Sobre Defensa de la luz, de Carlos Javier Cebrián

Portada de "Defensa de la luz" y retrato de su autor. / RR SS.
La poesía de Cebrián es autobiográfica, nace y se centra en el yo y transcurre por sus íntimos aledaños.

Con Defensa de la luz (Libros del Mississippi, 2024), Carlos Javier Cebrián ha compuesto un libro breve pero muy intenso, unos poemas alentados por una larga germinación, por un decir poético sobriamente elaborado. En los últimos años, el autor nos había hablado de una interrupción de su poesía, pero el creador nunca sabe cuándo va a llegar o a extinguirse el tiempo propicio para su obra. Se nota en este libro que Cebrián necesitaba explicarse el último giro de su vida, su actual visión de la existencia. Era algo en lo que había indagado en sus anteriores poemarios, en sus artículos, y que ahora requería volver a ser expresado en el lenguaje estremecido, preciso y armónico, de la poesía.

El libro está dividido en tres partes: “Proemio”, “¿Dónde está la luz?” y “Claraboya”. Y es como si el autor nos quisiera marcar un camino que va desde un principio, en el que todavía está reciente la oscuridad, pero en el que ya empiezan a atisbarse los albores de la sanación, hasta el reconocimiento de que ciertas visiones no han de estar necesariamente invadidas por una mayoría de sombras, sino que cabe la posibilidad de perdonarlas, de iluminarlas a partir de la transformación de la propia mirada. El autor, sin embargo, sabe que no ha de aspirar a ninguna iluminación irreversible, inexpugnable, sino tan solo a cierta consistencia de la claridad.  

Cebrián se adentra en los caminos de una poesía que pretende ceñirse a una verdad que nunca sea del todo deplorable: “Porque sé que la poesía / únicamente pertenece a la esencia del hombre, / esta relación intestina con el propio abismo”. Es la poesía que sirve para hacerse preguntas, como la filosofía, pero sin requerir taxativas respuestas sino tan solo constataciones del sentir: “¿Dónde se esconde / el camino de la bondad? / ¿Dónde está la luz? / La primera inquietud ante la luz / es el abandono”. ¿Y qué será para él ver la luz?: “Empieza un nuevo día, / la oportunidad de encontrar / el preciso lugar del secreto, / la defensa de la luz. / Felices los que ven cosas hermosas / en los lugares modestos”. Sí, será eso, será la mirada poética que ve más allá de lo evidente y penetra en la tenue intimidad de las cosas. Es lo que nos dice en el poema que cierra el libro, con ese aseverativo título de “Todo es hermoso”. En una época anterior, hubiéramos considerado estos versos como irónicos sin riesgo de equivocarnos. Sin embargo, ahora quieren presentarse, superando una ligera ambivalencia residual, como esperanzadores. Así deducimos que no hay doblez cuando dice: “Todo es hermoso/ basta con saberlo interpretar”. Aunque eso hermoso sea algo como: “…El trino de esos pájaros malditos /que te despiertan en temprana hora”, o “los quehaceres de tus vecinos ruidosos”. Es la armonización de lo exterior y lo interior en favor de uno mismo, como fortalecimiento ante las afrentas de la adversidad. Es por ello que este poema no induce a la amargura, sino que más bien nos hace participar de un indemne humor, así como nos anima a la necesidad de luchar por la concesión de la luz, que no es un regalo, o tal vez sí lo sea, y, en ese caso, habría que saberlo recibir. Es la luz como conquista de aquello que no podemos ver afuera si antes no hemos admitido que podemos llevarlo adentro.

La poesía de Cebrián es autobiográfica, nace y se centra en el yo y transcurre por sus últimos aledaños. Se aclimata a lo urbano, incluso a lo vecinal. Pero la mirada hacia afuera es tan solo un rodeo inspirador para verse hacia dentro con la esperanza de haber adquirido nuevos matices, una más extensa aclaración. Sin embargo, la visión interior no siempre es gratificante, y así nos lo dice: “Sin embargo, /si miro hacia adentro, al interior de mi mundo, / si me detengo a observar esta morada justa y cabal, / puedo comprender que he dilapidado mi vida / atendiendo esta manía de vivir / las vidas de los demás / desde detrás de los quicios de las ventanas”. Ese tono confesional, que roza lo definitivo, o al menos el provisional resultado del vivir, me retrotrae a un poema de Rosales: “No me he equivocado en nada / sino en las cosas que más quería”. En su poema “Biografía”, Cebrián resume así su antigua actitud: “Así he crecido, / en el ensimismamiento, / en el sueño del monstruo, /en la querencia de la luz perdida, / en todos los tropiezos repetidos, / en la angustia y el miedo a equivocarme, / en el orgullo del derrotado”. Pero siempre hay una aspiración, una lucha: “Una lucha feroz por querer ser nacido, / querer vivir viviendo”.

