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MUNDIARIO

Dondequiera que vague el día, de Ada Soriano: la belleza de la elevación

Son versos que, desde de una profundísima sencillez, nos transmiten una eximente verdad con la que interrumpir la falsa razón del desaliento.

Dondequiera que vague el día, de Ada Soriano: la belleza de la elevación
Portada y contraportada del poemario de Ada Soriano  Dondequiera que vague el día. / Mundiario
Portada y contraportada del poemario de Ada Soriano Dondequiera que vague el día. / Mundiario

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Javier Puig

Javier Puig

El autor, JAVIER PUIG, es colaborador de MUNDIARIO. Es articulista de literatura y cine. Escritor de poemas y relatos. @mundiario

Con Dondequiera que vague el día, su último poemario, editado por Ars Poética, la oriolana Ada Soriano da un paso más en su consolidación como excelente poeta, capaz de crear universos muy sugestivos, desde unas palabras medidas magistralmente, con un tono de alcanzada serenidad, para regresar siempre, sin repetirse, a la alta aparición de lo bello. Como en su libro anterior, Cruzar el cielo, aquí también tiende a fijarse en los grandes espacios salvíficos, a orientarse hacia unos asideros, que no por impalpables, por lejanos o incomprensibles, dejan de ser reales. Es el rescate de las acalladas expresiones del mundo superior, halladas tras el murmullo acuciante.

En una buena parte de los poemas, lo que acontece, lejos de las inmediatas vicisitudes, es el dinámico marco del día. La poesía es la herramienta que suspende lo excelso sobre la pertinacia de lo plomizo, la certificación de una naturaleza ingente pero asumible, con sus ritmos sosegados, indiferentes a cualquier pensamiento que no sea la remota idea de su inicio. Los versos se instalan en ese tranquilo dominio. Es un devoto ejercicio de observación en el que el foco se demora en el tránsito de la luz, en su cíclico periplo; en esa luz que es anunciada inconstancia: “Luz que se aleja / y me compensa con harapos, / identidad fragmentada. / Luz que me asiste y me vence/ y me deja al amparo/ de una sombra, / mi sombra”.

Es esta una poesía sosegada, que avanza con la puntual templanza de lo que se sabe a salvo, residente en el lugar justo donde precariamente impera la resistencia a la fugacidad. La plenitud es hallada aquí en lo impermanente y se pronuncia en la fusión veraz: “Así, / recostada, / soy parte de la exposición / que brota de la tierra”. Es la mirada alcanzada, desligada ya de la acuciante ansiedad: “Invoqué a la montaña / con la única intención de observarla”. Lo que ha de prevalecer es la belleza: “Admiro la belleza de la nube, / su paso lento y cadencioso…Admiro a la nube iridiscente, / cósmica opacidad de la niebla”.  Se invoca la licitud del reposo: “Admiro la belleza de la nube/ y su silencio, / el sagrado silencio/ de las nubes en calma.” Es preciso apartarse del barullo, acceder a la perspectiva comprensora, al atisbo de la utopía de una existencia incólume: “Qué dicha poder contemplar/ el mundo desde arriba: / el nexo que une y desune.” Es la belleza como búsqueda del acogimiento incorruptible, la asunción de la sencillez como verdad revelada: “La manzana está ahí, / desnuda en su rama”. Y es la admiración de lo eterno, con sus indubitables rumbos que se elevan sobre el mundo fortuito; la auscultación de ese gran silencio que alberga los sonidos de las luchas que nacen de nuevos anonimatos.

La naturaleza es invocada aquí como una imposición deseada, una distancia que une, una totalidad que diluye las mezquinas contradicciones: “Bajo su luz, / qué hermoso el mar, / cielo invertido. / Luz que hierve y apacigua, / fulgor, / ligadura de estrellas”. Pero a veces la luz no es suficiente y la naturaleza muestra a sus hijas dispares, sus aviesas pequeñeces: “A pesar de la insistencia / de esta luz que transita/ por donde transito, / todo se ha vuelto oscuro, / inaccesible”. “Oh tierra donde una música/ ceremoniosa tiñe a golpe de tambor/ la exquisita barbarie / de una naturaleza que impone / sus normas”.

