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MUNDIARIO

Sobre Donde arraiga destierro, de José Manuel Ramón

En Donde arraiga destierro aguarda algo más que una simple lectura: una superación de los esquemas, la propuesta de una experiencia que, en sus sólidos versos, empieza a tener lugar.

Sobre Donde arraiga destierro, de José Manuel Ramón
Cubierta del último poemario de José Manuel Ramón y retrato del mismo.
Cubierta del último poemario de José Manuel Ramón y retrato del mismo.

La poesía de José Manuel Ramón no es fácil, no acoge de inmediato a lectores neófitos. Sin embargo, cumple con su valiosa promesa ante quien acepta ese periodo de asimilación de un lenguaje distinto, el que mejor y más directamente incide en la imagen de un sentimiento vencido, que insiste en explorar lo sutil. Su discurrir se orienta a través de senderos apenas hollados, tal vez por esa “senda honda” que dio título a un anterior poemario. Se sirve de una sintaxis rota, de una mirada sin asideros, sin límites, de ritmos inéditos conseguidos a través de palabras sincopadas, cuyas sílabas o letras a veces se desgranan, se precipitan, incluso en vertical cascada. Para eliminar cualquier rastro de retórica, se omiten artículos, preposiciones, signos; así se acomete una lectura que exige la comprensión de una voz desnuda que muestra las vísceras de un cuerpo tan correspondiente como extraño.

Donde arraiga destierro es su último poemario, la segunda entrega de La trilogía de la reencarnación. Nos hallamos ante un borboteo de palabras que intentan, más que nombrar, ser ellas mismas un propio decir, la composición de un universo intangible que remite a las ancestrales pulsiones del dolor. Son palabras ascendidas desde un profundo lugar, suspendidas sobre un territorio de sombras infalibles. Y no hay asomo explicativo, sino sucinta muestra de lo secreto, conato de revelación, mirada que no se pliega a la luz silenciosa y amenazante.

Hay que desperezarse de la comodidad que aqueja al rutinario lector, empobrecido por lo redundante, para acoger este osado lenguaje que busca la descripción imposible. Y no hay que esperar la confirmación de lo que, a veces, parecen predecir las palabras, sino de lo genuino que brota de ellas. No es posible alcanzar el mensaje que no existe como tal, si acaso como abundancia de lo extremo. La duda del lector, su desorientación, es condición primera para alcanzar esa proposición de lo inédito. Es esta una oportunidad fresca, que nos invita a elevar el vuelo sobre el dictamen de lo previsible.

El tono de estos versos tiene siempre algo de exclamación, requiere de una voz que resuene para medir, en el vacío, el tamaño de lo aprehensible. Sus imágenes denotan una secreta transparencia, una denodada búsqueda de las imbricaciones que atañen a la disparidad del ser. Su decir se acerca a la evolución que encuentra lo primario, deconstruido para su pureza, traducción de los destellos que inquieren un sometimiento a sus símbolos, las llagas requeridas por el dolor aún no sublimado. A veces, las palabras se prodigan en embriagada suficiencia de belleza, pero se intuye detrás una difícil cohesión de lo complejo, un vislumbre de los antecedentes, de un preciso sentimiento, descubierto más allá de lo individualizado.

Recorre estos poemas el pálpito de lo sideral y lo atávico; la clarividencia de la tierra y la huella humana; el atisbo del misterio, el paisaje iluminado por una luz filtrada por una íntima obstinación, la de quien no admite lo paliativo para expresar lo perpetuo, ese dolor genérico que tan bien se expresa, como aquí: “Drenamos / pústulas de ignorancia / sobrevenidas de muy lejos / dolencias con las que se sufre / aprende    vive / o muere / brotes / de durísimo color / que en la psique dejan señal indeleble / por ungir la tierra y proteger / su legado..” Es la posición que hace la vida más extensa, la superación de la medida del tiempo, la capacidad para advertir el transcurso de lo absoluto: “Cuánto / dolor y esfuerzo / y tan ajenos a la vasta dimensión / qué pronto envejece el cuerpo / y qué insuficiente una vida / para tamaña empresa / evolutiva”.

Leer a José Manuel Ramón no es un mero acto de lo cotidiano, sino una penetración a través de la fisura que alcanza la claridad de lo inmenso, una música sin miedo a desdecirse en cada nota que pretende afirmar la rotundidad de un paisaje, el que une el trasfondo interior que quiere superar lo propio, ampliarlo hasta la contenida remisión de lo inabarcable. En Donde arraiga destierro aguarda algo más que una simple lectura: una superación de los esquemas, la propuesta de una experiencia que, en sus sólidos versos, empieza a tener lugar. @mundiario