Hay en esta poesía una tendencia al monólogo, al lenguaje próximo a lo coloquial, que no necesita maquillarse con un léxico poético tópico, ornamental. Sus versos no abundan en metáforas o imágenes sorprendentes, pero su elaborada esencia nos penetra en su plenitud. Cada poema está construido sobre la base de una estructura emocional muy bien conseguida, redonda, desde el principio hasta su nunca abrupta conclusión. Y es cierto que el tono de este libro es más moderado que el de algunos anteriores, y que salvo en una breve excepción no se recurre a lo procaz. No se pretende tanto una fuerte contundencia como crear una suave permeabilidad con las palabras. Su discurso irrumpe con una fuerza tranquila que finaliza con sobria rotundidad, en una expresión que indiscutiblemente avanza por los senderos de lo poético, con esa connotación de belleza y de emotividad que impregna un hondo ejercicio reflexivo.  

Nos dice el autor que la luz “no se explica, tampoco se entiende”. No se sabe lo que es salvo quizá la ausencia de sombras. Pero se siente. Y habría que moderarla, para que no produjera ceguera, deslumbramiento. En definitiva: “La luz sucede o no sucede… / Así de sencillo”. Porque la luz puede ser tan distinta. En “Fórceps”, el poeta asegura recordar que no quiso nacer. Allí, en esa irrupción en el mundo, la luz es otra cosa: “Apabullante luz, frío, / saber, precisamente, del frío del mundo”. En efecto, la luz puede ser percibida de muchas maneras. Pero hay una que se intuye superior, invencible, reparadora. Y es la que nace de dentro, que es propiciadora de belleza: “La belleza se arracima / y en la luz se te ofrece, / nos matiza la luz porque ella nos alumbra”. Hay que luchar contra los enemigos de la paz siempre tan dispuestos: “Haz acopio de esta resistencia / lo hermoso del mundo / y de tu casa, / y no olvides decírselo a ella, / compártelo, siempre. / Siempre”.

No, la luz de Cebrián no es la del mundo, sino la que ha de reaparecer en cada rincón de su intimidad. La luz es lucidez, y por lo tanto discernimiento. Es superación, alcance de territorios despejados de acuciante dolor.  A veces, ha de esperar a ser descubierta tras el eclipse forzado por alguna persona: “Después de ti se hizo la luz”, como repite en su primer poema. Porque el libro empieza con un deseo de pasar página. La visión ahora se nutre de otras circunstancias más favorables, incluso parecen posibles breves periodos en los que puede sobrevivir la invulnerabilidad. Pero siempre hay que estar alerta, adoptar la posición combativa, siempre hay que estar prestos en defensa de la luz, tan precaria. “Poseer la luz y perderla, /una y otra vez, /una obstinación, /el éxito de todos los fracasos”. Todos los poemas albergan una escueta intertextualidad que se detalla al final del libro en lo que el autor denomina “Listado de apropiaciones”. De hecho, una de las citas que anteceden el poemario es de Xuan Bello, quien dice: ¡He visto tantas veces nacer un poema a partir de otro poema!”

Como muy bien dice Eduardo Boix en su prólogo, el cual, no por ser amistoso, deja de ser lúcido y ecuánime: “Defensa de la luz es Cebrián en estado puro. Un poemario profundo y a veces oscuro, tan oscuro como la tiniebla que intentó separarnos. A su vez es luminoso. Javi tiene la virtud del asombro, se sigue admirando de todo lo que acontece a su paso”. Y así es. En Defensa de la luz encontramos un variado surtido de poemas. En unos se celebra el advenimiento de la luz y en otros se lamenta la persistencia de las sombras. Pero lo definitorio ahora es la convicción de la legitimidad de los mayores optimismos a los que se les confiere la categoría de íntima, amorosa y decisiva verdad. Es el retroactivo reconocimiento de lo excelso y la certeza de que, en cada hoy, es prioritario resistir a todos los embates de lo adverso: “Nunca dejes de saber / que es la dicha de la luz / lo que persigues”. @mundiario