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MUNDIARIO

La eterna rebeldía del fuego

El cielo estaba nuboso y se podían percibir las ganas de llover. Jamás un fuego había vencido al hombre y tampoco lo lograría esta vez...  / Relato

La eterna rebeldía del fuego
Fuego. / RR SS.
Fuego. / RR SS.

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Manuel de la Iglesia - Caruncho

Manuel de la Iglesia - Caruncho

El autor, MANUEL DE LA IGLESIA - CARUNCHO, escribe en MUNDIARIO. Es doctor en Ciencias Económicas por la Universidad Complutense de Madrid, se especializó en Economía Internacional y Desarrollo. Trabajó para la cooperación española en distintos puestos en la Agencia Española de Cooperación Internacional en Madrid y durante casi quince años en Nicaragua, Honduras, Cuba y Uruguay. También pasó un año en Inglaterra como Visiting Fellow, en el Instituto de Estudios de Desarrollo de la Universidad de Sussex. Como ensayista, ha publicado numerosos artículos y obras como El impacto económico y social de la cooperación al desarrollo y The Politics and Policy of Aid in Spain. Como narrador, ha publicado el libro de relatos Atractores Extraños y las novelas Los dioses de la sombra juegan pelota y A pocas leguas del Cabo Trafalgar. @mundiario

Estábamos en un acto en un barracón de madera de un modesto pueblo. No recuerdo bien que se celebraba, ni el programa de aquella mañana, ni siquiera si era por la mañana, pero sí que levantaba en mi mano una velita de cumpleaños y que varios rapazuelos me rodeaban. Quise presumir. “Ahora veredes”, dije en gallego, y encendí la vela. Se miraba bonita, con su reluciente llama de un color amarillo azulado. Conseguí la atención de los mocosos al afirmar que en realidad era un pequeño cartucho de dinamita, aunque no me creyeron. De repente, por mi torpeza habitual, la vela se me fue al piso. La recogí enseguida, sin que llegara a apagarse. No sé cómo, observé con el rabillo del ojo que una llama diminuta, imperceptible, ardía en una astillita del tablón de madera del suelo a mis pies. No le di importancia y me limité a arrastrar la suela del zapato por encima, para apagarla. Pero aquel fuego era juguetón y, aunque parecía extinguirse, otro rescoldo minúsculo cobró fuerza un par de centímetros más allá. Me extrañó, pero seguí sin concederle importancia y pasé de nuevo la suela del zapato por encima. Para mi sorpresa, en lugar de apagarse completamente, un levísimo color rojizo se esparció por unos cuantos centímetros cuadrados, en una extensión equivalente a mi pie. Era un tenue resplandor casi imperceptible, como si de una insignificante brasa se tratase. Todavía seguía sin preocuparme, pero me dispuse a tomar armas en el asunto y empecé a escupir saliva encima, a ver si así… Escupía y extendía el escupitajo con la suela de mi zapato. Esto pareció darme una ventaja decisiva, pues el color rojizo perdió fulgor. La partida parecía estar ganada. Sin embargo, me fijé en que otra llamita casi invisible comenzaba entonces su danza pigmea a medio metro de mí. Creí entender su juego: trataba de engañarme, simulaba que yo vencía, que se dejaba apagar mientras que, en realidad, buscaba tiempo para estirarse hacia otra madera que roer y saciar así su apetito. Salivé ahora sobre aquel punto y se apagó al instante, como avergonzada, como si la hubiese cogido en falta. Miré al frente, tal vez para seguir el acto que se desarrollaba algunas banquetas más allá, pero, intranquilo, no tardé en bajar la vista de nuevo y pillé el fulgor rojizo dibujándose entre las juntas de los tablones. Llegado a ese punto, me di cuenta de que el fuego, disimuladamente, subrepticiamente, se preparaba para una batalla de las grandes. Aquello no era un pasatiempo, esta vez no lo tenía dominado como sucedía siempre en el horno de la cocina de leña o en el hogar de la chimenea, donde acorralaba sin contemplaciones a la lumbre entre tres o cuatro paredes y la domaba racionándole el alimento, proporcionándole piñas, ramitas secas, astillas de troncos y cosas así, y donde quedaba sin escapatoria. Aquí, en el suelo de madera, disponía por el contrario de un gran espacio para desbocarse, para expandirse y para mostrar, mostrarme, toda su fuerza, toda la fiereza del dios poderoso que era. Lo comprendí en un instante, pegué un brinco y grité: “¡Fuego!” Y a continuación a los críos: “¡Traigan agua, rápido!” 

