Buscar

MUNDIARIO

El lector y el mundo

Sales al umbral y adviertes que el mundo es una biblioteca de libros que se olvidan.

El lector y el mundo
Ferdinand Hodler: El lector. Óleo sobre lienzo. / Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid
Ferdinand Hodler: El lector. Óleo sobre lienzo. / Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid

Marcus Daniel Cabada

Escritor y filólogo.

Te diriges hacia algún lugar de probabilidad más bien cotidiana ―una cita médica, un trámite burocrático, un trayecto de autocar― y notas cómo la esperanza ejerce cierta fuerza sobre ti. Te aseguras con prudencia de que allí, adonde vas, es un lugar en el que puedes sacar un libro, y así diluir la espera: aquél que de veras te abstrae, aquél que, más o menos breve, te asegura plenitud y te consume con su manto de fierísimo trance.

Cuando lo sacas observas que los demás, que también esperan, van emitiendo como una pulsión sorpresiva que, con enfoque tan endémico y bélico, les turba la mirada y te enrojece el alma: el estado reflecta, cuanto menos, una noción no liviana del enojo, que actúa sobre ti como si tú fueses, más que un mero igual, un ente desprovisto de humanidades prescindibles: una mónada que, de sustancia indivisa, se establece contrariamente entre el gentío y el asombro. Y meditas huir, pensando que ya no eres esa, tan extraña y forajida y extranjera. Ya no eres la que se pregunta hasta cuándo tardará el olvido, tan fiero y hondo, en trabajar consigo, en borrar la banalidad y darle el tedio. Ya no eres esa: la que todo se le hace harto pesado, la que se ejerce las miserias y que no da cuenta de sí misma. Ya no eres la que otrora lloraba y reía dulces sueños, la de los fragmentos de ópalo de la luna, la que recogía los juguetes y acudía a la palabra callada. Ahora eres el labio que derrama el incurable tedio, el telón ignoto del remordimiento: ahora eres el primer grito y el último y también el que no suena y el que ha de sonar.

Y así afrontas los días: sales al umbral y adviertes que el mundo es una biblioteca de libros que se olvidan. Instantes que se licuan con el tiempo, que se creen vastos y dilatados y que poco a poco son diluidos a tu espalda. Momentos que en su caudal atesoran la incertidumbre, pero que también escenifican el horror y la infamia. Días en los que sopesas huir y en los que te preguntas para qué, si esto es vivir. Aunque ello se represente en un pedazo de pan o de materia esquilada o en el puño en afán de victoria. Aunque pienses: “La vida a todos nos desgasta”.