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MUNDIARIO

Don DeLillo debate sobre la conveniencia de la eutanasia en Cero K

La novela Cero K es una reflexión sobre las consecuencias sociales y morales de una muerte programada dentro de los temas que obsesionan a Don DeLillo.

Don DeLillo debate sobre la conveniencia de la eutanasia en Cero K
Cero K./
Cero K./

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Ulises Novo

Ulises Novo

El autor, ULISES NOVO, colabora en MUNDIARIO y es escritor. @mundiario

Si me adentro en el mundo narrativo de Don DeLillo, lo hago con la pasión de ser rebasado por un lenguaje literario inimitable.

El autor americano consigue lo que solo han hecho los grandes clásicos; su literatura es un género literario.

Su obra Cero K, publicada en Seix Barral, refiere los tópicos que tanto obsesionan a Don DeLillo (terrorismo, tecnología, el arte, la necesidad de desaparecer, ...), pero se introduce un novedoso aspecto que particularmente resulta fascinante por la inquietud que genera en el desarrollo del argumento: el espacio como protagonista.

El padre de Jeffrey Lockhart, Ross, es inversor de un centro donde se criogeniza a gente enferma con la intención de que, en el futuro, la Medicina pueda curarlos. Jeffrey se reencuentra con su padre para consolarlo, pues la nueva mujer de este se va a someter al tratamiento. A partir de este motivo, se genera toda una especulación sobre la conveniencia moral de sobrevivir a los estragos de la vida hasta la consumación de la muerte o evitar el sufrimiento a través de esa hibernación prolongada.

El problema comienza cuando Ross decide acompañar en ese viaje a su nueva esposa y su hijo se niega a aceptarlo. La memoria del pasado, acuciante y frenética en la mente de Jeffrey, se desata como un lastre, como una clara forma de manifestar el distanciamiento afectivo hacia su padre y hacia su propio mundo dentro de un espacio blanco, completamente blanco, tan inspirador en sus descripciones como claustrofóbico.

DeLillo logra recuperar los visos futuristas de las mejores novelas de Philip. K. Dick o de películas como Soylent Green, de Richard Fleischer, con la intención de insistir en la homogeneización de las conductas en un futuro que es ya presente, donde lo humano ha quedado rebasado por la puridad y la templanza de una tecnología que, a través de sus automatismos, resta cualquier atisbo de creación o impulsividad en nuestras sociedades.

Lo más paradójico es esa recreación minuciosa del laberinto que representa la propia empresa, pues el interior del edificio es un viaje a los infiernos, un descenso casi mortal hacia la indefinición de lo humano, hacia la consciente desaparición de una especie ya que cientos de seres humanos duermen en Cero K, ajenos al mundo, ajenos a su propia voluntad de existir para sufrir y arriesgarse ante los avatares del futuro.

Cuando se describen estos momentos de inacción aparente, el lector tiene la sensación de estar visitando la sala de un museo contemporáneo, donde las esculturas e instalaciones de Damien Hirst o Don Brown describen la soledad de un ser humano que, a pesar de vivir en las grandes urbes, deambula en su propio individualismo, elemento ancilar para que las políticas neoliberales funcionen.

Ese aparente elogio de la asepsia y el escepticismo que se vislumbra a través de los personajes de Cero K nos trasladan a esa crisis identitaria que Don DeLillo construye desde el convencimiento de que materialismo y ética hace mucho tiempo que son una misma cosa.