Érase una vez, Pasífae

Pasifae y el Minotauro. / RR SS.
Pasífae parió un híbrido. Era tal su vergüenza que no podía mirar a aquel ¿niño?

Minos, rey de Creta, sacrificaba todos los años un toro, el mejor de sus sementales, en honor del dios Poseidón. Más esto no fue siempre así. Un año le engañó, sacrificó otro toro que, resultó no ser el mejor de sus sementales. El mejor semental era un hermoso toro blanco que Minos ansiaba quedárselo para él. Poseidón se enteró del engaño y decidió castigar al osado Minos.

Poseidón provocó la desgracia en la Casa de Creta. Envenenó de deseo sexual, y antinatural, a Pasifae, que enloqueció por yacer con el toro blanco.

Dédalo, con su ingenio, ayuda a la reina a cumplir su lascivo deseo, ideando una vaca hueca de madera hueca. Dentro de ésta, se ocultó Pasífae…

Fruto de ese encuentro, se engendró el Minotauro.

Pasífae parió un híbrido. Era tal su vergüenza que no podía mirar a aquel ¿niño?

Sus pechos le dolían, estaban llenos de leche que empezaba a gotear de sus pezones en forma de gruesas gotas; tan gruesas como las propias lágrimas que derramaba quemándole las mejillas. Sí, así de amargas eran sus lágrimas.

Su pensamiento no duró, oyó bramar, o quizá llorar, a aquel ser. Sabía que el maldito reclamaba su alimento.

Despacio se acercó al hibrido. Éste pataleaba con fuerza dentro de su canasto de mimbre, al verlo no pudo evitar sentir una arcada, intensificándose sus lágrimas. Fue a mecer el canasto con la esperanza de que se callara, pero lo hizo dándole la espalda, detestaba mirarlo, más quiso el destino que su mano cayera sobre la cara del híbrido quien, de forma instintiva, empezó a lamerla.

Pasífae se giró y lo contempló, después, también de forma instintiva, lo cogió y lo arrimó a uno de sus pezones. El híbrido se "enganchó". Dejó de llorar, o era bramar, que más da, miró a su hijo ¡SÍ, SU HIJO! ese pequeño que mamaba el alimento que ella le daba, ese pequeño que sabía que amaría el resto de su vida.

Y así fue, pese a los terribles episodios que se sucedieron después, quizá fue la única que siempre lo amó.

Más las lágrimas volvieron de nuevo a quemar sus mejillas, antes tersas y ahora, erosionadas por la huella del paso del tiempo. Las lágrimas volvieron mil veces más amargas cuando vio a Teseo salir del laberinto vivo, portando en su mano, a modo de trofeo, la cabeza que acababa de cortarle a su hijo.

Érase una vez… @mundiario