Los Diarios de Rafael Chirbes, una obra testimonial y complementaria

Detalle de la portada de los Diarios de Chirbes y retrato del autor
Detalle de la portada de los Diarios de Chirbes y retrato del autor. / Mundiario
Lo que prevalece es la relación de Chirbes consigo mismo, con los libros, las películas, su trabajo; en definitiva, con su intimidad, con una vida referida más de puertas adentro
Los Diarios de Rafael Chirbes, una obra testimonial y complementaria

Estos Diarios de Rafael Chirbes que se publican ahora —en un primer tomo de los tres previstos— parece ser que estaban preparados por el autor para su publicación, aunque no he visto la aclaración de si este la programó, desde siempre, para después de su fallecimiento, o simplemente la iba posponiendo por alguna razón, por alguna cautela o pudor. En cualquier caso, al leerlos, se me ocurren dos motivos para diferirla: la descripción, sin remilgos, de algunas facetas de su vida sexual y las opiniones durísimas que vierte sobre algunos libros de autores españoles coetáneos.

En cuanto al primer motivo, quiero huir del puritanismo, pero tal vez no lo haga del todo al preguntarme qué necesidad tenía de referir con detalle algunos encuentros degradantes. Porque él mismo los consideraba así: “Lo que me excita y lo que me degrada van en mí de la mano”. Aquí, de alguna forma, se identifica con Gil de Biedma, al que parece tendría muy presente por las sórdidas revelaciones que hay en sus diarios. En cuanto a las críticas a sus coetáneos, es obvio que el problema no era que no quisiera herirlos a ellos, pues entonces la condición para hacerlas públicas es que estos hubieran muerto, sino librarse en vida de su enemistad, de tener que responder o callar ante sus reacciones o las de sus defensores. ¿Hubo cobardía entonces? Es posible que sí, pero sigo preguntándome: ¿era necesario que supiéramos esas opiniones que no son las del crítico sino las de un lector que escribe y que, por deformación, aplica a los demás el baremo de calidad que ha creado para sí mismo? Y, por otra parte, ¿era necesario exponer tanto su reputación visibilizando sus degradaciones sexuales?

Finalmente, me convenzo de que tal vez sí. De hecho, a mí, al menos, apenas me parecen significativas esas indiscreciones. Por los diferentes signos que capto en sus escritos y por lo que el escritor manifiesta en las entrevistas o charlas, parece que fue hombre que procuró siempre la honestidad —consigo mismo y con los demás—, y que, siendo un personaje público, seguramente consideró que debía completar con sus sombras —en la medida que se lo permitía su valor— su imagen de autor reconocido, de hombre impoluto, denunciador de las corrupciones y las falsedades. En cuanto a las críticas vertidas sobre los libros de esos compañeros de profesión, tan homogéneamente alabados por otro lado, habría que decir a su favor que el autor valenciano no es de aquellos que defenestraba un libro sin haberlo leído o apenas, sino que siempre demostraba haberse introducido en él hasta estar convencido de sus propios argumentos.

El problema de los diarios es que precisarían de una visión complementaria que aportase los datos necesarios para poder realizar un completo diagnóstico, para poder opinar sobre un momento de la vida de quien nos la está contando sin importarle las omisiones, centrándose tan solo en la descripción de unos hechos concretos, de unas pocas piezas sueltas de un puzle que nosotros no vamos a poder completar. Así, en el episodio de su depresión, hacia 2002/2003, el único dato que nos asiste es el de su soledad en su casa de campo, en Beniarbeig, pero también que, durante ese tiempo, estaba construyendo su novela Los viejos amigos, de la que dudaba mucho al principio, en 2001: “Así que presiento que será una novela obligada; es decir, que me estoy obligando a escribir una novela para no dejar de ser escritor. Lo pagará el libro. Además, casualmente, también esta vez, como aquella (se refiere a En la lucha final) tengo el título por anticipado”. Y no le parece un buen síntoma saber ya el título, porque, en los mejores casos: “Ha hecho falta que ellos, los propios libros, me contaran a mí el tema para que me diera cuenta del título”.

Da la casualidad de que Los viejos amigos es la única novela que he leído de él. Lo hice hace siete años y sobre ella escribí un artículo que terminaba así: “Todo ello lo expresa Rafael Chirbes en una prosa intensa, mezcla de lirismos inusitados, de realismos sucios y de profundizaciones fidedignas. Los viejos amigos es una novela que envuelve al lector en un derroche de dura intimidad, lo cita en recodos nocturnos, lo somete a confidencias que desbrozan los largos tránsitos de la realidad. Es un relato desesperanzado que hay que rebatir, pero no desde la censura o la insensibilidad, sino desde el esfuerzo por crear una luz vivificante, hasta hacerla verdadera”. Desesperanzado, sí, pero tal vez no lo suficiente para que él quedara tan impregnado.

