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MUNDIARIO

La dificultad de ser padre e hijo vista desde la óptica kafkiana

Cuando leía "Carta al padre", de Kafka, pensaba: ¡Bien, Franz, bien! Y me iba imaginando a ese señor tan desvalorizante, leyendo lo que al fin, el  talentoso de su hijo, no el insecto, se había animado a tirarle encima.
La dificultad de ser padre e hijo vista desde la óptica kafkiana
Carta al padre, de Franz Kafka.
Carta al padre, de Franz Kafka.

Vicky Rego

Escritora.

No hay nada mejor que poder decirle a la madre  —o al padre—, antes de que ya no nos pueda escuchar, todo lo que nos hizo mal.  “Madre hay una sola”, dice el tango. Por suerte, para muchos.

Ser padres no es fácil, ser hijo tampoco. Y se crece, a los tumbos, como se puede. Hasta el padre perfecto se hace pesado. No hay con qué darle. Su hija nunca encontrará un hombre que lo iguale. Y para el hijo es un ejemplo demasiado alto a seguir. En algún momento hay que cortar, desprenderse y decir: no quiero ser como ella, soy distinta. O jamás seré médico o abogado, como él.

Por suerte para nosotros, Beethoven obedeció al músico frustrado que lo engendró, su arte sobrevivió a su alcoholismo y a las exigencias de ser despertado, a los siete años,  en la mitad de la noche, para impresionar a los invitados.

Nunca le podría haber dicho a mamá todas las cosas que me molestaron de ella, mucho menos lo mal que me hacía su tristeza, su posición de víctima. El escándalo habría asfixiado el diálogo.

Cuando ese enfrentamiento se produce, pasa algo mágico: la distancia se acorta, los padres caen del ridículo pedestal en el que los habían puesto, el hijo sube. Desaparece el miedo. El hijo se suelta de todas las equivocaciones que cuestionaba, vuela. Y empieza una nueva relación que se enriquece con la aceptación mutua.

Cuando leía "Carta al padre", de Kafka, pensaba: ¡Bien, Franz, bien! Y me iba imaginando a ese señor tan desvalorizante, leyendo lo que al fin, el  talentoso de su hijo, no el insecto,  se había animado a tirarle encima, todo de una vez: “Tú me preguntaste hace poco por qué tenía miedo de ti. Como de costumbre, no pude responderte…”, comienza la carta desesperada donde hay un intento vano de comprender esa relación mezcla de admiración y repulsión,  miedo y  amor, respeto y  desprecio.

Qué desilusión enterarme de que jamás fue enviada a su destinatario.

Me consoló pensar en la catarsis de Franz, en que tal vez se sintió más liviano cuando descargó todo en un papel, sin siquiera tener la intención de publicarlo.