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MUNDIARIO

Delfos

Criseida evoca con vehemencia la ausencia de su amado, hasta que la ansiedad la conduce a la fatalidad. / Relato
Leña ardiendo en una chimenea.
Leña ardiendo en una chimenea.

Luego de un tiempo lo único que hace es… pensarlo  a sorbos todas las mañanas en una taza de café caliente, acariciarlo como a un ángel negro del ocaso, besarlo como se besa el cielo con el universo y evocarlo con todo su ser. La mañana está alegre, diáfana y cargada de malva tristeza, ya no se siente el febril deseo del tálamo en donde lo evoca a diario, porque la fatalidad se ha llevado con el tren el anhelo.

Las bermejas tardes incendian todos los días el cielo y el mar, y el corazón queda hecho girones en el abismo de la soledad. El tren de mediodía pasa sonando su agudo silbato al llegar a la estación, y el  mar es surcado por sus vagos recuerdos que terminan con la llegada al muelle del ferri que se ha quedado vacío sin el fardo de sus memorias.

Las florecillas amarillas brillan en las laderas sonriéndole a la mar.  El gélido viento de otoño arrastra una borrasca de hojas secas a la cabaña y sobre el espejo se almacenan los reflejos de la primavera pasada, mientras en la penumbra de algún rincón de la habitación el viento acumula el agudo silbato del tren llegando otra vez a la estación con el vuelo de las gaviotas y los oleajes del mar en el acantilado.

La leña arde en la chimenea, el gélido viento de abril sopla fuerte afuera, y el crepitar de la madera revienta chispas en el aire. La colina se mira tenue y poblada de estrellas, y en el despeñadero se escucha el embravecido oleaje de las olas reventando en las oscuras rocas. Mientras Criseida permanece taciturna y acostada en la alfombra.

En la cama se encuentran acostados entre las sabanas revueltas, una foto, una taza de café vacía y un libro de poesía.

Su vacío inunda la casa toda sin colmar su deseo y levantándose del piso sale a la tempestad con lámpara en mano hacia el lúgubre patio lleno de rosas, para reconocer entre sollozos el  tránsito de su amado. Al mirar la enorme cruz de hierro clavada en el duro suelo y su lápida rezando: Williams Blake 1895-1921.

Con el correr de los años su cuerpo apareció lleno de algas y despedazado entre las rocas. Y la casa de la colina del mar de la isla de Delfos se quedó sola como un lobo de mar, navegando a  la deriva con dos cruces en su vergel y rodeado del aroma de las rosas, el  canto de las gaviotas y el sonido de las embravecidas olas en el acantilado, mientras un fuerte viento desde algún lugar trae el sonido metálico  del agudo silbato del tren al llegar a la estación. @mundiario