Cuentos de Navidad: 'El sueño de Nochebuena'

Navidades moscovitas.
Navidades moscovitas.

Estaba el cielo en ese punto del anochecer en que aún se distinguen las nubes y destacaba la primera estrella. / Relato

Cuentos de Navidad: 'El sueño de Nochebuena'

─ No enredes, ¡muñeca!─ insistió su padre, abriéndole la puerta del coche.

Paula adoraba a los bebés de gato que vivían en el callejón. Los guantes de lana le impedían apreciar la suavidad de las criaturas... Y tuvo que guardarse, en ese momento, las manos en los bolsillos, pues uno de los gatos le arrebató el guante izquierdo y se lo llevó por un agujero de la fachada de la casa abandonada.

Bajaron a la última parroquia del otro extremo de la ciudad, donde en una hiper adornada plazoleta se congregaban familias enteras de los niños de los colegios para entonar villancicos en un concierto.

Estaba el cielo en ese punto del anochecer en que aún se distinguen las nubes y destacaba la primera estrella, cuando infinitas luces se encendieron desde los balcones hasta los árboles y las terrazas y escaparates.

Cuando los cascabeles comenzaron a sonar, Paula sintió una especie de congoja y ganas de llorar, sin embargo le gustaba estar allí. Se sintió tan conmovida, que no salió ni un hilo de voz de su garganta, sino que movió los labios en su turno y procuró que sus palmas no sonaran.

Mientras todos festejaban, ella contemplaba: los bebés tras las palomas, los equilibrismos de los camareros, los dientes dorados de los abuelos, las voces de falsete de las maestras conversando felices, la caravana de coches en la vuelta a casa, el chico con gomina y camiseta de manga corta que hacía malabares, todas las miradas de reojo de las otras niñas...

A la vuelta, el piso rebosaba paraguas y abrigos en la entrada, había un envolvente aroma a comida y la calidez de las conversaciones simultáneas, la televisión y el desordenado decorado navideño que había instalado su madre daban ganas de salir corriendo a llorar a algún rincón oscuro.

Afortunadamente, se le encargó bajar a la taberna a por el tío y el abuelo. Estaban en la puerta los vecinos fumando, pero no la vieron. Atravesó la calle un gatito y bajó tras él a la casa abandonada.

La acumulación de coches aparcados había aplastado el zarzamal de la fachada de las ruinas... Y claro que Paula entró por la puerta podrida.

El suelo de madera estaba hundido por el medio, palpando las paredes encontró una herradura que cayó al suelo y un retrato colgado que enseñaba a una joven con traje regional.

Quiso subir las escaleras que parecían seguras: daban a un gran dormitorio que solo conservaba el cabezal de forja. Estaba lleno de papeles de periódico. Se inclinó para coger una hoja, pues quiso ver la fecha.

Entonces, se oyó un grito brusco y volaron los periódicos, gritó ella también. Después, en un absorto silencio, Paula y el chico de los malabares que allí vivía se contemplaron.

─ Hola niña, ¿qué haces aquí?─ pronunció con los brazos suspendidos con gesto de calma.

Paula parecía congelada en ese momento, y él comenzó a teclear en el aire con sus dedos.

─ Soy una niña melancólica que no sabe lo que será de mayor. El día de hoy me parece el fin del mundo porque para mí nada ha cambiado...─ discursó, sin saber cómo había sido capaz de expresar sus sentimientos.

─ ¿Oyes eso? ¡Es mi tocadiscos!

Al señalar el aparato que había comenzado a girar, siguió modelando las articulaciones de Paulita con arte de titiritero, hasta que consiguió bailar con ella una canción de Edith Piaf.

Entonces, pitó un coche fuera, él pegó un brinco y el suelo lo sepultó a lo que desde arriba parecía una cocina.

─ ¡Hasta mañanita!─ le dijo.

La niña juraría que había pasado la noche cabalgando una yegua por el campo celeste, acudido a un palacio sideral que le engalanó un vestido de gasa abullonada en las mangas y un tutú, que había recorrido medio continente y vuelto a la cama al amanecer.

A la mañana siguiente, el salón estaba notablemente revuelto, mas lucía una caja con lazos bajo el árbol: su regalo de Navidad era una muñeca de brillante pelo rubio ondulado que llevaba el vestido idéntico al de su sueño, y cerraba los ojos al recostarla... Creyó que era lo más bonito que jamás le habían regalado. De suave porcelana y rellena de algodón, la cual llevaba su inicial bordada.

Volvió a la cama y durmió con ella, bordando los pensamientos hasta volver a tener aquellos dulces sueños. @mundiario

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