El hecho de que Chirbes revisara en varias ocasiones los textos de estos cuadernos, confiere a estos diarios una calidad literaria importante, así como —intuyo— favoreció una selección efectuada con el objeto de eliminar esas reiteraciones que tanto cansan en otros diarios. Por otra parte, ese amplio transcurso de tiempo (en esta primera entrega, el correspondiente al periodo 1985/2005) se traduce en una sucesión de diferentes enfoques a la hora de realizar sus anotaciones que, a la postre, utilizan las numerosas posibilidades del género. Así, si en la primera parte abundan las descripciones de la vida sentimental y sexual, y los comentarios de libros efectuados con una intención de aprendizaje; en la segunda parte nos encontramos con algunas páginas narrativas que me recuerdan al Trapiello que más me gusta, aquel que introduce el humor que desvela la ridiculez de muchas manifestaciones del social ámbito literario. En cuanto a su vida personal, son escasos los apuntes que conciernan a otros seres humanos —salvo la insistencia en los avatares emocionales de su relación con François—, sino que abundan los que se refieren a su oscilante estado anímico. Exceptuando esas páginas que describen una gira por Alemania, no hay referencias a la típica vida literaria. No se describen amistades con colegas, no hay tertulias, ni esas rencillas que tanto abundan en otros, aunque sí, muy de pasada, su creencia en una especie de cofradía de ambiciosos nutriéndose recíprocamente de lisonjas del otro, de las que hay que llevar la cuenta para que no se produzcan desajustes imperdonables. Lo que prevalece es la relación de Chirbes consigo mismo, con los libros, las películas, su trabajo; en definitiva, con su intimidad, con una vida referida más de puertas adentro, en ese recogerse en sí mismo tras viajes que está poco interesado en relatar.     

Las páginas que más me han emocionado del libro son aquellas en las que narra las fuertes impresiones que recibe de un reencuentro con antiguos alumnos, sus melancólicas descripciones del paso del tiempo en ellos y, especialmente, su conversación con un antiguo amigo, ahora mortalmente derrotado por la desesperanza. Aquí Chirbes se acerca al texto más estrictamente literario, el que intenta describir de forma profunda todo el arco de una vivencia experimentada desde el impacto de una descarnada humanidad.   

No faltan sus críticas políticas, sobre todo al PSOE, al que considera poco menos que un suplantador del espíritu revolucionario que quedó definitivamente sepultado tras el paso previo de una tramposa Transición que acogió todo tipo de traiciones. Aunque, por otra parte, él, marxista convencido, no se muestra en absoluto admirador de las caricaturas comunistas que se han ido instalado en diferentes puntos del mundo.

Aunque narra muchas vivencias, parece que lo hace más como espectador, del suceso o de la persona, que de una forma introspectiva. En cualquier caso, a él lo vemos en el reflejo de los otros, de lo otro, salvo en esa ocasión, la de la depresión, en la que se mira directa, insistentemente al ombligo: “El sufrimiento te vuelve intransigente, cruel; quieres que todo el mundo tenga su ración de dolor. Líbranos Dios de los que sufren, pienso. No soy nada. Cualquiera puede meterse en tu vida y destrozarte, convertirte en un trapo. Cada novela que he escrito me ha dejado más solo”. Como bien dice Marta Sanz en uno de los dos prólogos (el otro, también muy interesante, es de Fernando Valls): “Rafael Chirbes sufre una tensión constante entre el deseo misántropo, la búsqueda de la soledad imprescindible para la construcción literaria, el miedo a la invasión y la necesidad de amar y ser amado”.

No me parece que el novelista valenciano escribiera estos diarios con un afán de imponer una imagen propia en una dirección determinada, como póstumo acto del ego. Más bien entiendo estas páginas como una parte de su obra, en la que cupiera aquello que no podía encajar en sus novelas y necesitaba pensar y decir. Y es que, no todo lo que uno siente, lo que es importante, se puede insertar en un personaje de novela. Viendo a Chirbes en los vídeos que circulan por YouTube, uno se encuentra con una imagen más afable que la que destilan estos apuntes de un hombre absorto en sus propias palpitaciones literarias, pocas veces registrando la transfusión de un mundo rigurosamente real.

Al leer estos cuadernos es como si estuviera observando el lugar de trabajo de Chirbes, el de la aclaración de ideas y de algunas de sus pulsiones o sentimientos. Felizmente, ese contenido íntimo tiene un gran interés para el lector, porque va mucho más allá del cotilleo al que se prestan algunas de sus páginas, algunos pasajes fácilmente abordables desde una posición morbosa. Estos Diarios, A ratos perdido I y II, se revelan como un libro muy aprovechable en cuanto a propuesta de discusión de las ideas expuestas, como ejercicio de aproximación a los sentimientos mostrados o sugeridos. Y, como todo diario, este no deja de ser una visión parcial que el autor construye de sí mismo, que aquí no me parece especialmente narcisista o planificada, sino que sus diferentes entradas suman el íntimo reflejo que registra de una mirada muy amplia, su aprovechamiento como escritor a tiempo completo. @mundiario

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