Drexler en el diván

El músico uruguayo Jorge Drexler, durante uno de sus conciertos. / Foto: Mauge (CC BY-ND 2.0 )
El músico uruguayo Jorge Drexler, durante uno de sus conciertos. / Foto Mauge (CC BY-ND 2.0)

Años más tarde y muchos éxitos después, el sábado volví a un concierto de Jorge Drexler. Y aunque pocas cosas eran en apariencia distintas, regresé a casa con la sensación de quien se reencuentra con un viejo amigo del pasado: sin saber muy bien cuál de los dos ha cambiado más.

Drexler en el diván

Celebro que no cayese en mis manos hasta minutos antes de abandonar el auditorio: «después de más de 100 conciertos en 13 meses…». El extracto del programa cultural que presentaba el pasado sábado en Narón, A Coruña, la actuación de Jorge Drexler (Foto: Mauge / CC BY-ND 2.0) parecía escrito para la épica, pero tropezarme con él antes del concierto solo habría alimentado los juicios previos. Aquella frase tan rotunda, redactada con la unívoca pretensión de impresionar, me recordó súbitamente las palabras que tantas veces habrán escuchado quienes en algún momento quisieron hacer de esto su modus vivendi : “la vida de músico es muy perra”, me dijo un amigo hace años; «yo la vi de lejos y no la quiero ni en pintura», sentenciaba enigmático.

Ciertamente, a poco que uno conozca el medio y eche cuentas, 100 conciertos en poco más de un año es mucho: un promedio de casi dos conciertos por semana sin contar los ensayos, los viajes, las entrevistas, la promoción, las colaboraciones… entre muchas otras restricciones que acuerde establecer la industria. Podría parecer una vida de cuento de hadas, pero basta una mínima dosis de pragmatismo para concluir que no lo es; y resulta inevitable que acabe pasando factura.

La primera vez que supe de este cantautor uruguayo fue en un programa de Telemadrid. Recién llegado a España, Jorge abría las puertas de su casa a un cámara y una reportera de ‘Madrid Directo’ y les ofrecía un mate, inmediatamente antes de presentarles entre acordes algunas de las canciones de su nuevo disco: Vaivén (1996), aquella pieza delicada y minuciosa que conquistaba más los corazones de los músicos que del gran público, entró en mi vida como un torbellino armónico, anunciando las muchas y buenas canciones que estaban por venir. Desde entonces se ha hablado mucho de la sensibilidad de este músico entrañable, ocurrente, con gran aplomo sobre el escenario y un enorme magnetismo con el público. Sus espectáculos son garantía de éxito incluso resultando sensiblemente arriesgados, como el de la gira Silente que el sábado lo trajo a Narón.

Fielmente escoltado por sus guitarras entre un juego de luces y peculiares características de sonido -como él mismo las describió-, Jorge Drexler se presentó sobre las tablas como el único elemento humano de un torrente de música capaz de silenciar a la audiencia durante más de hora y media. Un repertorio que, para sorpresa de los fieles, incluyó temas inesperados como La Aparecida, su primera composición, rescatada a punto de cumplir los 30 años en una fabulosa interpretación que ni siquiera los más veteranos habíamos tenido ocasión de escuchar en vivo.

Discurrió así un encuentro poliédrico de escenografía minimalista que, al menos a ojos del nostálgico, volvió a confirmar al Drexler más auténtico con una guitarra clásica entre las manos. Del hechizo emanaron así conmovedores letras como Abracadabras, (quien tenga un verso que dar, que abra la mano y lo entregue) o la inédita A la sombra del Ceibal, una luminosa milonga en homenaje a un programa de alfabetización digital promovido por el sistema público de educación de Uruguay.

Son solo dos ejemplos que sintetizan la versión más genuina del autor; y a pesar de ello, algo me dice que el músico que vi el sábado en Narón no era el mismo que pude escuchar por primera vez a finales de los 90 en la sala Galileo Galilei de Madrid; ni su frescura la de aquel joven que cantaba, una tarde cualquiera en el salón de su apartamento, Zamba del olvido y Un lugar en tu almohada ante las cámaras de la televisión autonómica madrileña.

Sobre el escenario del Pazo da Cultura vi a un Jorge Drexler cansado (100 conciertos en 13 meses, recuerden). Impecable en la ejecución y las formas: profesional, elegante, resolutivo… pero sin el brillo de antaño. Aunque todavía conmueve, la distancia con su universo creativo es mayor. El sábado faltó emoción: no la hubo, o al menos no tanta como cabría esperar. No tanta como otras veces.

Emoción y libertad creativa van de la mano y maridan mal con giras tan exigentes, que convierten cada espectáculo en un mero trámite -hoy aquí, mañana allá- del que dependen muchas cuentas corrientes, grandes y pequeñas. Si la misma lógica perversa que mueve el mercado logra ejercer su presión sobre el mundo del arte, fijando un número de compromisos excesivo, demasiado seguidos, con poca o nula capacidad de intervención, lo razonable es que el autor lo acuse. Así las cosas, no sorprendería que el tedio acabase abriéndose paso entre la mediocridad: cualquiera que haya cantado alguna vez sabe lo aburrido que es hacerlo sin ganas, y cuánto se nota.

El arte ha sido siempre un oficio errático, esquivo a los horarios y las restricciones. Una obra artística no debería responder a la lógica comercial, más allá de lo estrictamente necesario para garantizar su sostenibilidad. Los músicos no tienen por qué ser millonarios, diría incluso que ni siquiera famosos: preferiría ver al mejor Drexler cada tres o cuatro años que a un Drexler extenuado en gira anual a las puertas de mi casa. Sería lo mejor para él, pero desde luego también para su público; y sin ninguna duda, lo mejor para sus canciones.

Tengo la impresión de que, en el arte, como en las políticas destinadas a preservar la biodiversidad y los recursos naturales, debería contemplarse también el problema de la sobreexplotación: una mala costumbre heredada de nuestro insaciable modelo social que tampoco estaría de más revisar, tan obsesionado con las cifras y los resultados y tan poco con la creatividad. @Dunkerque42 en @mundiario

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