Cuentos de Navidad: 'La mujer se mece (sin el reencuentro navideño)'

Aldea de navidad en Cambados.
Aldea de navidad en Cambados.
Pero te extraño tanto que solo sé que existes, me siento tan confusa que creo que estoy cuidando de un delicado tallo de algodón, en vez de sustentar una familia. / Relato literario
Cuentos de Navidad: 'La mujer se mece (sin el reencuentro navideño)'

“Mi cielo, pienso en ti en cada momento. Todo ápice de vida me recuerda a ti”, leía Marisa una y otra vez, subrayado a lápiz, en la primera carta remitida desde Barcelona por su querido esposo. El día 2 de enero llevaría a Correos su mensaje de amor de nuevo, y le preguntaría por las maravillas del Raval y las fiestas navideñas allí.

En la sobremesa, la aldea estaba queda como un precioso lienzo, pues el ritual de la comida, y el embarazo de la mujer, exigían reposo, y ninguna labor ancestral cumplía en la sobremesa.

Su madre estaba en la mecedora, junto a la galería, degustando un postre de vino tinto con pan y azúcar. Ella sostenía la pluma moviéndola por los dedos, con la mirada fija en la última postal adquirida; las guardaba en una caja de galletas de lata.

La mesa del salón estaba repleta de dulces navideños que Marisa picoteaba de poco en poco llena de antojo y ansiedad.

─ Madre, hubiésemos de encender la lumbre, parece que entra el frío.─ Pero la vieja ya dormía plácidamente.

Así que se envolvió en su levita de lana y salió a por leña, cuando pudo divisar el tonel de la leche derramándose por todo el suelo del almacén, saliéndose y haciendo riachuelos de oro blanco por la arena del porche y yendo a filtrarse por la alcantarilla de la carretera colindante.

La lechería había estado siempre en la casa, mas ya no bastaba para subsistir, cuando la familia había llegado a atesorar más de una docena de vacas en su corte y abastecido a buena parte del pueblo valle abajo. Marisa era la hija pequeña, quien estaba loca por su desquiciante madre, aunque en sus pensamientos solo pensaba en irse allá a donde fuese su querido esposo. Él trabajaba en el negocio de la madera, alentado por la colección de pinares con que contaba su familia, de la que era el único heredero. Pero ella estaba dispuesta, dispuesta a ser una señora de ciudad… Con tal de llevar adelante su propia familia, cuando sus hermanos se habían dispersado de aquí a acullá y poco sabía de ellos hasta que se aparecían en sorpresivas visitas.

Consiguió atar al pitorro del bidón una camisa vieja de labor que extrajo de una caja polvorienta. Pero se sintió tan exhausta que tuvo que sentarse en el banco de la fachada, observando la plácida y recóndita calle. Había visto pasar de largo a muchos viajeros y golondrinas desde aquel rincón, que siempre invitaba al pensamiento y la nostalgia, ya fuese porque la casa tenía cientos de años.

Era un frío seco; la escarcha del pavimento estaba tan fija, que éste reflejaba los colores malvas del cielo.

Al no verse capaz de efectuar mayor esfuerzo, comenzó a murmurar una canción popular, imaginándose estar en una concurrida fiesta de Nochebuena.

A la mañana siguiente, había nacido su bebé, al que pusieron de nombre Rodrigo, un nombre de primogénito orgulloso de su padre, según había hablado la pareja antes de la partida, poco antes del verano. Y es que la vieja había parido once lindos hijos en toda su historia, a los que crió como anhelado tesoro, de modo que actuó de sabia matrona.

Cuando consiguieron dormir a la criatura, que parecía haber nacido consciente de una abismal soledad, la vieja marchó a la casa del cura a dar noticia.

Poco antes de llegar las visitas, feliz y madrugador en el día de Navidad, descendió los caminos el gaitero con su alborada. La cancela estaba abierta y se le hizo pasar, siendo convidado a vino tinto y polvorones.

─ No hay cosa igual─ expresó el gaitero bienhallado. A pesar de haberse pasado décadas llevando jotas y muñeiras a todas las ocasiones, siempre parecía ingenuo e iluso con los vítores, a los cuales regalaba vises. Él era viudo con convicción, no se dejó llevar por ninguna otra mujer, sino por la música.

Rodrigo esperaba a Rodrigo, y Marisa lloraba. En la primavera, ansiaba la familia, la familia estaría completa… Pero, aquella Navidad, la aldea tuvo a su niño. Y de este a oeste, se sintió un amor tan fuerte que ni la osadía de un leñador podría sesgar, ni hubo más hambre que la de aquel blanco amor.

“Mi amor, la semilla de tu partida creció y llegó al solsticio, y creas o no, me siento artífice del milagro de un amor más allá del papel ni del deber. Querido, nació nuestro hijo. Te quiero como a la vida. Pero te extraño tanto que solo sé que existes, me siento tan confusa que creo que estoy cuidando de un delicado tallo de algodón, en vez de sustentar una familia. Necesito sentir al hombre de mi vida, me enfrío, olvido los gestos de tu cara y no adivino tus palabras. Quiero que vuelvas, vuelve a tu país, ven con nosotros. Rodrigo y yo te necesitamos. Te amo.”

Así transcurrió el primer día del año Marisa, dando sus entrañas a su marido mientras amamantaba a su hijo, mientras la vieja dormitaba en la mecedora.

Pero parecía que la primavera estaba a un paso, parecía que el sol que se entrometía quería calmar su pasión, cuando el bebé, ahora, era toda la dedicación de la mujer. Rodrigo, Rodrigo y Rodrigo era todo, de principio a fin, lo que ella ambicionaba. Así que planeó con el señor cura el bautizo para el mes de mayo, aquel Año Nuevo, contando los días quizá como dando vuelta atrás, queriendo retener los pasos de su amante y esposo.

Marisa quería formar una familia, como siempre había querido. Marisa alumbró a su primer hijo. @mundiario


    

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