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Epístola angelical

Ahora todo ha cambiado, algunas cosas desaparecieron, otras se han transformado y otras son nuevas por no decir todo, pero mi corazón sigue igual de sincero como el de Werther. / Cuento.

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Eugenio Tórrez

Eugenio Tórrez

El autor, EUGENIO TÓRREZ, es colaborador de MUNDIARIO. Es docente y decano de la Universidad UPONIC. Escribió una novela corta para el Miami Herald y ganó un concurso de cuento. En los años 90 comenzó a escribir para la prensa de Nicaragua y en la revista Ángel Pobre de la Universidad Centroamericana. @mundiario

Aquella noche estaba lloviendo, la gente corría por el empedrado camino de las percepciones espirituales buscando en donde refugiarse. Yo me quedé afuera del teatro en donde se encontraba un indigente que me dijo secamente: "Mi padre es un fantasma". "El mío también", le respondí, y de inmediato le agregué: "fíjate que a veces creo que mi padre es un espectro que se viene a sentar a mi cama todas las noches, siento y miro el colchón de la cama hundirse y luego empieza a decirme cosas, yo no lo conocí nunca, ni un recuerdo tengo de él, ya que cuando yo nací el había muerto trágicamente en el tren de medianoche que se detenía cerca de la casa, nadie sabe con exactitud que pasó, pero su cadáver fue encontrado con un balazo de treinta y ocho en la espalda, imagínate que ni una foto tengo de él, pero no sé porque ese espíritu que habla conmigo todas las noches es mi padre, será que mi corazón lo sabe o sencillamente estoy equivocado".

Me siento identificado con Hamlet, que avisado por unos soldados de que la sombra o silueta de su padre el rey de Dinamarca se les estaba apareciendo a medianoche en los muros del castillo, se fue a entablar comunicación con el fantasma de su padre, quien le confesó de que su tío lo había matado, con la única diferencia de que este espíritu no me dice quien lo mató, sino de que me confiesa que el día que bajé al inframundo lo ayude o mejor dicho le di esperanza. Y es que un día yo también perdí el camino, al igual que Dante, me rodearon las fieras y demonios y con mi arcángel como Virgilio me interné en el Aqueronte, en el esférico río de sombra y muerte, y gracias a los ángeles de Yavé de los Ejércitos logré volver a la vida terrenal, en donde me esperaba mi Beatriz o hija celestial. Ahora todo pasó, soy otro, el mismo pero otro espiritualmente, he crecido, soy hombre, no soy pobre ni rico, simplemente no me falta nada, aunque a veces añoro a mi familia a los ángeles que me salvaron.

Gracias a ellos conseguí un día tomar mi barca para ir a Belmonte, donde se encontraba mi rica heredera, Porcia , que  me puso a prueba para poder amarla por completo y conseguí  al igual que Bassanio abrir el arca correcta, no quise la de oro, tampoco la de plata, sino el simple y tosco plomo en donde se encontraba mi recompensa como en el Mercader de Venecia de Shakespeare y que gracias a la sapiencia y falsa identidad de Porcia, salvé la vida de Antonio de manos del ofendido judío y padre de Yessica. Y mi tesoro está ahora en mi corazón.

Para mí lo espiritual es más real que la realidad misma. Primero el espíritu, la carne queda, polvo, nada, me dijo un día el Arcángel Gabriel.

Yo nací en León de Nicaragua en una enorme casa que tenía un  gran órgano y  los baños quedaban como a una cuadra, imagínate una cuadra en León, por la noche  daba miedo ir al excusado, entonces  la Mami compraba bacinillas que se desvaciaban por la mañana en el retrete, así se terminaba el problema. En esta casa de adobe se me aparecía un  santo padre o sacerdote católico que muy afable platicaba muchas cosas bonitas conmigo y por último desaparecía  en la cascada ‘pared en donde  estaba colgado un cuadro pintado al óleo del famoso pintor leones Benjamín Patters, esposo de mi bisabuela española Concha, el papá de la Mami, abuela de Marco Antonio, Ayda María, Roger  Benito y Yolanda del Socorro hijos de la Reymunda mi mamá que en paz descansa.

Con el tiempo nos venimos a vivir a Managua,  a un barrio que fundó el dictador  Anastasio Somoza,   ahí se me aparecían dos regios ángeles que jugaban conmigo por los campos, montes y montañas, pues el lugar era rural comparado con estos tiempos cibernéticos, era  un enorme potrero en donde pastaba  el ganado que venía de abajo, por los mángales y que abrevaban en la pocita que estaba  antes de llegar a la vuelta de la guitarra, porque para ese entonces había desaparecido el río que pasaba por entre los mángales.

Todavía recuerdo los viajes que hacíamos a la Pocita, para la Semana Santa, en donde nos bañábamos todo el día y cuando pasaba el tren nos desnudábamos para que nos miraran las chavalas, a veces íbamos a las tres torres a cazar garrobos con la tiradora o cuando íbamos a comer mango a Los Martínez, subirnos al árbol de tamarindo cuando venían los toros, o correr a la cuesta del plomo en donde con el tiempo empezamos a adsorber el tóxico de la ahora desaparecida Penwalt.

Ahora todo ha cambiado, algunas cosas desaparecieron, otras se han transformado y otras son nuevas por no decir todo, pero mi corazón sigue igual de sincero como el de Werther.

Por último, quiero terminar de escribirte para comunicarte que anoche a la medianoche se despidió mi fantasma, se fue envuelto en una inefable luz que se fue alejando poco a poco hasta desaparecer de mi vista, me sentí triste y alegre a la vez.

Gracias por tu confianza, pronto viajaré a la ciudad de Los Ángeles, entre el ser y el tener he preferido o escogido el amor, adiós, R.P.J.  -Terminó leyendo Julian  en una vieja revista del 2020, mientras la lluvia menguaba en la amplia habitación del sanatorio de la Habana. @mundiario