La cumbre del neo-analfabetismo petimetre
Alguna vez hubo un mundo donde la cultura se asociaba a la lectura, el pensamiento crítico y, ocasionalmente, al esfuerzo mental. Todo eso quedó atrás.
Por algún motivo insondable, parece que la gente que menos ha leído a lo largo de su vida ha decidido asumir la pesada carga de educar al resto de los mortales. Y lo hacen con las armas más contundentes del nuevo narcisismo letrado: las siglas y el inglés. Welcome to the circus, o como diría un MBA con Twitter: ‘RT si te sientes seen’.
DEL NEOLÍTICO AL CEO
Alguna vez hubo un mundo donde la cultura se asociaba a la lectura, el pensamiento crítico y, ocasionalmente, al esfuerzo mental. Todo eso quedó atrás. Hoy, el símbolo supremo de la alta cultura urbana es escribir un post en redes donde, entre GIFs y frases en spanglish, se desgranen análisis de la sociedad contemporánea con más siglas que una central nuclear.
Antaño, el saber se transmitía en tratados, en cartas, en gruesos volúmenes polvorientos que se leían junto a una lámpara de aceite mientras uno se dejaba devorar por el insomnio y el deseo de entender el mundo. Hoy, basta con subir un reel en el que se hable de “la importancia del self-awareness en el contexto del burnout post-pandémico para millennials con FOMO crónico y TDAH diagnosticado en redes sociales”.
Si alguien se atreve a preguntar qué demonios significan tantas letras, se le contesta con desdén: “¿No sabes lo que es un KPI? Ugh, tienes que leer más...”. Leer, claro, entendido como hacer scroll en LinkedIn. Porque ahora todo lo importante ocurre en feeds, stories y pods, no en las bibliotecas.
El analfabetismo posmo: cómo no decir nada en 280 caracteres
La moda de parecer culto sin saber nada —la “intelectualidad prêt-à-porter”— ha mutado. Antes uno debía al menos fingir que había leído al tostonazo de Proust o que había hojeado un artículo de The New Yorker sin mirar las ilustraciones. Hoy ni eso. Ahora basta con dominar una neo-lengua hecha de acrónimos que ningún ser humano medio sensato querría memorizar y un inglés tan acartonado como el alma de un converso.
Los nuevos semidioses de la sabiduría 2.0 se definen como “creators con enfoque B2B”, que están “pivotando hacia estrategias de UX/UI más inclusivas”. Traducido al español decente: no tienen ni idea de lo que están haciendo, pero han encontrado la manera de sonar como si tuvieran un MBA en Harvard, - bueno, ahora menos, porque está castigada por el “panocha” - cuando en realidad solo vieron un video de 3 minutos en YouTube sobre “Cómo sonar smart sin estudiar”.
Y ahí los tienes: redactando mails en los que se sugiere “calendarizar un deep dive con los stakeholders ASAP”, mientras sus neuronas imploran piedad por semejante maltrato semántico. O ni siquiera eso, puesto carecen de neuronas funcionantes. No han leído una sola línea de Virgilio ni de Pérez- Reverte, pero se consideran sabios porque saben la diferencia entre un “lead magnet” y un “evergreen funnel”. No es que estén vacíos: es que son agujeros negros carentes de sentido.
Hablando claro de una puñetera vez: usar palabras en inglés en medio de una frase en español no te hace más culto, te hace parecer un verdadero capullo, un cliente habitual de Starbucks que cree que “frappuccino” es un préstamo lingüístico venerable. Y sin embargo, se ha vuelto absolutamente obligatorio insertar “meetings”, “mindsets” y “performance” en cualquier conversación, especialmente si uno quiere parecer lo que no es ni será en su p**a vida.
¿Para qué decir “reunión” si puedes decir meeting y sonar como si acabaras de bajar del avión en Silicon Valley? ¿Para qué decir “rendimiento” si puedes hablar de “performance” con el ceño fruncido y una mirada de falsa profundidad que oculta un vacío más insondable que la sección de filosofía barata de Coelho?
Lo más irónico de todo es que muchos de estos modernos glosadores del inglés funcional no hablan bien ni su propia lengua. Cometen errores de sintaxis que harían llorar a un corrector de Word y pronuncian “brainstorming” como si fuera una enfermedad neurológica de origen tropical. Pero no importa: la cultura, hoy, es un disfraz. Y cuanto más chillón y lleno de siglas, mejor.
