Diario de un cura rural, la prodigiosa sutileza del cine de Robert Bresson

Fotograma de la película de Robert Bresson, Diario de un cura rural.
Fotograma de Diario de un cura rural, la película de Robert Bresson.

Apoyado en las páginas del diario, va devanando la historia en su estilo minucioso, en una sutil conexión de planos que urde una sucesión reveladora.

Diario de un cura rural, la prodigiosa sutileza del cine de Robert Bresson

Diario de un cura rural (1951) es el tercer largometraje del singular y gran realizador francés Robert Bresson. Su particularidad narrativa empezó a hacerse muy evidente con esta obra que estaba —junto con Mouchette, del mismo director— entre las diez películas favoritas del exigente, y también especial, Andréi Tarkovski. Aquí, la historia se ciñe a la novela del prestigioso novelista George Bernanos, sirviéndose de su excelente prosa, a través de la voz en off que describe los fragmentos del diario que va escribiendo el cura protagonista. Pero no podemos decir que las imágenes no añadan nada, sino, al contrario, que refuerzan y complementan el magnífico texto. Si acaso, dada la incesante elocuencia de las imágenes, se podría haber prescindido de las palabras superpuestas, en aquellos casos en que estas no estaban entre las más relevantes.

Lo primero que aparece en pantalla es el dolorido rostro del protagonista (maravillosamente interpretado por Claude Laydu), ese cura joven que es destinado a su primera parroquia, en un pueblecito francés. Y ya nos quedamos instalados en él, ya no podemos esperar sino agravaciones de su semblante. ¿De qué está hecha la melancolía que aflora en ese rostro demacrado? En principio, de la mala salud, de la preocupación por ella, y por el esfuerzo al que se obliga, en aras de un superior cumplimiento del deber. Pero también denota la merma de eficacia que le supone su impericia; y la animadversión, la inmoralidad asentada en la gran mayoría de los habitantes de ese pueblo.

Una sutil conexión de planos

Robert Bresson, apoyado en las páginas del diario, va devanando la historia en su estilo minucioso, en una sutil conexión de planos que urde una sucesión reveladora; unos retratos que, en sí mismos, denotan las interioridades del alma del protagonista, su pertinaz sombra, su esforzada actitud espiritual, la certeza inicial que choca contra una realidad áspera, que lo tambalea hacia el lado de la fatídica duda.

Nos hallamos ante un cura que, ni en la austera casa parroquial donde vive, puede sentirse lo suficientemente refugiado de un mundo al que se debe, y que tiene que escribir: “Esta mañana lo habría dado todo por una palabra de compasión, de ternura”. La hostilidad la encuentra, diversa, en todos. A su misa diaria solo acude una feligresa. De las niñas que asisten a la catequesis, hay una sola despierta, pero no solo para responder inteligentemente a las cuestiones teológicas sino también para ejercer la malignidad. Su relación con la aristocracia del lugar es compleja y frustrante. Debe enfrentarse a un conde, que lo trata con una cordialidad manchada de suspicaz distancia; a su hija, Chantal, particularmente malvada, que odia a su padre porque lo sabe amante de su institutriz; y a su madre —una mujer sumida en la pena por su hijo muerto—, por consentirlo.

Su único punto de apoyo es el cura de Torcy, una población próxima. Este representa la experiencia de quien lleva muchas décadas ejerciendo su vocación, pero también, a la vez que el cariño profundo, que la comprensión esencial, la dureza que cree que debe aplicar para conseguir que los curas jóvenes ganen en fuerza, en capacidad de sacrificio. “No debéis esperar ser amados y sí que el desorden de hoy vuelva mañana, pues, desgraciadamente, la noche se lleva el trabajo de la víspera”.

El problema de este joven cura es que no aspira a la comodidad, ni a la diplomacia, ni está dispuesto a inhibirse ante los conflictos cruzados, sino que, movido por el afán de inculcar el amor y desactivar los odios, se infiltra allí donde no lo llaman; o, si lo hacen, es esperando de él un papel muy distinto al que se atribuye él de acuerdo con su concepción del deber. Unos pretenden manipularlo; otros, que no sea cuestionada su tradicional inmoralidad. Acaba resultando un intruso. En sus palabras, en sus intenciones, va más allá de las típicas reconvenciones religiosas, aspira siempre a lo máximo, al bien más absoluto, al irreductible amor. Cuando pregunta: “Pero, ¿qué he hecho mal? ¿Qué se me reprocha?” esta es la respuesta que encuentra: “Ser quien es. Y eso no tiene remedio”. Y luego: “La gente no odia su sencillez. Se defiende de ella”.

