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El escritor Don DeLillo reflexiona sobre el magnicidio en su novela Libra

“Todas las conspiraciones representan la misma historia de hombres que encuentran coherencia en un acto delictivo”, escribe el autor americano.

El escritor Don DeLillo reflexiona sobre el magnicidio en su novela Libra
Libra, de Don DeLillo./ Emma Young Writes
Libra, de Don DeLillo./ Emma Young Writes

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Ulises Novo

Ulises Novo

El autor, ULISES NOVO, colabora en MUNDIARIO y es escritor. @mundiario

Publicada en el 88, Libra obedece a uno de los tabúes que han hecho de la Historia de Estados Unidos una especie de épica sumida en lo masónico y en lo místico.

La obra de DeLillo explica el entramado policial y paramilitar que desembocó en el asesinato de JFK sin evitar esa necesidad de construir una novela total para reflejar precisamente lo épico de este episodio.

El autor americano no rehuye de sus particulares obsesiones y de un estilo sobrio , no exento de lirismo en algunos momentos. ¿Qué obsesiones persiguen a DeLillo en esta obra? Sin duda, las concatenaciones que se dieron en la trayectoria vital del supuesto asesino de Kennedy, Lee Harvey Oswald, un adolescente con problemas, carente de una protección segura, donde su madre hizo hasta donde pudo, dentro de sus posibilidades.

Su posterior incursión en el comunismo y el desarrollo de una madurez envuelta en una trama de oscuros intereses políticos lo conducen a ser uno de los protagonistas de un magnicidio que cambió el curso de los acontecimientos en Estados Unidos. En DeLillo las obsesiones se convierten en una historia y, en este caso, un antihéroe como Oswald merece su particular Quijote.

Como el propio DeLillo declara al final de su obra, su relato es pura ficción. Sin embargo, el realismo de algunos pasajes y la sólida configuración psicológica de los personajes nos conducen a entender esta novela como un documento bastante verosímil acerca de las decisiones políticas que se tomaron al margen de leyes y administraciones para llevar a cabo la muerte del Presidente. La lasitud de Kennedy con el comunismo, el resentimiento de espías y agentes desahuciados tras años de servicio y una necesidad coral de dejar claro que los ídolos no pueden regir el futuro de la nación americana vibran en cada capítulo de esta historia.

Lo que caracteriza a esta novela, como a tantas otras de DeLillo, es la sensación de caos continuo que el escritor provoca para crear relatos dentro de la propia novela, como si la historia de Oswald fuese el pretexto o el marco para tratar la decadencia de unos personajes, apátridas, que conocen perfectamente la podredumbre y los fallos del sistema democrático, una generación perdida de espías, soldados y agentes que quedaron en el olvido tras la Segunda Guerra Mundial y que necesariamente tienen la voluntad de volver a formar parte del destino de una sociedad.

En las primeras páginas de la novela, el autor lo deja claro: “Hay un mundo dentro del mundo”. Por esa razón, el lector tiene la licencia para perderse en esas crónicas de las que el propio autor lo rescatará cuando convenga. La biografía de la madre de Oswald y la trayectoria militar de quienes planifican el atentado se fusiona con la propia historia de Lee, una historia que, por momentos llega a ser intrépida y, en otros momentos, demasiado corriente, demasiado cívica, como si el autor quisiera dejar claro aquella tesis de Arendt; la vulgaridad y la banalidad gobiernan la violencia.

Sin embargo, creo que DeLillo va más lejos. Hay un trasunto místico detrás de esa aparente trivialidad, que nos dice que el crimen en un acto heroico y estéticamente necesario para reafirmar la gloria del pasado y la del futuro de una comunidad.

Los espacios y sus anodinas atmósferas son otras de esas obsesiones con las que DeLillo disfruta, como si en la descripción de acciones insulsas y triviales el personaje se descubriese tal y como es. La autenticidad de sus actores radica en la monotonía de sus costumbres, en una falta de vigor que se perdió en el pasado y que, en el presente, se descubre como un puro rescoldo, pero que es capaz de incendiar todavía un bosque.

En Libra, todos los personajes están enfermos de una nostalgia épica que ya no va a regresar y esa nostalgia justifica en parte el asesinato de JFK en aras de un futuro mucho más prometedor. DeLillo es lo suficientemente inteligente para dejarnos claro que Oswald estuvo allí, pero no llegamos a saber si fue él quien apretó el gatillo; la novela sostiene la participación coral en el atentado, pero todas las preguntas y cabos sueltos que podemos formular en torno a Oswald son las que la madre, delante del juez, va contestando al final de la novela, defendiendo la inocencia de su hijo; respuestas que declaran la desprotección y la manipulación a la que se puede someter un sujeto si ha perdido todo afecto desde su infancia.

El posterior asesinato de Oswald es una muerte planificada. Es la muerte de la heroicidad para quienes quisieron ver en la desaparición de JFK una hazaña, un cambio evolutivo en las vidas americanas.

La muerte de Oswald es la muerte de la simplicidad, la constatación de que los grandes acontecimientos están trabados en reflejos de espejos, atrapados en laberintos inescrutables donde se pierde la pista del origen o del motor que los impulsa. Libra es la culminación de un proceso de inextricables redes, de un cúmulo de desavenencias entre varios personajes que la sociedad había descartado de visibilidad, de una imbricación de celos y recelos personales que ascienden a lo político, sosteniendo una vez más que los modelos o los sistemas políticos no rigen el mundo por sí mismos, sino que lo hacen las personas, mejor dicho, sus demonios.

Me quedo con una magnífica frase de la novela donde DeLillo parece resumir el propósito de la novela: “Todas las conspiraciones representan la misma historia de hombres que encuentran coherencia en un acto delictivo”.

Amén.