La gente me miró extrañada, pues todavía no se veían llamaradas, tal vez, si acaso, se adivinaba ese color bermejo del cielo al atardecer, el del sol cuando se acaba de poner y sus rayos declinantes se reflejan todavía en alguna nube, inundándola de colores vivos. Aun así, un par de arrapiezos me hicieron caso y consiguieron unas botellas llenas de agua, de esas de cristal. Entonces, con cuidado para no malgastarlas, fui echando pequeños chorros, volcando pequeñas derramas por una superficie apenas mayor que el tamaño de mis zapatos. La brasa pareció calmarse y por un momento canté victoria. Desaparecieron los insignificantes rescoldos, las diminutas ascuas, el tenue color rojizo… Cerré los ojos y lancé un suspiro. Ahora sí. Pero entonces me fijé con atención y observé que mientras en la superficie se había acabado todo rastro de fuego, más abajo, al otro lado de las tablas, latía un corazón invisible a punto de explotar, como si se tratase de una caldera ardiente oculta por telas negras, aunque el resplandor entre las rendijas de las tablas dejaba entrever la fuerza con la que venía. Grité de nuevo, aún más fuerte: “¡Fuego!” Y después: “¡Más agua!” Y después: “¡Avisen a los bomberos!” Pero nadie se movió. Fue como si todo el mundo me considerara un chiflado o, peor aún, como si hubieran decidido dejarme solo al frente de lo que había de venir. “Si él se lo guisó, que él se lo coma”, parecían decir con su apatía, con su inmovilidad. Entonces salí como un rayo con una de las botellitas de cristal a una fuente que se encontraba en la habitación de al lado y regresé en cuestión de segundos con el recipiente lleno. Vertí el líquido apresuradamente en aquel rectángulo que veía más amenazante y el color rojo obscuro perdió intensidad por unos instantes, como si el fuego estuviera dilucidando si merecía la pena dar la batalla contra aquel tipo tozudo que no lo dejaba respirar. Vana ilusión. Al segundo se escuchó un bramido, como el de un viento huracanado ya sin contención; el crepitar de las brasas incandescentes se hizo oír con toda claridad y un fogonazo mostró su poderío apareciéndose entre las rendijas de las tablas. 

“¡Llamen a los bomberos!”, aullé esta vez, pero ya era tarde. El fuego ululaba y brincaba a sus anchas por distintos lugares y comenzó a trepar por las paredes, mientras bailaba feliz al verse liberado de su encierro. Por un instante su fuerza me dejó paralizado y me incliné ante su belleza. Entonces, entre aquel colorido de rojos, amarillos, azules y grises, me pareció distinguir el dibujo de su sonrisa burlona. Me sentí provocado, humillado, ninguneado. Me sentí interpelado: “¡Ajá!, y ¿qué te creías, que me ibas a tener siempre a tu merced, amaestrado, domeñado, doblegado, domesticado, aborregado? ¿Creías que me dejaría comprar con unos taquitos de madera, con unos tronquitos de pino o eucalipto, y que me dominarías así toda la vida, débil y a tu servicio? Pues ahora te vas a enterar de quien soy, de mi poder. De momento, ya puedes olvidarte de esta casa que me voy a tragar en minutos. Contémplame grande y poderoso, como soy en libertad. Y ¡cuidado!, que mientras devoro tu vivienda con algunas de mis múltiples lenguas, comienzo a dar lambetadas a las de tus vecinos”. 

El humo me dificultada respirar, se me nublaba la vista y se me iba el entendimiento. Aun así, pensé que el fuego no tenía nada que hacer, que vendrían los bomberos, los guardabosques, el ejército si era preciso, pensé en los aviones cisterna especializados en extinguir fuegos y también en el arma más temible, en la mayor enemiga de las llamas: la lluvia. El cielo estaba nuboso y se podían percibir las ganas de llover. Jamás un fuego había vencido al hombre y tampoco lo lograría esta vez. Pareció leerme el pensamiento, pues mientras me desvanecía, escuché, o creí escuchar el aullido de una fiera, un profundo bramido que parecía pronunciar estas palabras: “¡Ya podéis olvidaros de dominarme!”

Sentí en mi semi inconsciencia que alguien me arrastraba por los pies y me sacaba del edificio en medio de un calor insoportable, el del fuego, pero también el de mi fiebre, que me hacía delirar, y el del tal cambio climático, que no sabía bien en qué consistía pero que daba sofocos sólo con pensarlo. Había escuchado en la radio que era capaz de provocar sequías, subir las temperaturas, ocasionar más incendios y hacerlos cada vez más incontrolables y pavorosos.

Después, todo cayó a mi alrededor y me sumí en un breve desmayo, justo cuando me pareció escuchar una carcajada triunfal que provenía de algún lugar del universo. @mundiario