Muchas de las imágenes que conforman el relato nos muestran al cura solo, en su casa parroquial. Bresson nos las presenta como breves cuadros plenos de vida sufriente. En cada caso, la perspectiva es distinta. La austeridad, la triste penumbra de las estancias, el silencio, y la voz en off de lo que va escribiendo, rodean ese rostro tan apabullado que adquiere la expresión de un martirio. Es la sucesiva imagen de una áspera soledad que apenas se suaviza con los rezos que a veces le cuestan. Además de escucharlos, presenciamos el reflejo de sus pensamientos en la composición de los planos. Lo que escribe en su diario es el escaso desahogo de su padecimiento, la consignación de una continua derrota: “Detrás de mí no había nada, y delante de mí un muro negro”. “Dios se ha alejado de mí, de eso estoy seguro”.

Pero ese cura, pese a su grave enfermedad y las antipatías, cada mañana sale hacia el mundo para cumplir con una durísima tarea, la de hacer frente a ese mal que podría estar encarnado por el diablo. “Hacer frente” es una expresión que se repite en boca de tres personajes: del propio cura, del maduro párroco de Torcy, y de un médico del pueblo, que le dirá al protagonista: “Nosotros tres somos de la misma raza, la que aguanta”. Este hombre finalmente se suicidará. Y esa forma final de vida está muy presente también en la película. El cura tiene miedo de que Chantal se suicide. Por otra parte, en su conversación con la condesa puede haber un equívoco, una invitación a que esta busque reunirse con su hijo muerto. Su inmediato fallecimiento tras esa última e intensa visita, aunque se diagnostique como angina de pecho, deja dudas sobre si no ha habido algún tipo de voluntariedad.

Un cura que intenta reparar los odios enconados        

Los exteriores de esta película son las calles casi siempre vacías, los días nublados, la bicicleta como signo de frugalidad, la lujosa mansión de los condes, en la que la infelicidad también encuentra su sitio. El cura intenta reparar los odios enconados, aunque todo el mundo lo ataque por su inexperiencia o por su desmedida ambición espiritual. Anota: “Estaba atónito. No sé nada sobre las personas y nunca lo sabré”. Pese al extremo peligro del frontal desprecio, de la maldad, él asiste a esos seres que están hechos de mezquindad, de trapos sucios que no quieren airear. Nunca borra a ninguno de su lista, porque su deber es total o no lo es. No obstante, alguna vez cree haber logrado hacer ese bien al que los demás se resisten: “Le entregué la paz. Qué maravilla poder entregar lo que a uno le falta. Un milagro de nuestras manos vacías”.

Ante el agravamiento de su salud, decide visitar a un médico. Viaja a la ciudad de Lille. En el camino a la estación, un primo de Chantal, sobrino del conde, se ofrece a llevarlo en moto. Montado en ella, lo vemos sonreír abiertamente por primera vez: “La juventud está bendecida, pero es un riesgo que hay que correr. Bendito sea ese riesgo”. Ya en la estación, ese joven le habla desde cierta simpatía: “Mi tío le considera un indecente curita de nada. Aunque a usted su opinión le da igual”. Es esa una de las claves. A ese joven cura no le importan las opiniones de los demás, las maledicencias que escucha o intuye a cada paso. Se considera llamado a una misión que no quisiera que tuviese que ser heroica, pero acaba siéndolo. Cuando ese joven le insinúa que está cuestionando el estatus de su privilegiada familia, contesta: “No reprocho su orden, sino su falta de amor”.

Ya en Lille, el dictamen del médico lo conocemos en la forma de una de las geniales elipsis de Bresson. Lo vemos salir de su consulta, si acaso, más compungido que nunca. El médico compasivo le saca la cartera. Lo despide hacia la muerte, porque luego sabremos, en la anotación que realiza en una posada, que tiene un cáncer de estómago terminal. Ya solo le queda buscar una incierta hospitalidad, la de un antiguo compañero de seminario, un cura que dejó su ministerio por motivos de salud. Un hombre escuálido, como él, que ahora avanza por terrenos intelectuales que el cura rural no puede aprobar como razón de su abandono. Hubiera aceptado mejor que el motivo hubiera sido una mujer, como la que ahora pretende acompañarlo. Y es allí, en su casa, donde finalmente acaban sus sufrimientos, por la única vía que le está permitida, por la de la muerte. No obstante, en sus últimas palabras, apenas pronunciadas al oído de su amigo, ya parece haber encontrado una redención. “¡Qué más da! ¡Todo es gracia!”. @mundiario

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