La exuberancia de siglas ha alcanzado proporciones bíblicas. Donde antes había palabras, ahora hay jeroglíficos para adultos con complejo de influencer. En vez de decir “ansiedad generalizada”, se dice “TAG”; en vez de “objetivos”, se habla de “OKR”; y si alguien se siente deprimido, mejor decir que tiene “MDD con comorbilidad de ADHD y un touch de BPD”.
Los pseudoexpertos en salud mental —que suelen ser coaches con título impreso en Canva— lanzan diagnósticos como quien reparte chucherías. “¿Te cuesta concentrarte porque te aburres en reuniones inútiles? Quizá tengas TDAH”. “¿Te molesta la estupidez humana? Es probable que tengas PAS”. “¿No toleras las injusticias? Red flag de trastorno del espectro narcisista con rasgos borderline.”
El problema no es solo la medicalización del yo, sino la banalización del lenguaje. Llamar a cada emoción con una sigla no nos hace más profundos, nos convierte en fantoches. Es el equivalente emocional del que pone una frase de Borges en su bio de Tinder sin haber leído más que “El Aleph” en Wikipedia.
Quizás lo más admirable de esta secta del saber mutilado es su capacidad para convertir la ignorancia en elegancia. Se apropian de términos como “interseccionalidad”, “hegemonía discursiva” o “resiliencia afectiva” y los lanzan en cualquier conversación sin preocuparse de su contexto. ¿No los entienden? Da igual. Suena bien.
“Estoy en un proceso de resignificación de mis vínculos afectivos desde una perspectiva anti-colonial y neurodivergente”. ¿Qué quiere decir eso? Ni la persona que lo dijo lo sabe, pero qué importa si ha recibido 200 likes y 17 comentarios que dicen “wow, me representa”.
La moda no es ya tener razón, sino parecer que has leído a Judith Butler entre clases de yoga con incienso. Y si alguien osa cuestionar el contenido, se le acusa de “tone policing” o “gaslighting epistemológico”. El diccionario, mientras tanto, llora en una esquina. O, a lo mejor, se parte la caja de la risa, ¿quién sabe?
Estamos en el periodo del lenguaje plastificado, los libros han quedado reducidos a decorado. Se fotografían, se subrayan sin leer, se tuitean sus frases más crípticas (sin citar al autor, por supuesto), y se colocan en estanterías perfectamente curadas para Zoom.
Nadie se toma el tiempo de leer a Mendoza, pero todos se identifican con su “vibra existencial”. Dante no es el poeta que descendió al infierno por amor y redención, sino un meme para ilustrar lo “mood” que es estar en el noveno círculo del burnout. De Gaudí ni hablar: ese señor no tiene cuenta de Instagram, así que no debe ser importante.
El nuevo presuntuoso no necesita cultura: le basta con parecer que la tiene. Su identidad digital está tan cuidadosamente construida que podría ser confundido con un personaje de Black Mirror (que parece ser muy distópico y molón) con filtro de autoestima. Se define por su capacidad de reproducir frases de auto-ayuda recubiertas de jerga empresarial, aderezadas con anglicismos y decoradas con siglas como si fueran topping de un donut de neuronas.
¿Quién necesita leer a Platón si puedes hacer un webinar sobre ética algorítmica con Canva y Gemini? ¿Para qué leer a Eco si puedes hacer un “take” de 15 segundos sobre “semiotics in Gen Z dating culture”?
Lo paradójico es que esta gente, convencida de que su idioma es “global”, no logra hilar una frase coherente en ningún idioma. Son políglotas del vacío. Su dialecto es el ruido. Su herramienta, el copy-paste. Su aspiración, el like. Su legado, el bostezo.
Llegados a este punto, la única salvación posible sería una guía práctica para la comunicación moderna, con definiciones honestas:
FYI (For Your Ignorance): Porque claramente asumes que el otro es demasiado tonto como para saberlo.
LOL (Language Out of Limits): Risa vacía ante tu propia incapacidad expresiva.
CEO: Persona que tiene LinkedIn Premium y una autoestima inexplicable.
TED Talk: Sermón laico para egos en ayuno de atención.
Mindset: Excusa para no hacer terapia.
Networking: Forma elegante de mendigar validación profesional.
Y así, estimado lector, llegamos al fin de este descenso a los infiernos de la pseudoerudición contemporánea. Donde antes había sabios, ahora hay influencers y muy malos. Donde antes se pensaba, ahora se poste. Y donde antes se escribía con alma, hoy se escribe con siglas y hashtags. Y eso, amigo mío, es peak culture.
Aunque, pensándolo bien, yo si que me rebelo. Con todas las fuerzas – físicas y dialécticas – que puedan quedarme. Esa gente, además de palurda y petarda, es sencillamente detestable. @mundiario