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MUNDIARIO

¿Dónde está el pensamiento?

A menudo ciertos términos se convierten en meras palabras cliché, esto es, en expresiones que siendo muy simples obligan al público a acatar todo planteamiento que procede a posteriori, por muy reduccionista que sea y aunque denoste cualquier atisbo de debate sobre las consecuencias que lleva implícita una acción situada bajo este paraguas léxico.
¿Dónde está el pensamiento?
Ajedrez. / PIxabay
Ajedrez. / PIxabay

Matías Membiela-Pollán

Profesor de economía.

Hace unos días leía una entrevista al escritor Pérez-Reverte en la que señalaba con agudeza que las generaciones políticas actuales carecen de solvencia intelectual y recurren a argumentos fáciles con el fin de suplir dicha carencia; indicando asimismo que la Guerra Civil es perfecta para el caso.

Estoy de acuerdo con lo que expresa Pérez Reverte, sumando por mi parte que además de carecer de ideas, los políticos huyen intencionadamente de cualquier debate o aproximación práctica que tenga que ver con el mundo del Pensamiento. En ellos prima la palabra fácil, el vocablo cliché, absolutista y amedrentador, con el que tratan de cerrar cualquier cuestión por el atajo de la coacción del miedo —el señalamiento, el encasillamiento, y la potencial puesta en peligro de la tranquilidad vital de la persona—.

La citada entrevista a Pérez-Reverte me hizo recordar un texto que había leído recientemente. Se trata de la presentación de la colección Grandes Pensadores de la Editorial Gredos. Y es que un día, tomé uno de los cincuenta ejemplares que la componen y leí el texto introductorio de Emilio Lledó, reputado filósofo y miembro de la Real Academia Española. Se titulaba, se titula, "En compañía de los clásicos", y siendo breve no tiene desperdicio. Transcribiré, sin ánimo de extenderme, dos párrafos que considero de vital importancia. Escribe Lledó: "El pensamiento filosófico no es, pues, una visión fuera de la realidad. Esa primera mirada con la que se inició la filosofía era una reflexión crítica, un análisis, una indagación sobre los fundamentos de la realidad que nos circunda, del cuerpo que nos sostiene, de cómo se han formado nuestras ideas, de por qué pensamos lo que pensamos, por qué somos lo que somos. Junto a ello, ese maravilloso mundo de los conceptos que fundan la cultura: la Verdad, la Justicia, el Bien, la Belleza".

Y continúa: "Es admirable (...) el empeño por promover la lectura de los clásicos de la filosofía. Sobre todo en estos tiempos en que se ha alejado, casi impedido, su estudio en la formación de nuestros jóvenes. Este desapego de las humanidades es una agresión al enriquecimiento intelectual, a la libertad y el cultivo —la cultura— del sentido crítico necesario en toda sociedad verdaderamente democrática".

A mi entender resulta esencial reseñar esta última aseveración, "el sentido crítico necesario en toda sociedad verdaderamente democrática". Y es que retomando el comienzo del presente texto, me atrevo a decir, y aquí podría saltar alguna hiena, que términos como democracia, libertad e igualdad, que de inicio tienen sustrato positivo, en ocasiones se convierten en meras palabras cliché, esto es, en expresiones que siendo muy simples obligan al público a acatar todo planteamiento que procede a posteriori, por muy reduccionista que sea y aunque denoste cualquier atisbo de debate sobre las consecuencias que lleva implícita una acción situada bajo este paraguas léxico.

Nos situamos pues, muy a menudo, ante un comportamiento sofista de las generaciones políticas actuales, pero también de los más variados agentes sociales. Sofista es, según el Diccionario Herder de Filosofía (1983), el que enseña sofismas, y sofisma es el raciocinio carente de consecuencia lógica, un raciocinio vicioso aparentemente concluyente. Autores como Platón y Aristóteles criticaron con fuerza a los sofistas señalando sus trampas dialécticas y la intencionalidad de enseñar la (supuesta) virtud y "captar" almas por medio del atajo y del argumento engañoso.

Volviendo al inicio del presente artículo, el sofisma está en la elusión del razonamiento, en la elusión del debate intelectual, en la elusión del análisis de las consecuencias de las proposiciones y actuaciones político-mediáticas. Y en recurrir a argumentos fáciles y en muchas ocasiones peligrosos, como expresa Pérez-Reverte, con el ánimo de suplir planteamientos e ideales más elevados. @mundiario