Al leer algo queda

Leer no siempre hace volar la imaginación. / iai tv
Leer no siempre hace volar la imaginación. / iai tv
Leemos para ser mejores, para entender, para sumar a nuestro saber perspectivas distintas, a veces incluso distantes en lo cultural, en lo geográfico o en lo temporal, pero con la predisposición a avanzar, a través de la belleza expresiva, en laberintos de hallazgos filosóficos o sencillamente estéticos.

La memoria y la desmemoria son un gran juego de eternidad. El ser lee y olvida, vuelve a leer, reflexiona, comprende y se permite ya contemplar el mundo con otra perspectiva, con una predisposición hasta entonces solo latente, que le permite instruirse e intuirse como ser racional, como partícipe de un universo abarcable, en un tiempo medible, en unas circunstancias peculiares, privativas, únicas, contextualizado siempre en lo incomprensible, en una existencia inexplicable fuera de la fe o de las religiones construidas, la ciencia dudará siempre y propenderá a nuevos alcances.

Leemos para ser mejores, para entender, para sumar a nuestro saber perspectivas distintas, a veces incluso distantes en lo cultural, en lo geográfico o en lo temporal, pero con la predisposición a avanzar, a través de la belleza expresiva, en laberintos de hallazgos filosóficos o sencillamente estéticos, bordeando los límites del saber humano, exaltándonos con significados requebrantes de lo conocido, sinuosos, atractivos para el ser curioso. Nos movemos guiados por las intuiciones y los saberes ajenos, no pocas veces provocativos, accediendo a matices que siquiera habíamos intuido por nosotros mismos hasta ese afortunado tropiezo.

Leemos para viajar. Acompañamos a quijotes y sanchos en sus amplios divagares entre el desequilibrio psíquico, la lealtad y paisajes reconocibles. Accedemos a aventuras inverosímiles, a la historia, a lo infantil o a lo sublime. Con el solo pasar de hojas nos hacemos eco de otoños siderales, palpitamos con el frío de los Polos, nos precipitamos al centro de la tierra, atravesamos océanos, imaginamos tesoros que buscar, descendemos a los fondos marinos, alcanzamos las estrellas, abrimos ventanas la humor o a la agonía, al canto o a las incredulidades desentonadas, al amor o al odio, en una amalgama. Buscamos sin duda la piedra filosofal a través de la alquimia de las palabras y tallamos en nuestro imaginario incluso  respuestas imposibles.

Es hermoso el círculo de todos y de nadas, el redescubrimiento, la germinación del olvido, el hilvanar con una evocación mínima un relato. Más bellos aún son los sustratos, las capas, el sedimento, lo que permanece como huella accesible, como manantial en el habla o en lo escrito. El ser retorna al libro, o al periódico, o al ordenador, y ya nunca será el que fue. En cierto modo, el orden y el desorden de las palabras presuponen el tejer y destejer de Penélope, la metáfora perfecta en la obra de Homero, La Odisea.

Puede que la historia comience y finalice con cada ser humano. Según uno de los mejores lectores del mundo, Alberto Manguel, “uno de los más antiguos ejemplos de perfeccionamiento del presente por la supresión de las tensiones pasadas se llevó a cabo en el año 213 a. C., cuando el emperador chino Shih Huang-ti ordenó quemar todos los libros de su reino para destruir (dice la leyenda) cualquier rastro de adulterio de su madre.”

Manguel fue lector de un ciego genial, Jorge Luis Borges, al que seguramente repasó en voz alta su propia narración, la “La Biblioteca de Babel”.  Hay que imaginarse a los dos argentinos sabios escuchando: “En algún rincón de esa biblioteca debe existir un libro que sea la cifra y el compendio perfecto de todos los demás: algún bibliotecario lo ha recorrido y es análogo a un dios... Muchos peregrinaron en busca de Él. Durante un siglo fatigaron en vano los más diversos rumbos... En aventuras de esas, he prodigado y consumido mis años. No me parece inverosímil que en algún anaquel del universo haya un libro total; ruego a los dioses ignorados que un hombre -¡ uno sólo, aunque sea, hace miles de años ¡  -lo haya examinado y leído.”

El semidios escritor, libro o ya biblioteca, intenta significar un orden. Por mi parte, y para celebrar el Día del Libro, abrí uno al azar, parece narrado por Sherezade en idioma farsi. En él, la madre del emperador chino Shih Huang-ti y él mismo huelen a chamusquina, más huelen. La memoria y la desmemoria son sí un gran juego de eternidad, una novela contra la que nada ha podido el fuego. Ahora estoy convencido de que recrear es cosa de escritores y de princesas. Érase una vez y otra. Disfruten y lean, algo queda. Vale. @mundiario

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