Pero no todo es etéreo en este poemario. También se baja a la rotundidad del impulso primario, a esa otra forma enérgica de naturaleza que es el deseo carnal, con sus inquietantes contrastes. Así, en Deseo: “Ese instante / de espejos, / un sudor de fiebre/ que gotea en la curva/ de unos ojos entornados, / líneas, / finas hendiduras. / Este momento en el que sueño/ es una fantasía de tactos, / palabras, / ecos, /palabras, /cuerpos anudados, / desgastados por la fricción”. En Entrega, Ada Soriano vuelve a mostrar su habilidad poética para transmitir lo sensual: “Colisión de caderas/ y dinámica de fluidos/ mientras de sus bocas emergía/ una pulsión de alientos, / la innecesaria vocalización.” Pero, en última instancia, no es un erotismo feliz, plenamente cumplido, sino que siempre acontece la disrupción: “Estaba cerca la puerta. / Tan cerca/ que fue inevitable resistirse/ al volcánico oleaje”. Lo que, en el siguiente poema, Arrebato, se confirma: “Y sucumbieron en una lluvia de besos, pero cada uno portaba una máscara/ con la furia del desconocimiento.”

La autora nos presenta la ciudad como contraposición al ilimitado espacio que alivia de lo laberíntico; la ciudad casi extraña, confusamente antagónica, perturbadora: “Mi ciudad es un animal hambriento. / A la intemperie/ soy presa de sus desvelos.” Y, frente a ella, la naturaleza que diluye la lacerante individualidad: “Pero la niebla del bosque/ es comprensiva. / Me envuelve en su tenue humedad/ y comparte conmigo / un sereno entusiasmo”. Queda el refugio de la casa, aunque a veces es cárcel: “Un lugar sin salida es mi refugio”. Y ahora se dicen estos versos sobrecogedores: “En las horas oscuras, / cuando todos duermen, / solo yo los veo, / solo yo los sueño”.

En el poema Dondequiera que vague el día, la autora hace un recorrido por distintos escenarios del mundo. Lo inicia en la gran ciudad, con su cultura, su mezcla de opulencia y de miseria, y lo  contrasta con el mundo natural, no muy lejano, pero escindido irremisiblemente del ámbito urbano. La decantación hacia lo rural, hacia lo intacto, como mundo perdido y deseable, es clara: “Oh vientres maternales/ que danzáis cerca de los arroyos. / No permitid que el hombre/ os arrebate vuestro brillo. / No os rindáis ante la luz/ impostada de las ciudades”. El poema termina con reminiscencias teresianas: “Dondequiera que vague el día/ y la noche desmesurada, / nada os aflija, / nada os turbe”.

En Tus ojos hay una confrontación amorosa, con el deseado afecto y el inevitable dolor, que apenas se separan:   “Miro tus ojos y me atormentan/ los miedos que te asaltan, / los miedos que me asaltan.”

La parte final, esas piezas separadas que llevan por título Seis poemas delicados, sin embargo no está desligada del resto del libro, a no ser por algunos registros, como en el poema Punto de vista, que aborda lo humorístico. Ahora, se ahonda más en ese refugio recurrente, que es la casa, y se descubre su insuficiencia: “Luna que exploras el mundo: / ya no me consuela la seguridad / de este escondrijo/ desde el que procuro ir más lejos/ de lo que el ojo ve.” Se sobrevive desistiendo de la plenitud: “Porque me lanzaron a la tierra/ con el oxígeno restringido, / sobrevivo en mi invernadero.” Las elevaciones a las que hacía referencia en la primera parte del libro, ahora no se mantienen: “Me han vuelto a robar/ aquellas elevaciones/ en las que mi levedad, / mi cuerpo etéreo, / se regocijaba y se conformaba”. Pero vuelve a ser la hora de rehabilitarse, de posponer la derrota definitiva: “Quiero recomponerme, /retirar el hielo del páramo/ y recobrar el aliento. / Hilo y aguja/ para remendar las fisuras/ de mi sombra que pasa”.

Dondequiera que vague el día es otra lograda muestra del reconocible mundo poético creado por Ada Soriano, la afirmación de la amplitud de la existencia más allá de la voracidad de los apremios. Son versos que, desde de una profundísima sencillez, nos transmiten una eximente verdad con la que interrumpir la falsa razón del desaliento, una consistente armonía que acoge al lector en la frágil levedad de una incognoscible belleza. @mundiario