El laberinto de las aceitunas, de Eduardo Mendoza

Portada. El laberinto de las aceitunas, de Eduardo Mendoza.

El autor, Premio Cervantes 2016, logra alcanzar la importante cifra de 17 ediciones con esta obra. Algo sorprendente en este país donde la buena lectura y lo político, no son para tirar cohetes.

La edición que he venido leyendo estos días, corresponde a 2017. Y consta, según la franja de publicidad con  parabienes favorables de medios importantes y que provocan tal impacto publicitario, con el eslogan de la “17  edición”. Pregonada y cómica aventura literaria que es considerada un “triunfo”. Detalle que mirando hacia a tras sin ira, dicha obra vio la luz con su primera edición en 1982. La verdad es que parece un éxito propio de quimera: la más vendida novela del autor, pero no la mejor de sus novelas. Y esta realidad me llevó de súbito a la frase “Un paso adelante, dos pasos atrás” de Lenin.

Y disculpen la comparación en estos tiempos que corren de parloteo político. Esta  locución fue en mayo de 1904 y publicada el mismo mes del mismo año. Esperemos que tan prolífico escritor Eduardo Mendoza, Premio Cervantes, se plantee ser tan rotundo tras tan lograda cifra de ediciones, que sorprende al buen lector. Pues en este país tanto el nivel cultural como el político, no es para gritar “Gloria en las alturas”. Luego “¿Qué hacer?”, como se preguntó Lenin aquel 1904 en momentos decisivos para su objetivo revolucionario y el parto de Stalin. Sencillamente “Un paso adelante, dos pasos atrás”. De aquí que fusilar a la novela El laberinto de las aceitunas sin compasión, como he leído aquí y allá, desde un plano crítico y literario puede resultar demasiado concierto olor a trastienda.

Naturalmente, la crítica literaria significa diversidad de criterios y máxima libertad, pero sin salirse de la realidad: Eduardo Mendoza no es un bluf, aunque puede que lo sean algunas de sus obras. Y entre sus novelas de policías y pillos, unas distraen y otras son buenas. Y en algunas de ellas magistrales, con ese imperioso inspector de policía Flores, que cada vez que se encuentra en “serios apuros”, rápidamente saca del manicomio, donde malvive como paciente, al “detective loco” para que se encargue del caso por muy disparatado que puede pueda parecerle al lector.

Tan heterodoxo, realista, hasta lo inverosímil, corriendo con la narración de la aventura, el propio “detective loco” y su estilo narrativo desconcertante sin normas establecidas, vulgar y culterano; lo que muestra que estamos ante un relato humorístico en el que lo más disparatado puede surgir en cualquier momento de la historia, donde nuevamente reboza  protagonismo al tener que enfrentase a toda una red de maleantes, intentando con todas las consecuencia recuperar un maletín lleno de dinero que se ha perdido en curiosas circunstancias. 

Sin embargo no alcanza la calidad de novelas como La ciudad de los prodigios, Tres vidas de santos, El enredo de la bolsa y la vida o El misterio de la cripta embrujada. Luego consciente de estas muestras, el propio Eduardo Mendoza en su Nota de autor de la novela señale: “Creo recordar que empecé a escribir El laberinto de las aceitunas en un verano, que es la época del año que suelo hacer estas cosas, recuerdo que la escribí íntegramente en Nueva York, y en dos etapas”. @mundiario