de nobles andamiajes, pero al borde de los costumbrismos de guardarropía”. O hablando de Umbral: “Todo estilo que no equivale a la propia vida se confunde con esa excusa para ineptos llamada sencillismo”.

Caballero Bonald fue amigo, o compañero de vicisitudes, de bastantes de los artistas que rememora. En su evocación, suele haber aprecio de muchos de sus rasgos humanos, pero no exención de alguna minusvaloración específica. Eso sí, son pocos los escritores que admira plenamente. En la mayoría, aplica la distinción en la disímil consecución de su obra.

En este libro hay una permanente búsqueda del rasgo sentido pero nunca antes revelado en palabras comunes. Su lectura es rica en frases extraordinarias, que sorprenden por su vistosidad, su perspicacia, su coherencia, y que, pese a su ostentación categórica, nunca derivan hacia la pedantería del iluminado. Su capacidad creativa es prodigiosa a la hora de componer esas semblanzas de una figura siempre única, distinguible, profundamente enraizada en su inconsciente singularidad, basada en la presencia, en los gestos que construyen una unicidad irrevocable. Examen de ingenios es un libro magistral, de esos que uno debe tener cerca para poder recurrir a él en busca de uno de los posibles modelos de la prosa más elevada.

Examen de ingenios, el magistral último libro de José Manuel Caballero Bonald
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