Elogio del amor, de Rafael Narbona: una sentida, amena y profunda reflexión
Hace unos días, en Facebook, con su proverbial sinceridad, Rafael Narbona se lamentaba de las escasas ventas alcanzadas con su último libro, Elogio del amor (Roca Editorial, 2025). Esa grave decepción solo es comprensible desde una comparativa, ese contraste de unas ventas actuales que no cuantifica con los 20.000 ejemplares que vendió de su libro anterior, Maestros de la felicidad. Yo represento una subversión de esa tendencia, ya que no leí ese libro más exitoso y sí este más reciente menos demandado. No sé si alguno de aquellos maestros daría alguna lección acerca de saber soportar los vaivenes de la fama y del éxito; es posible que sí, y que Narbona asumiera sus consejos como válidos, pero es que al hombre no le vale con su sabiduría, sino que ha de ser capaz de −en los momentos graves, en las inevitables y repentinas caídas de la dependiente satisfacción− no olvidarla y ejercerla.
Es posible que aquel libro anterior, con su título tan atractivo, diera en el blanco del ansia de muchos lectores, de aquellos que ansían la felicidad por encima de todas la cosas, de aquellos que la echan a faltar en tantas ocasiones obviando los frutos y las posibilidades que aporta cada día. Si no lo adquirí −aun sabiendo que estaba propuesto por un autor muy interesante− fue porque no puedo leer todo lo prometedor que se publica, y también, tal vez, porque he leído tanto sobre la felicidad, ya sea desde la procedencia de la filosofía, de la psicología, o de la espiritualidad, que pensé que no iba a encontrar muchas novedades. Aunque estoy seguro de que Narbona haría en él un conseguido esfuerzo por realizar una presentación que diera a sus páginas un cariz insólito desde su visión personal.
Elogio del amor también es un buen título, aunque esa palabra, “amor”, desgraciadamente, les sugiera a muchos un concepto cursi o ingenuo. Hablar de ese sentimiento humano, que es el más elevado, es promesa de, al menos, un recorrido por unos territorios alejados del predominio actual de otras tendencias opuestas, las que priorizan el ego y la banalidad. Me intrigaba mucho cómo Rafael Narbona podía rellenar casi cuatrocientas páginas sobre un tema que, despachado con una suficiente diversidad de reflexiones filosóficas ajenas a la redundancia, no hubiera ocupado, a lo sumo, más que la mitad.
Lo que ocurre es que, a pesar de que el autor madrileño, ha ejercido durante muchos años su profesión de profesor de Filosofía, el planteamiento que hace en sus libros solo remite de una forma parcial, a menudo indirecta, a esa disciplina. Siempre he echado a faltar en los filósofos una mayor atención al fenómeno del amor. De hecho, una gran mayoría de ellos lo ha obviado, despreciándolo como materia debatible, y quedándose tan solo en la consideración de la amistad, como si el amor contuviera emociones vergonzosas o falsas. Nietzsche sí habló de una de las facetas del amor, la compasión, pero para rabiosamente denostarla.
En el último tramo del libro, Narbona se pregunta sobre su posible recepción y, a la vez, realiza una especie de sinopsis sobre la concepción del amor que manifiesta: “No sé si estoy decepcionando a los que han adquirido este libro pensando que describiría el amor como un arrebato pasional. Desde mi punto de vista, el amor no es un estado de enajenación, sino un compromiso y un acto de fidelidad. Fidelidad a la pareja, a la familia, a los amigos, a lo bello, lo bueno y verdadero”. Pues no, a mí no me ha decepcionado, al contrario. A mí me gusta que me hablen desde la adultez real y no desde una adolescente. No sé si serán cosas de la edad, pero me molesta que la palabra amor sugiera inmediatamente su vertiente romántica, cuando no la meramente sexual o narcisista.
En cada capítulo del libro, el autor aborda el amor desde una diferente perspectiva. Y lo hace siempre partiendo de lo personal y refiriéndose a ejemplos que encuentra en sí mismo, en sus amigos o conocidos, en películas o en libros. Este ensayo se convierte así, a lo largo de sus veintiocho capítulos en un muestrario de muy diferentes aproximaciones al tema. Dentro de cada capítulo engarza con perfecta fluidez varios enfoques. Y, sobre toda esta composición, planea un elemento íntimo que la mueve, como es la enfermedad de su esposa Piedad, el cáncer que padece y su duro tratamiento, hasta llegar, en las últimas páginas, a su feliz curación.
Narbona ejemplifica los casos de amorosa humanidad a través de la narración de historias ficticias, como las de las películas, las novelas; o reales, como un relato que le impacta mucho y que es La sociedad de la nieve, la epopeya de los pasajeros del avión caído en los Andes. Y también centra su mirada en casos próximos, en amigos conocidos, como Aramburu o Francisco Javier Irazoqui; u otros anónimos a quienes admira por su bondad. O hace referencia a aquellos médicos, enfermeras, psicólogos, que ejercen su profesión con consciente y entregada humanidad.
Siempre me he preguntado −poniendo en duda a Rousseau− si el ser humano es bueno o malo por naturaleza. Yo diría que en él vienen de fábrica ambas tendencias, aunque tal vez la combinación genética pueda suponer una decantación hacia uno de los lados. También se conoce que una lesión en el lóbulo frontal puede cambiar radicalmente el comportamiento de una persona (en los casos que he leído a peor, lo que en parte probaría que la anomalía sería la no amorosa actitud). Pero yo creo que la mayoría de las veces la maldad es la consecuencia, la reacción de un dolor psicológico muchas veces no reconocido, el resultado de la falta de paz interior; mientras que el amor sería el fruto de una benevolente voluntad o tal vez de una inclinación innata. Así, estaría bastante de acuerdo con el autor en la definición del odio, pero no en su afirmación anterior: “El amor está en nuestra naturaleza. El odio no. El odio es una desviación provocada por ideas y emociones tóxicas, como la ambición de poder, la codicia, el fanatismo, el miedo, el narcisismo y el resentimiento”.
Narbona no llega a plantear directamente una cuestión que yo me hago, aquella por la que pudiéramos sospechar que hasta el caso de amor más desinteresado pudiera alberga unas gotas, una raíz de egoísmo, como si amar fuera el medicamento que nos recetáramos. “La fórmula fundamental del amor, decía Agustín de Hipona, et volo ut sis, es decir, deseo que seas; amar significa desear la plenitud del ser de la persona amada”. Y concluye: “Amar hoy es un gesto revolucionario”. Porque “el otro no es solo un medio de nuestro disfrute, sino una persona en sí misma y para sí misma, un fin y no un medio, diría Kant”.
De alguna forma si retrata algunos casos de amor no verdadero, de pura pasión, como cuando habla de Vivien Leigh: “Desde su punto de vista, amar era poseer y ser poseída, anonadarse en un éxtasis compartido”. Lo que prevalece es aquello que el libro promete, el elogio, y por ello se repara menos en su crítica −no ya del amor sino de lo que así se nombra o se confunde−, como por ejemplo la del amor posesivo que puede llegar hasta el asesinato; o, por otra parte, el sufrimiento del amor no correspondido.
Aunque San Juan de la Cruz dijera “adonde no hay amor, pon amor y sacarás amor”, no hay que mendigar el afecto a quienes nos desprecian: “Hay personas que se esfuerzan en conseguir el aprecio de los que se muestran con ellos fríos, arrogantes y despectivos. Es una actitud que revela graves problemas de autoestima o, lo que es lo mismo, una dramática incapacidad de amarse a sí mismo”. Aunque sería preciso deslindar cuándo puede ser saludable y no un estéril acto de humillación una actitud de acercamiento. Jesús nos dijo que debíamos amar a nuestros enemigos, y Mandela: “Todos los hombres, incluso los que parecen más insensibles, tienen un fondo de honestidad y pueden cambiar si sabemos llegar a ellos”.
Nos dice el autor que “el amor es conocimiento, hallazgo, desvelamiento, pero no cabe esperar su irrupción hasta que posterguemos el propio ego”. Por otro lado, define muy bien qué es el verdadero amor en oposición al banal y egocéntrico que hace que actualmente se rompan tantas parejas. Y aquí transcribo esta extensa cita porque me parece una definición digna de ser compartida: “Hay que ser indulgentes con las imperfecciones ajenas, pues las nuestras pueden representar una pesada carga para quien nos acompaña. Disciplina, porque el amor es una tarea infinita, un vínculo que se construye día a día y no un arrebato efímero. Capacidad de sacrificio porque amar es cuidar, priorizar el bienestar del ser amado, no escatimar esfuerzos para aliviar sus momentos de aflicción o desaliento. Compañerismo porque amar es compartir y celebrar los éxitos de la pareja. El amor no transige con la envidia, la vanidad o el narcisismo. Quizá por estas exigencias fracasan tantos matrimonios”.
Narbona nos habla del amor a las personas, pero también a los animales, a los paisajes, a los vinilos, a las películas como Qué bello es vivir que nos enseñan “qué bello es amar”. También reflexiona sobre el amor a Dios. No le satisface la iglesia convencional y elogia a una parroquia determinada a la que acude en Madrid, como también a los misioneros.
Libros como Elogio del amor son particularmente necesarios en estos tiempos en que tanto está creciendo el prestigio del odio. Hoy contemplamos, maniatados, rendidos a unos dirigentes políticos impotentes o directamente psicópatas, tanto genocidio, tanto triunfo de la codicia que asfixia a millones de seres condenados a padecer, cuando, si prevaleciese el amor, podrían ser perfectamente reparados. “Ellacuría nos dejó una frase que expresa el corazón del compromiso cristiano: ‘nadie tiene derecho a lo superfluo hasta que todo el mundo tenga lo esencial”. Hoy en día hemos entrado en grave retroceso en el intento de igualdad que se atisbara como probable años atrás. La diferencia entre ricos y pobres aumenta. Ante esos problemas, hablamos de la necesidad de la justicia, de solidaridad, pero, ¡qué pronto se solucionarían esos males mediante el ejercicio generalizado de un amplio, ilimitado y sano amor!
Rafael Narbona, en esta rica sucesión de sentidas reflexiones, se muestra fundamentalmente optimista, se centra en los ejemplos de aquellos hombres que han honrado a la humanidad con su talante solidario, con sus resistentes virtudes, con su fuerte inclinación a amar. Nos enseña cuánto de amable hay en el mundo, nos invita a un recorrido balsámico, nos recuerda que cualquier ser humano, animal, árbol, obra de arte, puede y debe ser digno de ser amado, y que ese sentimiento nos hace felices a nosotros y a los demás: “Nada es comparable a la dicha de amar”. @mundiario